¡Cuauhtémoc! ¡Cuauhtémoc! ¡Cuauhtémoc!
Manejaba la camioneta por los ingenios de Jalisco y, mientras lo miraba de reojo, la emoción me ganó y solté unas lágrimas, Cuauhtémoc Cardenas se había quedado dormido, iba a junto a mi.
Era 1994. Yo era coordinador general de la campaña del PRD en Jalisco, con Mario Saucedo Pérez como candidato a gobernador. Recorríamos pueblo por pueblo, como le gustaba al ingeniero: encontrarse con la gente, escucharla, estar ahí.
Entonces creía profundamente en el cambio democrático que él impulsaba. Tenerlo a mi lado, dormido mientras yo conducía, me hizo sentir una responsabilidad que todavía hoy me cuesta explicar. Admiraba a aquel hombre y me emocionaba formar parte de la lucha que representaba.
En ese mismo recorrido nos detuvo un retén militar. Al frenar la camioneta, el ingeniero despertó, volteó y se encontró con un soldado. Nunca olvidaré la sorpresa en el rostro de ambos: la de Cárdenas al despertar frente al militar y la del soldado al descubrir quién venía sentado el hijo del general Lázaro Cardenas. Fue apenas un instante, pero se me quedó grabado para siempre.
Cuando pienso en Cuauhtémoc Cárdenas, vuelvo a ese camino y a la esperanza con la que tantos lo acompañábamos. Nos inspiró a creer que México podía cambiar y que cada uno tenía una responsabilidad en ese cambio.
El otro ingeniero
Por eso me resulta tan difícil entender su actuación en los últimos años. Un luchador social de esa dimensión, un dirigente que contribuyó a abrir la competencia política, terminó rebasado por el populismo de Andrés Manuel López Obrador. Aunque hubo diferencias y críticas, a mi juicio no tuvieron la fuerza ni la continuidad que exigía la deriva del movimiento que alguna vez encabezó.
Me pregunto cuánto pesó en esa distancia crítica la participación de su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, en los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación. No tengo elementos para afirmar que su postura respondiera a un propósito de protegerlo o asegurarle un lugar. Lo que sí puedo juzgar es su actuación pública: frente a lo que considero una regresión democrática, su voz me pareció insuficiente y, en momentos decisivos, su silencio me resultó cómplice.
Reconocerlo duele precisamente porque lo admiré. Siento que dejó que el liderazgo que construyó durante décadas fuera desplazado por un proyecto personalista. Sus últimos años de vida pública han quedado, desde mi perspectiva, muy por debajo de su propia historia, sin el protagonismo ni la firmeza que muchos esperábamos de él.
El movimiento democrático
La paradoja es profunda. Aquel movimiento reunió a la Corriente Democrática que rompió con el PRI, (que por cierto, López Obrador no participó) a las izquierdas y a ciudadanos que buscaban abrir los cauces de participación. Esas luchas contribuyeron a conquistar una competencia electoral real y a limitar el poder del partido gobernante. Hoy veo cómo buena parte del PRI se recicló en Morena, llevando consigo prácticas, personajes y una vieja vocación de concentrar el poder.
Los cauces democráticos que Cárdenas y muchos otros ayudaron a abrir hoy vuelven a cerrarse. Esa es, para mí, la contradicción más dolorosa de su trayectoria reciente: haber contribuido a construir una apertura y no haber defendido con suficiente fuerza esa conquista cuando comenzó a ser desmontada.
Nada de eso borra lo vivido. Yo sigo siendo aquel joven que lloró al volante porque llevaba a su lado a un hombre que admiraba. Pero la admiración no me obliga al silencio. Me obliga a mirar su trayectoria completa, con gratitud por lo que ayudó a conquistar y con una profunda decepción por lo que, a mi juicio, dejó de defender.
Descansa en paz, querido ingeniero.
X: @diaz_manuel
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