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Adamuz y Urda: el infierno, dos veces
A eso de las dos de la tarde, algo cambió en Urda. Se produjo un acontecimiento invisible, discreto, silencioso, como todos los malos augurios. Caímos en la cuenta de que habían dejado de sonar las sirenas y las hélices de los helicópteros, porque habían dejado de trasladar heridos. La urgencia había dado paso a otra cosa. A las ambulancias les ordenaban que fueran al pueblo y los helicópteros se habían marchado. Ya no gritaban los guardias civiles.Al fondo, un raíl atravesaba un vagón desde el suelo y salía por el techo, como una guadaña de metal. La esperanza de encontrar a alguien con vida se había deshecho con el paso de las horas, entre la masa de hierros en la que se habían convertido los trenes de Iryo y Alvia después del accidente de aquella mañana. La escena se asomaba a un vacío sonoro y desesperanzado, algo nuevo después de una mañana de carreras, borbotones, sangre y cadáveres; de urgencia, al fin y al cabo, por salvar una vida. Pero a mediodía ya no había nada más que salvar y sobre los olivares, irónicamente ordenados en hileras y sembrados de cadáveres, solamente sobrevolaba una pregunta: ¿cómo ha vuelto a pasar?Se lo preguntaba en una cuneta David, uno de los pasajeros, un tipo de menos de treinta años, con su aspecto de salir de una asamblea de Sumar y su maleta en la mano. Estaba quieto, suspendido en un mundo que le costaría asumir. Un tipo fuera de contexto en la Mancha, donde los molinos, en lugar de aspas, esta vez llevaban guadañas. La Parca había hecho su trabajo alrededor de David, que se dio cuenta de lo ocurrido cuando, después del choque, salió a las vías desde el tren de Renfe y vio que de los primeros vagones solo quedaba chatarra. La chatarra es una forma material de desesperanza, la imagen de las cosas que ya no pueden volver atrás. De todo lo que no puede arreglarse.«¿Cómo ha podido volver a ocurrir?», se preguntaba, fuera de contexto, fuera de la realidad y de sí mismo, en aquel espacio de campo ultrajado por la sangre, que era el mismo de Adamuz. «Es que no me lo explico».El reportero ha visto esto otras veces y hace demasiado poco tiempo. Aún recuerda el campo de Adamuz, los árboles atravesados por las piezas de los trenes, los familiares agarrados por los hombros mientras caminaban por la carretera y se abrazaban a un teléfono a la espera de una llamada que nunca llegaría. Recuerda a los tipos con la mirada perdida, agarrando la maleta, como si aquello no hubiera pasado, con los pantalones hechos retales, como un náufrago.La ropa de Marc, un turista peruano que viajaba en el tren con su mujer brasileña, sigue cubierta de sangre. Ha pasado tres horas ayudando a la gente y ahora la toma del hombro. Ella lleva unas gafas milagrosamente intactas y un agujero en el pantalón, a la altura de la pantorrilla, de la que cojea. Parecen venir de revolcarse en el suelo de un matadero.—Hemos visto cosas que nunca pensábamos que íbamos a ver. No quiero relatarlas para no hacer daño a las familias de la gente que ha muerto, pero había gente mutilada, muerta, herida.El cura de Consuegra, José Luis Pastrana, camina entre ellos revestido de una paz que los demás no tienen y de una esperanza quebrantable que parece de otro mundo. Toma de la mano a los moribundos, les dice que está allí, los unge, les estrecha las manos y dibuja cruces sobre sus frentes. Algunos abren los ojos y sonríen. Otros ya están camino de otra parte, de otro mundo.Al sacerdote le sorprende que tantas personas moribundas pidan ayuda para los demás y digan que ellas están bien.