La Nacion
29/10/2026 18:04

La anorexia y la bulimia crecieron un 71% en tres décadas, de acuerdo a un estudio global: la preocupante situación argentina

En el mundo, unos 18,1 millones de personas vivían con anorexia nerviosa o bulimia nerviosa en 2023. 14,2 millones tenían bulimia y 3,92 millones, anorexia. Las cifras surgen de una investigación internacional publicada en JAMA Psychiatry,

El trabajo, elaborado por investigadores del Global Burden of Disease (GBD), analizó los casos de 204 países y territorios, incluida la Argentina, entre 1990 y 2023, y calculó la prevalencia de estos dos trastornos de la conducta alimentaria (TCA) a lo largo de los años.

Medidos en conjunto, ambos diagnósticos aumentaron un 71% en 33 años. En este lapso, el 69,4% de los casos correspondieron a mujeres y el 30,6%, a varones. El 41,2% de los casos se concentró entre los 10 y los 24 años.

Australia encabezó el ranking mundial de prevalencia estimada de anorexia y bulimia en 2023, con 1026,5 casos cada 100.000 habitantes, seguida por Mónaco (873,6), Irlanda (642,5), Luxemburgo (635,6), Bermudas (626,5), Finlandia (599,7), Noruega (595,5), España (574), Chipre (550) y San Marino (547,4).

En el extremo opuesto se ubicaron Somalia (78,1), Burundi (84,9), República Centroafricana (88,7), República Democrática del Congo (91,8), Liberia (98), Sudán del Sur (101,1), Níger (102,4), Mozambique (102,5), Malawi (104,7) y Eritrea (106,7).

Hacia 2050, los investigadores proyectan que la cantidad de personas afectadas por ambos trastornos en el mundo pasará de 18,1 millones a 21,8 millones, de las cuales unos 17 millones tendrán bulimia y 4,7 millones, anorexia.

En Sudamérica, Perú registró la mayor tasa estimada de anorexia y bulimia, con 468,8 casos cada 100.000 habitantes, mientras que Venezuela presentó la menor, con 257,1. La Argentina ocupa el octavo puesto entre los 12 países de la región.

La situación argentina

De acuerdo al estudio, en nuestro país unas 178.203 personas tenían anorexia nerviosa o bulimia nerviosa en 2023 ―140.101 tenían bulimia y 38.327, anorexia―. El estudio estimó una prevalencia de 366 casos por cada 100.000 habitantes, un 62,4% superior al promedio mundial, que fue de 225 por cada 100.000 habitantes.

En 33 años, la cantidad de casos de ambos trastornos creció un 76,9%; los de anorexia aumentaron un 64,9% y los de bulimia, un 80,5%. En cambio, las tasas ajustadas por edad subieron un 19,2%, un 16,7% y un 19,9%, respectivamente.

El número de casos argentinos no proviene de un registro nacional de pacientes, sino que, en realidad, es una estimación. Nuestro país no cuenta con estadísticas nacionales representativas que permitan saber cuántas personas tienen un diagnóstico de trastorno de la conducta alimentaria y cuántas acceden al tratamiento. Según se detalla en el estudio, las cifras argentinas surgen de un modelo epidemiológico que combina estadísticas de mortalidad por anorexia nerviosa nacionales y de la región, literatura científica y otras fuentes internacionales estandarizadas.

La investigación calculó 38.327 personas con anorexia nerviosa en la Argentina durante 2023, una enfermedad que puede provocar complicaciones físicas y psiquiátricas gravesShutterstock

Ricardo Marcelo Corral, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP) y jefe de Docencia e Investigación del Hospital Borda, advierte a LA NACION: “La cifra se apoya en datos de la región y en variables como el nivel de ingresos, por lo que tiene un margen de incertidumbre considerable”. Sostiene que la diferencia con el promedio mundial no demuestra que exista un riesgo individual mayor en el país.

Gisela Rotblat, jefa de la Sección de Psiquiatría del Hospital Italiano, señala, a su vez, que las diferencias también pueden depender de la información disponible, la detección y los modelos estadísticos.

Más allá de la representatividad del estudio, tanto ella como otros especialistas consultados destacan un aumento en la demanda de tratamientos por TCA en los últimos años en la Argentina, así como la llegada a consultorio de pacientes más jóvenes, muchas veces niños, y el aumento de la gravedad de los cuadros, entre otras tendencias que preocupan.

Pero, ¿hay más personas con anorexia y bulimia nerviosa o se diagnostican cuadros que antes pasaban inadvertidos?

Los especialistas coinciden en que ambos fenómenos pueden coexistir, pero faltan datos nacionales para determinar su peso relativo. “Lo que sí observamos en los últimos años es que hay un aumento sostenido de las consultas”, afirma Alejandra Freire, licenciada en Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA y especialista en trastornos alimentarios.

La psiquiatra Juana Poulisis, fellow de la Academy for Eating Disorders, coincide en que hoy hay más conciencia entre familias y profesionales, lo que favorece la detección sin explicar por completo el aumento.

