Una mole de hierro llena de cadáveres
Eduarda Contreras, madrileña de 17 años, madrugó ayer para subirse al vagón seis del Iryo que tenía previsto llegar antes de mediodía a Sevilla, donde la esperaba su hermana. Hacía semanas que no se veían. Casi una hora más tarde el tren se detuvo en seco. Por la megafonía se anunció que permanecieran en sus asientos, que en breve los convoyes volverían a rodar. Aprovechó esos minutos para comprobar que sus gatos estaban bien. El Iryo con otras 146 personas a bordo comenzó a moverse, por lo que trató de seguir durmiendo. Y de repente, “el impacto”, como lo llamaron algunas víctimas. “El estruendo”, como lo calificaban otras. Contreras, con el susto aún metido en el cuerpo contaba, cómo numerosos pasajeros se golpearon contra los asientos o cómo los equipajes saltaron por los aires. Vio heridos, escuchó gritos. Sintió miedo. “Y lo peor no fue eso, sino cuando bajamos del tren”.
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