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Una vez leí un poema que en el mismo momento en que realizas una determinada acción, un objeto, una guerra, una persona se pone en movimiento para encontrarse contigo. No recuerdo el poeta y mi cita es tan mala que ni he intentado buscar el poema. Pero la idea es ese trozo de montaña de hielo desprendiéndose y quedando a merced de las corrientes del océano, en busca del Titanic que parte, ni antes ni después, el 10 de abril de 1912 a las doce del mediodía del puerto de Southampton. Ese coche parado en un semáforo ahora mismo. El amor de tu vida saliendo de casa para topar contigo. Unas células que deciden reproducirse anómalas por su cuenta. La decisión empresarial tomada a miles de kilómetros de donde estás, esa fiesta a la que decides no ir. Miramos hacia atrás como si nuestra vida fue un proyecto por desarrollar. Como si fuéramos un plan o una historia, como si vivir no fuera estar yendo siempre a la deriva.
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