Un oportuno refrito sobre los aspirantes a la Vicepresidencia
- <i><b>POR ANÍBAL SAUCEDO RODAS</b></i>
Mis comentarios –lo vengo diciendo repetidamente– se mueven más allá de la simple opinión, aunque no presumen de un análisis crítico. Navego en una línea intermedia donde la razón es la protagonista. Soy un observador paciente de los hechos y de las conductas humanas, especialmente de la clase política con rango de dirigencia o liderazgo. Procuro que mis apuntes no estén condicionados por apreciaciones emocionales (arranques de ira o excitación extrema) ni contaminados por la malicia y los prejuicios. No siempre los acontecimientos tienen un desenlace que se compadezca de las hipótesis que planteo a partir de sucesos concretos. Pero dibujo esos escenarios posibles con método lógico y absoluta honestidad intelectual. Tampoco juego al oportunista papel de los profetas del día después. Ni acomodo las premisas para que puedan coincidir con mis conclusiones. Sin embargo, nada de eso parece importar mucho, porque los agoreros del desastre y de las predicciones fallidas, tanto desde las tribunas políticas como desde los medios de comunicación, gozan de una saludable impunidad ética y social. Pero hay que resistir.
Hecha la introducción, sigo sosteniendo que los candidatos a la Presidencia de la República deben tener autonomía para elegir a sus compañeros de fórmula. Así fue desde que se reinstaló la figura de la Vicepresidencia en la Constitución Nacional de 1992, hasta que llegamos a estas anticipadas y caldeadas internas del Partido Colorado, que se definirán en diciembre de 2027. No es la primera vez que abordo este tema. En los días aurorales de nuestra democracia, los poderes fácticos pactaron una alianza entre el ingeniero Juan Carlos Wasmosy y Ángel Roberto Seifart. Luego, la elección ya fue una decisión discrecional del aspirante al Poder Ejecutivo. Lino Oviedo optó por el ingeniero Raúl Cubas Grau; Nicanor Duarte Frutos eligió al ingeniero Luis Castiglioni; Fernando Lugo acordó la Vicepresidencia con el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), y Horacio Cartes formó dupla con Juan Afara. Y, por último, Mario Abdo Benítez se complementó con un antiguo dirigente que se formó en las bases republicanas, Hugo Velázquez.
En un artículo publicado en este mismo espacio el 8 de mayo de este año decía que “en ninguno de los casos mencionados se generó este inusitado movimiento telúrico –hasta me atrevería a decir inédito– para elegir al hombre o a la mujer que acompañará al vicepresidente Pedro Alliana en su campaña hacia la Presidencia de la República. Mirando desde afuera, este panorama desata la percepción de que se ha instalado un cerco casi agresivo alrededor de su persona”. Aunque hoy el panorama político ha variado drásticamente, lo esencial sigue igual: “Alguien compró la idea de que el vicepresidente de la República es candidato nato para subir al siguiente escalafón. Y, así, se volvió norma no escrita. Esa es la razón principal por la cual hoy tenemos a varios anotados dentro del movimiento Honor Colorado, sector interno de la Asociación Nacional Republicana. Mas, por los motivos expuestos, la elección amerita un análisis desapasionado, a fin de evaluar la personalidad y los testimonios políticos de cada aspirante al momento de la elección. No existe un interés personal en este comentario, salvo la preocupación de que la repetida historia mantenga su ritmo invariable en el caso de que este precandidato en particular pase las dos vallas comiciales y, finalmente, recale en el Palacio de López”.
En ese mismo artículo, atendiendo a los nombres que se manejaban entonces (el ministro Juan Carlos Baruja, el diputado Raúl Latorre y el gobernador de Guairá, César Sosa), consideré que habría que evaluar otra alternativa con el siguiente argumento: “Alliana es eminentemente político, con experiencia acumulada en el manejo del Gobierno y las relaciones con la gente. Por tanto, deberá equilibrar su gestión con un técnico de evidentes soportes intelectuales, vocación popular e integridad profesional. Y si el técnico es, además, político, sería lo ideal. O, al revés. Y si no está obsesionado por la Presidencia y permite que los acontecimientos sigan su curso natural, mucho mejor”.
En las últimas semanas, algunos políticos han expresado el concepto de técnico en términos peyorativos, reduciéndolo a la categoría de alquilable, como si fuera alguien sin dignidad ni personalidad. Es aquí cuando el dedo de don Eligio Ayala vuelve a perforar la llaga en su libro Migraciones, escrito en 1915: “Para fabricar salchichas se requieren aptitudes especiales; para ser legislador o ministro en el Paraguay el talento y los conocimientos son superfluos. La preparación, el carácter, la honestidad a veces estorban. Valen más ciertas contorsiones y genuflexiones que veinte años de estudios, que la decencia y la probidad”. Buen provecho.
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