ABC
29/10/2026 11:10

La panadera que horneó sin descanso, el farmacéutico que llevó morfina o el cura que consoló

Amaneció Urda con niebla y con ojeras después de la noche más larga que recuerdan los vecinos de este pueblo manchego de algo menos de 2.500 habitantes. «Aunque hace unos días una riada echó a perder el trabajo de muchos de nuestros agricultores. No ha sido un mes nada fácil», explican a ABC un par de jubilados rodeados de cámaras de televisión en el centro del municipio toledano. A medida que avanzaba la mañana, iba apareciendo el sol, pero las caras seguían siendo igual de largas. Después del shock de las primeras 24 horas tras el choque de trenes en el que han fallecido 69 personas y hay decenas de heridos , empiezan a aparecer las lágrimas y el cansancio. Azucena Muñoz es la dueña de la panadería de la plaza. «Te doy la hogaza sin bolsa, que nos hemos quedado sin nada después de ayer», le dice esta urdeña a los vecinos que van llegando a su establecimiento. «Desde que nos levantamos y empezamos a darnos cuenta de lo grave que era el accidente, nos pusimos a hornear pan sin parar».--- Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones --- automaticoEn el pueblo no hubo que esperar a que nadie diera instrucciones para empezar a ayudar. Se habilitaron los pabellones del colegio para recibir a los heridos y atender a quienes iban llegando. Los vecinos se movilizaron y los negocios se convirtieron en puntos de abastecimiento. Desde la panadería de Azucena salieron bollería y hogazas recién hechas. «Todo lo que pudimos donar», resume ella, que dejó a un lado los encargos que tenía pendientes para dedicar el tiempo a preparar comida para los afectados. «Llamé a la gente que no podía hacer las tartas porque iba a dedicar el tiempo a hornear productos para llevarlos allí».En las primeras horas, cuando todavía costaba comprender la magnitud de la tragedia, había que resolver lo inmediato: alimentar a los heridos, ofrecer algo de comer a sus familiares y atender a quienes trabajaban en el rescate.En el supermercado de Soraya Rodríguez tampoco eran conscientes de la gravedad de lo ocurrido cuando levantaron la persiana. Fue la llegada de los primeros clientes en busca de agua y leche la que empezó a darles una idea de lo que estaba sucediendo. Después llegaron los encargos para los pabellones. «Según fue pasando la mañana, nos vinieron pidiendo bocadillos para la gente que estaba ya allí», cuenta a ABC.El supermercado aportó fruta, fiambre, bocadillos y guantes. También salió de allí un palé de agua, que el marido de Soraya fue a recoger a Toledo para llevarlo hasta el pabellón. Parte de los productos se donaron; otros los compraron personas que se encargaban de transportarlos hasta el lugar donde se necesitaban. La panadería, explica, tampoco les cobró el pan. Cada establecimiento contribuyó como pudo, sin que nadie tuviera demasiado tiempo para detenerse a hacer balance.Durante horas, la rutina comercial quedó suspendida para poner los recursos disponibles al servicio de una urgencia que nadie había imaginado.«Calmando el dolor físico y el espiritual»Antonio, el farmacéutico, todavía intenta ordenar las imágenes de aquella jornada. Se levantó, como tantos vecinos, sin saber que acabaría pasando el día entre heridos, medicamentos y escenas difíciles de olvidar. Cuando comprendió la magnitud del accidente, regresó a la farmacia y cargó material sanitario: gasas, apósitos, sueros y calmantes. También llevó medicamentos para aliviar el dolor de los afectados, incluidos psicotrópicos y morfina.No fue solo. Se marchó hacia el lugar del accidente con su mujer, su hija, el novio de esta, su hijo y una empleada. Cerraron la farmacia para acudir allí. En un primer momento, recuerda, se encontraron con personas que necesitaban ayuda inmediata. Una de ellas era un joven gravemente herido que pedía una ambulancia con una tranquilidad que contrastaba con la gravedad de sus lesiones.«Estaba muy herido», cuenta Antonio. «Cuando miro tiene el brazo seccionado, no tenía brazo izquierdo, la había arrancado y el brazo estaba por ahí perdido». La escena le hizo venirse abajo. Volvió a la farmacia, recogió todo el material que pudo y regresó con él. Para entonces, los sanitarios y las ambulancias ya habían comenzado a desplegarse y la intervención estaba más organizada.«Anoche dormí dos horas»El día siguiente no le ha traído demasiado descanso. «Yo anoche dormí dos o tres horas», dice. Se acostó tarde, dando vueltas a las imágenes que había visto, y a las seis de la mañana ya estaba pendiente de las noticias sobre sus amigos y conocidos. Entre ellas recibió una que le proporcionó un alivio difícil de describir: la llamada de la mujer de un hombre al que había atendido, para comunicarle que estaba vivo.