Mansión de la corrupción: la de Arturo “El Negro” Durazo se convertirá en una Universidad Rosario Castellanos
El palacete del fallecido Arturo Durazo Moreno, conocido como «el Negro» Durazo, fue construido en la década de los 70 en un terreno de seis hectáreas ubicado en el kilómetro 23 de la carretera libre a Cuernavaca, en la alcaldía Tlalpan.
La mansión fue entregada en comodato alrededor de 1990 a la Academia Mexicana de Ciencias. Ahora, en ese terreno se pretende construir una nueva sede de la Universidad Rosario Castellanos.
A Durazo le fascinaban el lujo, el poder y las excentricidades. Su residencia contaba con discoteca, caballerizas, plaza de toros, galgódromo, canchas de tenis, alberca, lagos artificiales, una zona para la exhibición de automóviles de colección y un campo de tiro, entre otras amenidades para el disfrute del Negro Durazo, amigos cercanos y personajes influyentes relacionados con el entonces jefe de policía.
Al inicio del sexenio de José López Portillo, en 1976, Arturo Durazo Moreno fue nombrado jefe de la Policía y Tránsito del Distrito Federal. También recibió el grado de general de división, pese a no contar con una carrera militar. Dedazo presidencial que generó molestia entre algunos militares.
Cuando Durazo emigró de Sonora al Distrito Federal, conoció a José López Portillo. A finales de la década de 1940, dejó de trabajar en el Banco de México y comenzó a desempeñar funciones policiales. Fue inspector de Tránsito del Distrito Federal durante dos años y, poco después, se convirtió en agente de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), organización de siniestra reputación, señalada por su participación en brutales represiones, torturas, desapariciones y asesinatos.
El presidente López Portillo, quien había prometido “defender el peso como un perro”, le abrió las puertas del poder a Arturo Durazo sin exigirle que rindiera cuentas, el amigo de la infancia podía hacer lo que quisiera.
Mediante todo tipo de “mordidas” y abusos, Durazo fue acumulando poder y dinero. Según las investigaciones realizadas, los policías debían entregarle una cuota conocida como «entre». Para cumplir con esta exigencia, los agentes detenían y extorsionaban a los ciudadanos.
En 1976 se creó la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, la antigua “policía secreta”, una institución que adquirió una reputación siniestra. Fue dirigida por Francisco Sahagún Baca, quien fungió como brazo ejecutor y hombre de máxima confianza de Arturo Durazo Moreno.
Sahagún fue señalado por tortura, extorsión, desapariciones forzadas, protección al narcotráfico y participación directa en la masacre del río Tula, ocurrida en 1981.
Durazo Moreno fue señalado como el autor intelectual de aquella matanza. La aparición de 12 cadáveres en San José Acoculco, municipio de Atotonilco de Tula, Hidalgo, generó terror. Los cuerpos, presuntamente de ciudadanos colombianos, presentaban signos de tortura extrema y mutilaciones; algunos incluso habían sido decapitados.
Francisco Sahagún fue acusado de ser el autor material de los crímenes en complicidad con algunos de sus subordinados y quedó impune.
La fortuna y el poder de Durazo continuaron aumentando. Descontaba arbitrariamente dinero de los salarios de los policías para embolsárselo y, en ocasiones, retenía los fondos destinados a las familias de aquellos elementos que morían en cumplimiento de su deber. Y nada pasaba…
Las transas y abusos eran de todo tipo. No entregaba las pensiones correspondientes a los elementos que debían retirarse; cancelaba compras de equipo para la corporación y se quedaba con el dinero, o inflaba los precios hasta triplicarlos para quedarse con la diferencia. Además, continuaba cobrando los salarios de policías que ya habían sido cesados.
La residencia del Negro Durazo habría sido construida con recursos de procedencia ilícita, provenientes de robos, asaltos, extorsiones y presuntas relaciones con el crimen organizado. Era una casa resplandeciente y ostentosa, en cuyo interior se ocultaba la podredumbre de la corrupción.
