Cuauhtémoc y ese café de la 4T. ¿Wagner para las heridas de Israel y Palestina?
He planteado la urgencia de que tomen un café, de entendimiento elemental, los duros y puros —ideológicamente hablando— de la 4T y aquellos funcionarios sin duda eficientes, pero no suficientemente comprometidos con la ideología.
Una columna la ilustré con la imagen, elaborada con IA, del café que tomaban la cupletista la Pitusilla, Omar García Harfuch y Rafael Barajas, el Fisgón.
García Harfuch, como funcionario eficiente al que se cuestiona por no tener formación ideológica. Y el Fisgón, como hombre limpio, absolutamente de izquierda, que participa en Morena en la formación política.
El Fisgón difunde los principios del partido. Es uno de los constructores intelectuales del movimiento que han encabezado Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador. Su principal aportación está en las ideas; no en la administración, no en establecer planes, fijar metas y procedimientos para alcanzarlas.
García Harfuch representa otra vocación. Sus orígenes familiares pudieran no agradar a gente de la 4T…, pero no existe el delito de portación de familia prohibida. Desde que trabajó con Sheinbaum en el gobierno de la CDMX, ha demostrado capacidad para atender el principal problema del país: la violencia. De ahí su popularidad.
¿La Pitusilla en medio? Esta cupletista hizo famosa en la España de los años treinta, una cancioncilla, “Yo te daré”, que pudo haber copiado Dmitri Shostakóvich para uno de sus valses.“Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé: ¡café!”.
A partir de ahí reflexioné sobre la importancia de una taza de café. Puede dar inicio a un romance o terminarlo. Puede abrir conversaciones para resolver cualquier conflicto, hasta el más grave. Sobre todo, puede sentar a discutir pacíficamente a personas con ideas distintas.
Hablé de la necesidad de ese café entre los puros y los eficientes para que la 4T no se divida.
Cuauhtémoc Cárdenas debe servir de inspiración para ese encuentro presidido por una taza de café.
Él fue un personaje singular de la izquierda: un liderazgo fundamental, reconocido y respetado también en los ambientes fifís.
Hace unos diez días lo vi de lejos en un restaurante elegante de las Lomas de Chapultepec. Cuauhtémoc comía con otras personas, y el resto de la clientela lo veía con admiración y lo saludaba con respeto.
Hay figuras de la 4T que no pueden ir a ciertos restaurantes, ya no digamos de clase alta, sino ni siquiera clasemedieros: se les abuchea y aun se les agrede.
A Cuauhtémoc lo aceptaban y lo aplaudían los dos Méxicos: el mayoritario, de izquierda, y el otro, más conservador.
Cuauhtémoc Cárdenas era respetado en todas partes. Por eso puede motivar el entendimiento dentro de la 4T. Sus convicciones de izquierda no le impedían conversar con quienes pensaban distinto, y entenderles.
Hay acercamientos bastante más difíciles. Pienso en lo que hizo el director de escena suizo Milo Rau mediante una ópera de Richard Wagner, El holandés errante, cuya nueva puesta en escena se estrenó el pasado 24 de octubre en Berlín.
En el semanario alemán Die Zeit, Christine Lemke-Matwey planteó una pregunta: ¿se pueden planear los escándalos? Porque eso parecía buscar el suizo. A través de una provocación, ligó a Wagner con un tema muy triste de la actualidad: el conflicto entre Israel y Palestina, atravesado por la culpa histórica de Alemania por el Holocausto.
En esa propuesta, el Holandés representa a Alemania, perseguida por el Holocausto. Senta es el pueblo judío, de quien Alemania espera alguna forma de reconciliación o de perdón. Erik, el enamorado de Senta, es un palestino que comparte la tierra con ella, pero cuya relación resulta imposible.