—En estas situaciones aflora el verdadero sentido del hombre.Lo dice y sonríe con media boca y los ojos brillantes. Sonríe desde otra parte. Cuando ya no puede hacer su trabajo, cuando ya no puede cumplir su misión de atender a los vivos porque ya no quedan más que atender, Pastrana camina entre las cámaras, se ocupa de la gente y se tambalea un poco, como si hubiera recibido un balazo de cañón de lo terrible y en cualquier momento fuera a derrumbarse. Pero se mantiene en pie. En ese tambaleo podemos advertir los gritos que venían de debajo de los vagones, las pupilas dilatadas, los tipos mutilados, las manos que taponaban lo inevitable.Al sacerdote le sorprende que tantas personas moribundas pidan ayuda para los demás y digan que ellas están bienEn el centro de mando, los reporteros tienen sus propias preocupaciones. No hay cobertura. Buscan a alguien que tenga crema solar o una sombra donde guarecerse. Las autoridades hablan y dicen lo que dicen siempre. Por allí esperan los familiares de la exministra Fátima Báñez, a la que el reportero recuerda hablando de Curro Romero, y no se acerca a preguntar. Esta vez, no. En el suelo se sientan su marido y su hija, desfondado. A su lado pasan Sánchez y Marlaska, sin siquiera mirarlos.Carlos Bartomeu, presidente de Iryo , habla con un hilo de voz y admite que en treinta y un años no ha vivido nada igual. Ni este accidente ni el otro. Ni dos accidentes así, seguidos. No admite preguntas. Quizá porque no hay respuestas, quizá porque las que hay no hacen falta. Algo más tuvo que pasar para que la tragedia se repitiera casi milimétricamente.Entre las cámaras y los escoltas, el presidente Pedro Sánchez habla de lo inasumible. Uno piensa en qué ocurre cuando lo inasumible debe asumirse dos veces seguidas, en menos de un año. Marc y Verónica se subieron al tren tranquilos, despreocupados, con esa confianza elemental con la que uno se convence de que lo que ha sucedido una vez no va a pasar de nuevo. La amenaza aguardaba en los paneles de salidas de Atocha, camino de Sevilla. Pensaron, como hemos pensado todos, que si el accidente de Adamuz había sido una catástrofe fruto de la mala suerte, la mala suerte no podía volver a actuar de la misma manera.Otras hipótesis resultan más desagradables: que, en realidad, algo estuviera mal; que hubiera razones para que esto pasara; que la gente dejara de viajar en tren por algo. Que quienes antes se santiguaban en Barajas porque les daba miedo volar ahora se hicieran cruces en Atocha.Por la carretera van políticos, guardias civiles, policías nacionales a caballo, enfermeros, forenses y vecinos desastrados, con los ojos inyectados en sangre y apestando a sudor. Los sostiene la adrenalina, una explicación demasiado vulgar para describir la grandeza del ser humano.Los tipos son los mismos que había en Córdoba. El aprensivo con la camiseta de España que saltó a las vías después de dejar a la niña en la guardería y que lleva metido en la nariz el olor de los cuerpos quemados y del fuego. Le asoma una arcada en el rostro. Llegó de los primeros, entre gritos y llamas. También están los del bar que recibieron a los primeros heridos con las frentes abiertas y taponaron con trapos las heridas que sangraban. Las mismas pupilas inyectadas en sangre, las mismas manos que tiemblan, la misma desazón entre los hierros, los teléfonos que suenan y las puertas de los hospitales. La catenaria desordenada en un pentagrama maldito.Uno piensa en qué ocurre cuando lo inasumible debe asumirse dos veces seguidas, en menos de un añoLo terrible toma forma en mitad de lo cotidiano. Aquella perrita de Adamuz, dormida entre los periodistas. Manolo, recorriendo el olivar y escuchando el estruendo del choque, como si hubiera explotado el motor del tractor, antes de que el vagón rodara por sus tierras y los forenses acumularan, ordenaditas sobre aquel suelo, unas bolsas con muertos, blancas casi de mármol.MÁS INFORMACIÓN SOBRE EL ACCIDENTE DE TRENES EN TOLEDO noticia No Mapa del accidente de tren en Toledo: el lugar exacto del choque entre el AVE e Iryo noticia Si Así ha sido el accidente: el AVE embistió al Iryo, que estaba parado noticia Si La Casa del Rey: «Estamos conmovidos. 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