Durazo demostraba habilidad para la extorsión y para encontrar mecanismos que le permitieran acumular cada vez más recursos. Las patrullas debían mantener sus tanques de combustible llenos, pero él únicamente autorizaba el suministro de 20 litros por vehículo. El dinero correspondiente al combustible restante terminaba en sus bolsillos. Para satisfacer las exigencias económicas del jefe, los policías recurrían a la extorsión de los ciudadanos. En esa época toparte con un policía era de terror.
Desde la mansión de Durazo podían contemplarse las luces del entonces Distrito Federal. En aquella residencia se celebraban desenfrenadas fiestas, en las cuales los policías de tránsito desempeñaban funciones de meseros, recibían los automóviles de lujo de los invitados, atendían las barras de bebidas y se encargaban de la limpieza.
Alrededor del Negro, todo era lujo, alimentado por la corrupción y la impunidad. Empresarios influyentes, figuras del espectáculo y jefes de policía asistían a las celebraciones para consumir grandes cantidades de bebidas alcohólicas y drogas, además de disfrutar espléndidos banquetes. Algunos invitados incluso llegaban en helicóptero.
Las fiestas podían prolongarse durante días enteros. Las borracheras se contrarrestaban con el consumo de cocaína. Circulaba de todo y las risas retumbaban entre las paredes.
Las finas copas de cristal se entrechocaban, mientras los anillos cubiertos de brillantes resplandecían en las gruesas manos del Negro. Todo ocurría en la clandestinidad, ante la mirada inmóvil de las estatuas de mármol de estilo griego y romano distribuidas por la residencia.
Durazo era un personaje siniestro. Bajo su mando, la tortura se convirtió en una práctica común dentro de la corporación. Los detenidos eran sometidos a interrogatorios violentos, ya fuera para obligarlos a confesar delitos que habían cometido o para atribuirles crímenes a los que eran inocentes.
El 7 de octubre de 1978, el político nayarita Gilberto Flores Muñoz, quien había sido secretario de Agricultura durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines y gobernador de su estado natal, presidía la Comisión Nacional de la Industria Azucarera, fue asesinado a machetazos junto con su esposa, Asunción Izquierdo, en su residencia de Lomas de Chapultepec, una de las colonias de mayor prestigio de la Ciudad de México. Una de sus nietas encontró los cadáveres de sus abuelos. Asunción Izquierdo tenía todavía el machete incrustado en el cuello y había quedado casi decapitada. Su esposo había sido asesinado con la misma saña.
Comenzaron las investigaciones y, con ellas, aumentó la presión sobre la policía capitalina y el jefe, Arturo Durazo. Las primeras versiones apuntaban a un posible robo como móvil del asesinato. Sin embargo, no se encontraron pruebas suficientes y las sospechas comenzaron a dirigirse hacia algunos empleados del matrimonio. Había que culpar a alguien, menos a los verdaderos asesinos.
Las averiguaciones estuvieron a cargo del jefe de la Policía Judicial, Jesús Miyazawa Álvarez, quien mantenía una estrecha relación de amistad y colaboración con Arturo “El Negro” Durazo. La investigación estuvo rodeada de cuestionamientos e irregularidades.
El caso se dio por cerrado cuando Gilberto Flores Alavez, nieto de la pareja, confesó haber cometido los asesinatos. No obstante, diversos testimonios, periodistas como Vicente Leñero, autor del libro “Asesinato”, e investigadores señalaron que aquella confesión habría sido obtenida mediante tortura física y psicológica. También denunciaron una posible manipulación de la escena del crimen y una investigación apresurada para cerrar el expediente.
Analistas e integrantes de la defensa de Gilberto sostuvieron que el caso pudo haberse construido para proteger intereses políticos de mayor alcance o encubrir a los verdaderos responsables.
Gilberto Flores Alavez tenía entonces apenas 22 años. Permaneció preso durante 11 años, hasta que un amparo y la revisión de su caso permitieron su liberación, debido a las graves anomalías detectadas en el proceso judicial.
Mientras tanto, Arturo Durazo continuaba con sus lujosas y desmedidas fiestas. Portaba un impecable uniforme azul, adornado con charreteras y estrellas que simbolizaban su poder. Su rostro, congestionado por la bebida, reflejaba también los excesos de un hombre que era inmune a las atrocidades cometidas bajo su mandato.
Durazo fue entrevistado por el periodista Guillermo Pérez Verduzco en su despacho.