«Para mí ha sido una gratificación impresionante», reconoce. Después de una jornada en la que se había enfrentado a escenas que todavía le cuesta asimilar, saber que uno de los heridos había sobrevivido le permitió aferrarse a una noticia feliz. Pero Antonio insiste en que lo ocurrido no puede atribuirse a una sola persona. «La solidaridad no es solamente mía, es la de dentro del pueblo, de todo el pueblo que ha actuado francamente, maravillosamente bien».José Miguel Fernández, el párroco de Urda, también regresó al lugar del accidente a primera hora de la mañana. Estuvo pendiente de los equipos de rescate, de la Guardia Civil y de la Unidad Militar de Emergencias, que seguían trabajando entre los hierros. La noche anterior había ayudado a evacuar a pasajeros de los vagones menos afectados y había atendido a heridos y familiares.En una tragedia así, explica, las palabras pueden resultar insuficientes. «En estos momentos no hay palabras. Es mucho más el estar a su lado». A lo largo de la jornada vio a personas que no querían hablar, pero que tampoco querían quedarse solas. El consuelo no siempre consistía en responder preguntas ni en encontrar una explicación a lo ocurrido. A veces bastaba con permanecer junto a ellas.«Recuerdo a una mujer que me pidió 'cójame de la mano'; otros necesitaban llorar acompañados» José Miguel Fernández Párroco de UrdaRecuerda a una mujer de edad avanzada que le pidió algo muy sencillo: «Cójame de la mano». Otros necesitaban llorar acompañados. «Déjeme que llore con usted o llore conmigo y ya está», le dijeron.Fernández conoce bien la capacidad de movilización de Urda. El municipio recibe peregrinos durante todo el año y cuenta con un grupo de voluntarios acostumbrado a organizarse para atenderlos. El párroco calcula que alrededor del 90% de los habitantes se pusieron a disposición de quienes lo necesitaran.Un pueblo volcadoAlgunos hosteleros cerraron sus negocios para preparar comida y bebida. Hubo restaurantes que cocinaron para los heridos, sus familiares y los equipos que trabajaban en el rescate. La casa de espiritualidad de la basílica del Santísimo Cristo sirvió también de refugio para periodistas que necesitaban descansar después de una jornada interminable.«Es lo que me emociona, que un pueblo de 2.500 habitantes se volcó completamente», dice Fernández. En su homilía de esta mañana ha querido agradecer esa respuesta colectiva. El cansancio, sin embargo, ya empieza a hacerse visible. Tras las primeras horas de desconcierto y actividad frenética, llega el momento en que los vecinos empiezan a asumir lo que han visto y lo que han vivido.Andrés García, vecino de Urda, estuvo ayudando a los servicios sanitarios a trasladar heridos hasta los puestos de triaje. Allí se clasificaba a los afectados según la gravedad de sus lesiones para organizar su evacuación: los más graves eran trasladados en helicóptero y otros, en ambulancia. Andrés recuerda el despliegue de medios y la cantidad de profesionales que llegaron al lugar, pero también los momentos en los que la crudeza de la escena se imponía a cualquier explicación.Los vecinos de Urda también ayudaron en el traslado de cadáveres a la morgue, que se tuvo que ampliar Entre los recuerdos que conserva hay personas que, pese a sus lesiones, pedían ayuda con una serenidad desconcertante. También recuerda a una mujer filipina que no hablaba español y a la hija del farmacéutico, Claudia, traduciendo al inglés para que pudiera entenderse con los médicos. Entre los afectados había viajeros de distintas nacionalidades que habían emprendido un viaje y acabaron dependiendo de la ayuda de quienes se encontraban allí.Andrés participó asimismo en el traslado de cadáveres. Uno de los cuerpos que creyó ver fue el de Fátima Báñez. Su identificación se produjo en medio de una escena que todavía le cuesta relatar. «No te cuento más detalles. He hecho dos vídeos y los he borrado», dice. No quiere volver sobre unas imágenes que, incluso después de haberlas eliminado, siguen presentes en su memoria.Unas circunstancias enormemente difícilesLa morgue tuvo que ampliarse porque ya no cabían más cuerpos. Andrés recuerda que algunos guardias civiles esperaban instrucciones mientras los equipos trataban de organizar las tareas. En el lugar había que retirar los restos, atender a los heridos y preservar la dignidad de las víctimas en unas circunstancias extraordinariamente difíciles.El vecino también introduce una cuestión que considera importante al hablar del tramo ferroviario. Según afirma, en esa zona se había robado cobre en varias ocasiones. Explica que, cuando desaparece el cableado de la catenaria, pueden producirse incidencias en el sistema y los semáforos pueden ponerse en rojo.A medida que avanza la mañana, Urda intenta recuperar una normalidad que todavía parece lejana entre cámaras, micrófonos y a escasos kilómetros de la una tragedia que ya ha acabado con la vida de 69 personas.
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