Betis, una joya de la Liga: entre la sustentabilidad y la apuesta al semillero, por qué es un club que ama a los argentinos

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SEVILLA.- El río Guadalquivir divide y une esta ciudad que ha sabido de romanos, visigodos y musulmanes, pero tan católica que es presidida por la imponente Giralda, la catedral; arropada por vestidos góticos y barrocos, centinela de un cúmulo de callejuelas donde el ritmo y la cadencia los ponen los turistas y noctámbulos que abarrotan bares y tabernas. Sevilla tiene un olor especial, el de sus platillos y tapas, donde se lucen el bacalao o el gazpacho, y también un sonido que lo distingue, el del acento andaluz, el de un decir tan musical y palabras cortadas de cuajo, entre gestos ampulosos y efusivos. En el aire flotan los ecos de los cantes de Triana, el barrio donde Raimundo Amador ha gorjeado que se quedará hasta el final. Y un espíritu fatalista, como bien lo definió Kiko Veneno.

Así como el curso del Guadalquivir es un paréntesis geográfico, un sentimiento divide –y no une- a la ciudad: el fútbol. Conviven aquí dos de los tipos de simpatizantes más apasionados que se podrá encontrar en España. Betis y Sevilla coexisten con la diferencia de sus colores y de sus historias; hinchas se cruzarán durante el día y la noche sin grandes conflictos, pero a la hora del fútbol hay barreras culturales infranqueables.

Hinchas del Betis llegan al estadio Benito Villamarín

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