Durante la conversación, el periodista comenzó felicitándolo por haber dado uno de los golpes más importantes contra la delincuencia.
“¿Es verdad, mi general, que es el golpe más fuerte?”. “Sí, es verdad. Yo tengo 34 años de policía y verdaderamente estamos muy satisfechos con la policía metropolitana”, respondió Durazo.
Pérez Verduzco continuó preguntándole sobre una investigación relacionada con 24 asaltos bancarios cometidos en Hidalgo, el Estado de México y el Distrito Federal.
Durazo atribuyó los buenos resultados a la labor de la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, que era dirigida por Francisco Sahagún Baca, y destacó la actuación de los elementos que trabajaban bajo sus órdenes.
La entrevista tomó un rumbo diferente cuando el periodista valiente comenzó a cuestionarlo sobre su patrimonio…
“Lo felicito cordialmente, aunque tal vez lo estoy felicitando a pesar de que haya en este gran éxito unos “negritos” en el arroz. ¿Ha leído lo que se ha publicado acerca de usted? ¿Las propiedades que posee y que se consideran inexplicables?”, preguntó Pérez Verduzco.
Durazo respondió que sus propiedades únicamente resultaban inexplicables para quienes no trabajaban. Afirmó que, después de abandonar la Dirección Federal de Seguridad, se había dedicado a los negocios en Chihuahua, donde trabajó con Antonio Guerrero y sus hijos en una empresa de transportes y ganado. Aseguró también haber participado en un importante negocio azucarero en Veracruz, mediante el cual amasó una considerable fortuna.
“Yo creo que lo he aprovechado porque no soy ni vago ni vicioso. Soy un hombre de bien; me gustan las fiestas”, afirmó Durazo. “Es verdad lo que usted dijo, que si viviera de su sueldo de policía se moriría de hambre?”. “Sí, es verdad. Usted sabe que los sueldos son muy bajos”.
Pérez Verduzco insistió: “¿Usted cree que con honradez se puede ser multimillonario como usted?”. “Bueno, multimillonario no lo soy; soy millonario y siempre lo he dicho. Yo no estoy ocultando nada. A mí lo que me interesa es dar resultados”, respondió Durazo, visiblemente incómodo.
El periodista le preguntó entonces si estaría dispuesto a someterse a una auditoría.
“Que hagan lo que quieran. Yo de aquí voy a salir limpio. Estamos demostrando a la ciudadanía que nos estamos jugando la vida”, afirmó el jefe policial. Y sentenció: “A mí que me hagan las auditorías que quieran. No van a inventar el hilo negro”.
Oscuro. Y sí, todo negro…
Arturo “El Negro Durazo” fue detenido el 29 de junio de 1984 por el FBI en Puerto Rico. Fue acusado de extorsión, contrabando, fraude, acopio de armas y abuso de autoridad. Fue entregado a las autoridades mexicanas y permaneció solo 8 años en prisión.
Cabe destacar que en la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, dirigida por Francisco Sahagún Baca, se denunciaron prácticas mediante las cuales algunos policías de la corporación participaban en asaltos bancarios, robos a comercios, extorsiones y privaciones ilegales de la libertad. De acuerdo con las acusaciones contra Durazo, estas actividades ilícitas contribuyeron al crecimiento de su fortuna.
Y recordar que Gilberto Flores Muñoz, quien presidía la Comisión Nacional de la Industria Azucarera, había sido asesinado en 1978. Durante su entrevista con Pérez Verduzco, Arturo «El Negro» Durazo afirmó que había amasado una gran fortuna mediante negocios relacionados con el azúcar en Veracruz. ¿Una negra coincidencia?
La mansión de Arturo “El Negro” Durazo es uno de los símbolos más representativos de los excesos, la corrupción y el abuso de poder que marcaron aquella época de la historia de México.
Décadas después, este inmueble podría adquirir un significado completamente distinto, al convertirse en sede de una nueva Universidad Rosario Castellanos.
El espacio que alguna vez representó la corrupción e impunidad podría transformarse en un lugar dedicado a la educación y al conocimiento. Una nueva etapa para un inmueble cuya historia permanece ligada a uno de los episodios más oscuros de la corrupción en México.
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