1926: el año de la literatura argentina
¿Es 1926 una de las fechas más importantes de la literatura argentina?
Este año se cumplen cien de la primera publicación de grandes clásicos de nuestra literatura: El juguete rabioso de Roberto Arlt; Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes, Los desterrados de Horacio Quiroga y El tamaño de mi esperanza de Jorge Luis Borges. La lista podría seguir.
En 2004 el historiador H. U. Gumbrecht escribió un libro sobre ese año. Precisamente se titulaba En 1926. Viviendo al borde del tiempo. Para Gumbrecht son importantes las atmósferas de época. En 1926 estaban todavía frescos los recuerdos de la Primera Guerra. 1926 es, para él, el año del auge de una nueva modernidad. Ya se conocen el Ulysses de Joyce (1922), Trilce de César Vallejo (1922) y En busca del tiempo perdido de Proust (publicada en varios tomos desde 1913). 1926 es también el año de El castillo de Franz Kafka.
Para entonces el surrealismo y las vanguardias ya no son una novedad: André Breton ha roto con el dadaísmo y se ha peleado con Tristan Tzara. En Estados Unidos, estamos en la antesala de la crisis del 29. En Argentina, Roberto Arlt escribe sus columnas en el diario El Mundo y publica El juguete rabioso. Silvio Astier, su protagonista, está fascinado por el cine y por los tipos humanos que se reúnen alrededor del dinero y de las nuevas formas de desplazamiento que empiezan a darse en Buenos Aires. En el libro paseamos por los cines y las librerías de la calle Lavalle, por hoteles de dos estrellas del Microcentro o recalamos en el antiguo Mercado del Plata.
Quiroga está en las antípodas de las primeras cosas que se nos vienen a la mente cuando pensamos en 1926. Pero cómo no recordar el comienzo de Los desterrados: “Misiones, como toda región de frontera, es rica en tipos pintorescos. Suelen serlo extraordinariamente aquellos que, a semejanza de las bolas de billar, han nacido con efecto. Tocan normalmente banda, y emprenden los rumbos más inesperados.”
A diferencia de Arlt, que está pensando en el futuro, Güiraldes escribe una literatura centrada en un personaje que, evocando un borroso mundo perdido, es dos veces segundo y dos veces sombra. Personifica en la realidad –por un efecto de literatura– un imaginario gauchesco del siglo XIX.
Y ese hecho también lo ensombrece: vive a la sombra de otros gauchos, los gauchos literarios, que son a su vez sombras de otros gauchos reales y previos. Más fuerte que estar a la sombra de otros –esa penumbra que no lo deja vivir su propia vida– es ser también una sombra de sí mismo.
Ya avanzado en años, rememora los tiempos en que había sido un gaucho de veras. Pero es dos veces segundo –dos veces sombra– porque nada se sabe del pasado borroso de este personaje que, inspirado en un empleado de la estancia de su niñez, Güiraldes misteriosamente también pergeña con sus recuerdos de la Argentina estando en París.
Entre todo aquello, un joven Borges ya se preguntaba, en 1926, si este país llegaría a estar alguna vez habitado por la esperanza.
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