Consultas más tempranas

Aunque el pico de inicio suele ubicarse alrededor de los 15 años, hoy se atiende a pacientes de 11 y 12 años. Algunos llegan con mayor compromiso médico por demoras en el acceso a equipos especializados.

Giselle Vergara, coordinadora del equipo de trastornos alimentarios del Hospital Alemán, y Patricia Goddard, pediatra especialista en adolescencia de esa institución, observan pacientes más jóvenes, así como también mayor detección entre varones y mayor cantidad de cuadros graves que requieren internación, a veces asociados con depresión e intentos de suicidio.

Alicia Alemán, psicóloga certificada como especialista en trastornos alimentarios por la Asociación Internacional de Profesionales de Trastornos Alimenticios (Iaedp, por sus siglas en inglés), trabaja en esta problemática desde hace 33 años. Explica que la mayor difusión permite reconocer conductas antes normalizadas. Identifica la pandemia como un desencadenante de nuevos cuadros.

Cuando lo saludable se vuelve una obsesión

La presión estética, las redes sociales y los ideales corporales pueden influir, pero no constituyen una causa única. Poulisis subraya que estas enfermedades son multifactoriales: interactúan componentes genéticos, biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Freire añade que la autoexigencia y la rigidez pueden asociarse con anorexia, mientras que la ansiedad y la impulsividad pueden intervenir en bulimia y atracones.

El problema aparece muchas veces cuando una recomendación nutricional o una rutina deportiva deja de ser flexible y se transforma en mandato. Freire advierte que algunos pacientes interpretan información difundida en redes como reglas obligatorias. Alemán observa que las familias a veces celebran que un adolescente coma “más saludable” o entrene sin advertir la angustia, la culpa o el aislamiento detrás de esas conductas.

En varones, la preocupación suele centrarse en aumentar la musculatura o reducir la grasa corporal. Corral señala que el ejercicio compulsivo y las restricciones pueden confundirse con disciplina deportiva, mientras que Rotblat advierte que el estereotipo de una enfermedad exclusivamente femenina retrasa las consultas.

Freire y Poulisis también observan cuadros en mujeres durante la premenopausia y la menopausia, a veces asociados con dietas restrictivas presentadas como bienestar o longevidad. Ambas alertan sobre el uso de medicamentos para adelgazar sin indicación médica.

Bulimia, un trastorno silencioso

La bulimia puede permanecer oculta durante meses o años y no siempre implica una pérdida de peso evidente. “No debemos esperar a que un adolescente esté extremadamente delgado para sospechar un trastorno alimentario. La gravedad no se mide solamente en kilos”, advierte Rotblat.

Vergara y Goddard enumeran señales de alerta generales de estos trastornos: excusas reiteradas para evitar comidas compartidas, rechazo repentino de alimentos habituales, ayunos, reglas rígidas sobre el menú, ejercicio excesivo y conflictos durante las comidas. Freire agrega rituales como comer muy lento o cortar los alimentos en porciones diminutas, ingestas a escondidas, aislamiento y angustia ante la exposición corporal. Ninguna conducta aislada confirma un diagnóstico, pero su persistencia o combinación justifica consultar.

Efectos en la salud

Las consecuencias pueden incluir desnutrición, alteraciones cardíacas y electrolíticas y problemas hormonales y óseos. En adolescentes, también pueden afectar el crecimiento y la pubertad. A ello se suman la ansiedad, la depresión, las autolesiones y el riesgo suicida. Los desmayos, la pérdida rápida de peso, la deshidratación importante o las manifestaciones de riesgo suicida requieren atención urgente.

Entre 1990 y 2023, los casos estimados de anorexia y bulimia aumentaron un 71% en el mundoImagen generada por IA

El estudio solo incluye anorexia y bulimia. Excluye el trastorno por atracón, el evitativo/restrictivo de la ingesta, la anorexia atípica y otros, por lo que las 178.203 personas estimadas no representan toda la carga de los trastornos de la conducta alimentaria. Alemán observa numerosas consultas por atracones y Poulisis advierte que esa exclusión limita la planificación sanitaria.

Dificultades de acceso a tratamientos

Los profesionales reconocen equipos argentinos capacitados, pero una oferta desigual. Los especialisras señalan que Buenos Aires concentra servicios especializados, mientras que numerosas provincias disponen de pocos dispositivos. Corral reclama mejorar la detección en pediatría, escuelas y atención primaria, con derivaciones oportunas. El abordaje puede requerir nutrición, psicoterapia, psiquiatría, atención clínica y acompañamiento familiar; en algunos casos, hospital de día o internación.

Otra problemática son los costos de los tratamientos, las dificultades de cobertura y la duración de los tratamientos, que dificultan sostenerlos. La recuperación tampoco termina cuando se normaliza el peso: exige trabajar sobre la ansiedad, la autoestima, los vínculos y la relación con la comida. “El problema en la Argentina no es solamente cuántas personas tienen un trastorno alimentario, sino cuántas pueden acceder a un tratamiento especializado y sostenerlo”, resume Rotblat.

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