¿Puede Wagner anudar la culpa de Alemania con las heridas de Israel y Palestina? El director suizo lo intentó, pero probablemente no gustó porque podía interpretarse como una pretensión alemana de usar indebidamente a los pueblos judío y palestino como instrumentos para superar una culpa histórica difícil de borrar.
Hay otra pregunta sobre tal ópera: ¿qué lugar tienen los palestinos en la relación entre Israel y Alemania, marcada por un genocidio atroz?
Rau viajó con sus colaboradores a Israel. Interpretaron fragmentos de Wagner en espacios públicos. No era la primera vez que se escuchaba su música en aquel país. Es famoso lo que hizo Daniel Barenboim en 2001: interpretó el preludio y la Muerte de amor de Tristán e Isolda en Jerusalén. Hubo fuertes protestas.
El rechazo a Wagner en Israel no es legal, sino cultural. Se cuestiona al compositor por antisemita y por la utilización que el nazismo hizo de su música. Para muchos supervivientes del Holocausto y sus familias, Richard Wagner representa un insulto.
Rau y sus acompañantes esperaban —quizá buscaban— ruidoso rechazo en Israel. Encontraron personas que sacaban sus teléfonos para grabar, algunas que los ignoraban y otras dispuestas a escuchar. Nadie protestó.
El artista llegó preparado para enfrentar hostilidad y descubrió que había en Israel gente con otras urgencias. En un país involucrado en un conflicto que indigna a buena parte de la humanidad, escuchar unos minutos de Wagner quizá no era motivo suficiente para enfurecerse. O quizá, en los tiempos actuales, era una razón para dejarse llevar por una música con efectos hipnóticos, de alguna manera capaz de hacer olvidar por un momento problemas como lo que ocurre en Gaza y las disputas políticas locales, que la gente común no puede solucionar.
En Berlín sí hubo objeciones artísticas, aunque no un gran escándalo político. Según Die Zeit, se abucheó la escasa calidad musical. Se cuestionó también, con dureza, el trabajo escénico.
Rau intentó mediante Wagner acercar heridas para sanarlas, pero, según la crítica, se quedó muy corto. No conmovió ni generó un diálogo positivo.
Ignoro si el suizo buscaba ofrecer lo que su país ha aportado en otras ocasiones: un terreno de encuentro para quienes difícilmente aceptarían sentarse en la casa del adversario. Un escenario donde Alemania, Israel y Palestina pudieran reconocer sus heridas y escucharse. ¿La música como territorio neutral?
Era una buena idea que no prosperó. Pero la intención de ligar la culpa de Alemania con las heridas de Israel y Palestina me lleva a la taza de café que urge en la 4T, la que puede propiciar el entendimiento entre los grupos de izquierda que desconfían unos de otros.
No comparo aquellos conflictos con las diferencias internas de Morena. Solo insisto en que la 4T necesita que personas separadas por sus historias y convicciones se escuchen.
Los escándalos no se pueden programar. Tampoco las reconciliaciones. Pero sí hay manera de planear tomar un café.
Ayer falleció Cuauhtémoc Cárdenas, el dirigente izquierdista respetado por toda la gente en México. Su trayectoria puede inspirar ese café.
El ejemplo de Cuauhtémoc puede ayudar a que quienes desconfían de algunos compañeros por exceso de celo ideológico empiecen a reconocer lo mucho que valen sus aportaciones, fundamentales para darle eficacia al gobierno de izquierda. No todos tienen que estar obsesionados por la ideología. En México, como en el resto del mundo, solo una minoría se formó en la pasión del combate ideológico del matar o morir.
Y, por supuesto, quienes privilegian la eficiencia deben hacer suyos con toda sinceridad los principios del movimiento de izquierda. Gobernar exige eficiencia para lograr resultados, pero también una ética determinada.
Ojalá Cuauhtémoc Cárdenas inspire a la izquierda mexicana para hacer lo correcto. Si el director suizo fracasó con su Wagner, no debe fracasar la 4T con esa taza de café.
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