Cuauhtémoc Cárdenas: la rebeldía que no renunció a la democracia
Hay hombres que hacen historia por las victorias que consiguen, pero también por las confrontaciones que deciden evitar. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, fallecido este miércoles a los 92 años, pertenece a esa categoría. Fue un hombre que desafió al poder, encabezó una de las mayores movilizaciones políticas de nuestro tiempo y pudo haber llevado su inconformidad a extremos de consecuencias imprevisibles, particularmente después de la controvertida elección presidencial de 1988. Sin embargo, prefirió mantener abiertas las posibilidades de la transformación democrática mediante la organización ciudadana, la participación política y la construcción institucional. No renunció a su rebeldía, pero tampoco la convirtió en una invitación a fracturar al país. Ese es el Cárdenas que reconozco y admiro, no solamente por su trascendencia histórica, sino porque tuve el privilegio de conocerlo, tratarlo, recibir sus deferencias y disfrutar de su amistad.
Mi relación con Cuauhtémoc tuvo raíces anteriores a nuestros encuentros personales. Fue amigo de mi padre y también de don Rodolfo González Guevara, entrañable amigo mío, a quien conocí precisamente por la relación que mantenía con mi padre. Don Rodolfo fue un hombre de enorme cultura política, inteligencia y sabiduría, uno de esos personajes cuya conversación constituía una verdadera escuela y cuya generosidad intelectual dejaba huellas profundas en quienes teníamos la fortuna de escucharlos.
Desde muy joven tuve una especial inclinación por relacionarme con hombres experimentados, cultos y conocedores de la vida pública. Así ocurrió con don Rodolfo, con Gustavo Martínez Cabañas y con Raúl Salinas Lozano, entre otros personajes a quienes recuerdo con afecto y gratitud. No siempre coincidíamos en nuestras opiniones, pero justamente ahí radicaba buena parte del aprendizaje: escuchar, preguntar, contrastar ideas y comprender que la política exige conocimientos, sensibilidad histórica y capacidad para reconocer las razones de los demás.
Con don Rodolfo mi relación adquirió una dimensión especialmente entrañable durante los años en que fue embajador de México en España y yo tuve el privilegio de realizar mis estudios de doctorado en Derecho Administrativo en la Universidad Complutense de Madrid. Su amistad, orientación y generosidad intelectual representaron para mí una forma de protección y acompañamiento. Me distinguía con su afecto, compartía conmigo sus reflexiones y propiciaba encuentros con personalidades de la vida pública mexicana, entre ellas Cuauhtémoc Cárdenas.
Fue así como tuve oportunidad de conversar en distintas ocasiones con ambos, tanto en la Ciudad de México como en Madrid. Recuerdo especialmente aquellas charlas entre don Rodolfo, Cuauhtémoc y yo, en las que se abordaban asuntos políticos, institucionales y nacionales desde la experiencia de quienes habían participado directamente en acontecimientos relevantes de nuestra historia y desde las inquietudes de quien, como yo, deseaba seguir aprendiendo. No pretendo reconstruir literalmente conversaciones de hace décadas ni atribuirles expresiones que no conservo textualmente, pero aquellos encuentros enriquecieron mi formación y me permitieron apreciar de cerca a un hombre cuya trayectoria ocuparía un lugar fundamental en la democratización de México.
Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros destacados personajes impulsaron durante los años ochenta la Corriente Democrática dentro del PRI, cuestionando las prácticas autoritarias, el presidencialismo excesivo y los mecanismos cerrados de selección de candidatos. Don Rodolfo González Guevara compartió, desde su propia trayectoria política, importantes inquietudes democratizadoras. Aquellas expresiones críticas terminaron convirtiéndose en una ruptura con el régimen hegemónico y en el surgimiento de una alternativa política que transformaría profundamente la vida nacional.
La elección presidencial de 1988 constituye uno de los episodios más controvertidos de nuestra historia contemporánea. Cárdenas encabezó el Frente Democrático Nacional y enfrentó a Carlos Salinas de Gortari en unos comicios marcados por la célebre caída del sistema de cómputo, innumerables cuestionamientos y acusaciones de fraude que nunca han desaparecido de la memoria política mexicana. Salinas fue declarado vencedor oficialmente, pero Cárdenas y millones de ciudadanos sostuvieron que el resultado no reflejaba auténticamente la voluntad popular. La magnitud de las irregularidades y el resultado que habría surgido de una elección plenamente transparente siguen siendo materia de controversia histórica. No corresponde resolverla mediante afirmaciones categóricas que la documentación disponible no permite demostrar definitivamente, pero tampoco sería correcto minimizar los cuestionamientos que hicieron de aquella jornada un parteaguas.
