Urda asimila el horror un día después del accidente: "Ningún ser humano está preparado para una tragedia de tal magnitud"
El pueblo de Urda amanecía este jueves con las huellas de la tragedia todavía sobre las vías. Un día después del terrible accidente ferroviario, esta localidad a 70 kilómetros de Toledo sigue consternada tras el brutal choque de dos trenes de alta velocidad que se ha cobrado ya 69 víctimas mortales. Tras el caos del miércoles y una noche especialmente silenciosa, la localidad continúa atrapada en las horas que siguieron al impacto. Mientras en la zona cero se buscan e identifican víctimas, los vecinos ofrecen su colaboración al tiempo que se preguntan cómo este pueblo manchego, el suyo, ha quedado marcado de golpe por una de las mayores tragedias ferroviarias de los últimos años.
Los distintos equipos de emergencia han pasado la noche intentando localizar a más víctimas entre el amasijo de hierros que queda del impacto de los vagones. Grúas, drones y guías caninos han barrido la zona sin descanso, mientras los servicios de atención psicológica atienden a los familiares de los desaparecidos que siguen con la angustia de no tener noticias de sus seres queridos un día después.
"Por la noche, las labores se han centrado en localizar a personas desaparecidas, y hoy nos hemos focalizado más en la búsqueda de restos biológicos con los perros especializados", cuenta a 20minutos Yanos Olivares, portavoz de la Guardia Civil, desde el puesto de mando que se ha desplegado a tan solo unos metros del lugar en el que ocurrió el accidente, que permanece abarrotado de medios, también internacionales, y al que han acudido varias autoridades a lo largo del día. Lo más complicado ahora, dice, es identificar a las personas que murieron en el accidente. Ponerles nombres y apellidos. "Por eso estamos haciendo un llamamiento a que los familiares que tengan a una persona desaparecida acudan a los cuatro puestos habilitados en Toledo, Córdoba, Madrid y Sevilla para que se les extraiga una muestra de ADN y se agilice la identificación", añade.
"El peso del uniforme"
La conmoción también es generalizada entre los distintos profesionales que trabajan en el terreno. Ellos tampoco son inmunes al terror que han presenciado entre lo poco que queda ya de los trenes colisionados y a la impotencia de no poder hacer más. En una de las carpas de Protección Civil, hace guardia Teresa Marín, psicóloga y formadora de cuerpos y fuerzas de seguridad y equipos de emergencia, que va atendiendo uno a uno a los trabajadores que terminan su turno agotados, algunos en shock por lo presenciado.
Marín habla del "peso del uniforme" que padecen los trabajadores que intervienen de un modo u otro en el lugar. Son todas personas formadas para actuar ante emergencias y catástrofes sin mostrar vulnerabilidad, y eso les pasa factura. "No podemos olvidar que son personas que, cuando se quitan el uniforme, han sentido, han vivido y les ha generado dolor. El peso del uniforme hace que no se atienda ese dolor porque el cerebro nos protege, pero cuando se lo quitan hay que ventilar emociones, que hagan un reset mental y emocional, porque ningún ser humano está preparado para una tragedia de tal magnitud", subraya.
Hay, para ello, un equipo volcado en intentar brindarles las herramientas que "contrarresten" las imágenes terribles que a muchos se les quedarán en la retina durante un tiempo. "Ellos están haciendo absolutamente todo lo que pueden; han trabajado toda la noche sin descanso. Pero hay que intentar que no se lleven a casa ese impacto, ese dolor e incluso esa rabia e impotencia por no haber podido hacer más. Porque, añade, por mucho que se les prepare para situaciones extremas, "lo que han visto es dantesco y muy duro". Debemos cuidar muchísimo la salud mental de nuestros intervinientes y que ellos hagan su trabajo lo mejor que puedan”, apunta.
Un pueblo volcado en la ayuda
Tras el caos de este miércoles, el operativo entra ya en una nueva fase: queda por delante recuperar e identificar a las víctimas, retirar los trenes accidentados y despejar la infraestructura, mientras se abre paso la investigación que deberá determinar cómo ha podido repetirse un siniestro así en la misma línea ferroviaria en la que hace menos de un año se produjo el accidente de Adamuz que se cobró medio centenar de víctimas.
En el pueblo también hay cierta agitación, inusual en esta localidad de poco más de 2.000 habitantes que es conocida por los peregrinajes que hacen los fieles a la Basílica del Santísimo Cristo de la Vera Cruz. Urda, un pueblo tranquilo, se ha situado de golpe en el mapa por esta tragedia que originó una oleada de solidaridad de los vecinos que se volcaron desde el primer momento a ayudar en lo que pudieran. Agentes, ministros, representantes políticos y mucha prensa se han acercado a lo largo de este miércoles, en un ir y venir de coches, camiones y furgonetas.
Pero antes del caos, hubo un silencio ensordecedor que describen todos los vecinos del pueblo y que precedió a toda la logística que se organizó después en la zona afectada y en los dos pabellones de la localidad que se habilitaron para atender a los heridos menos graves y a los familiares de los desaparecidos, que iban llegando conforme pasaban las horas. Los restaurantes y las tiendas de Urda ofrecieron lo que tenían: agua, comida, productos de higiene… y los vecinos que llegaron al lugar del accidente en los primeros minutos ayudaron a trasladar a algunos de los heridos a los hospitales y centros de salud de la región.
Victoria Rodríguez, que llegó al pueblo tras casarse con su marido hace 44 años, cuenta con los ojos empañados que se enteró del accidente por el trajín de helicópteros que sobrevolaban la zona, primero, y después porque se lo explicó la trabajadora de una tienda cercana a su casa. "Yo no tenía ganas más que de llorar y llorar. Y me fui dos o tres veces a ver si podía ayudar, pero la gente joven es la que estaba más ahí", cuenta.
"No es una situación habitual para nosotros. Y yo creo que tardaremos en recuperarnos. Poco a poco iremos reseteando y dejando que pase el tiempo", cuenta Yolanda, una urdetana de 63 años, desde la plaza del pueblo, que todavía tardará unos días en recuperar la normalidad y su calma habitual .
Ver nota original ↗
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