Lo indiscutible es que Cárdenas consiguió una movilización ciudadana extraordinaria, mostró que el régimen podía ser desafiado electoralmente y abrió una etapa de transformación política que modificaría profundamente las condiciones de la competencia democrática en México.
Y aquí aparece una faceta que considero esencial de su personalidad política, acaso una de las más importantes para comprender su legado.
Cárdenas tenía detrás a multitudes inconformes, a sectores que se sentían despojados de su voluntad electoral y a ciudadanos dispuestos a acompañarlo en una resistencia de enorme intensidad. Pudo haber alentado una confrontación mucho más radical, incluso una rebelión de consecuencias impredecibles. Prefirió, sin embargo, mantener sus denuncias y exigencias dentro de una movilización política y social que no desembocara en una ruptura violenta de la convivencia nacional. No fue una aceptación resignada del resultado oficial ni una renuncia a sus convicciones. Continuó cuestionando al régimen, encabezó movilizaciones y organizó una nueva fuerza política, pero evitó conducir aquella inconformidad hacia un enfrentamiento que pudiera comprometer la estabilidad del país.
Esa determinación debe comprenderse desde la responsabilidad de quien sabía que encabezaba un movimiento de enormes dimensiones y que sus decisiones podían influir sobre el destino de millones de mexicanos. En una circunstancia cargada de indignación, frustración y apasionamiento, optó por mantener abierta una ruta de transformación política. No fue una decisión menor, y mucho menos una expresión de debilidad. Fue una manera de entender que la lucha democrática también exige responsabilidad histórica.
La fundación del Partido de la Revolución Democrática en 1989 representó una consecuencia institucional de aquella movilización. Cárdenas contribuyó a reunir corrientes de izquierda, movimientos sociales, sectores nacionalistas y expresiones progresistas que durante décadas habían carecido de una alternativa electoral suficientemente articulada. El PRD abrió espacios de participación, contribuyó al pluralismo político y ayudó a modificar el equilibrio de fuerzas del sistema mexicano.
En 1994 y 2000 volvió a contender por la Presidencia de la República. Las circunstancias fueron diferentes y las controversias no tuvieron la misma naturaleza ni intensidad que las de 1988, pero sostuvo sus proyectos políticos dentro de las reglas de la competencia electoral. Las tres campañas constituyen etapas distintas de una trayectoria marcada por el propósito de transformar al país mediante la participación ciudadana, aun cuando ello significara enfrentar derrotas, frustraciones y desacuerdos.
En 1997 había conseguido una victoria de enorme significado al convertirse en el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal elegido mediante voto popular. Aquel triunfo demostró que la izquierda podía acceder a responsabilidades ejecutivas mediante elecciones y gobernar desde las instituciones cuya transformación había reclamado durante años. Fue también un paso decisivo en el proceso de apertura política de la capital del país.
Sin embargo, precisamente porque reconozco la trascendencia histórica de Cuauhtémoc, considero necesario introducir una reflexión crítica sobre su conducción posterior del PRD.
Pienso que pudo haber ejercido un liderazgo más firme, constante y prolongado sobre aquella fuerza política. Su autoridad moral, su trayectoria y su enorme capacidad de convocatoria posiblemente le habrían permitido contener algunas de las disputas internas que terminaron desgastando al partido. En distintos momentos pareció preferir que las corrientes encontraran sus propios equilibrios, incluso cuando aquellas diferencias comenzaban a perjudicar el proyecto colectivo. Quizá habría sido conveniente que asumiera de manera más permanente el papel de gran conductor y orientador de la organización que había contribuido decisivamente a fundar.
Una de las diferencias fundamentales de Cuauhtémoc con Andrés Manuel López Obrador estuvo precisamente en sus respectivas concepciones del liderazgo y del ejercicio del poder. Ambos compartieron importantes etapas de lucha política y coincidencias ideológicas, pero sus caminos terminaron separándose. Cárdenas no siguió a López Obrador cuando éste decidió construir Morena como una nueva alternativa partidista, y tampoco convirtió su desacuerdo en una confrontación permanente. Conservó su independencia, mantuvo sus propias convicciones y dejó que cada quien asumiera las consecuencias de sus decisiones. Tal vez pudo haber ejercido mayor influencia para preservar la cohesión del perredismo y evitar que aquella fuerza política perdiera rumbo, identidad y capacidad de convocatoria.
En cierto sentido, mantuvo una distancia que contribuyó a que la dirigencia perredista conservara autonomía respecto del nuevo movimiento lopezobradorista, aunque tampoco asumió plenamente la tarea de reorganizar y fortalecer al partido que había fundado. Ahí encuentro una de las paradojas de su trayectoria: el hombre capaz de movilizar a millones de mexicanos y desafiar al régimen más poderoso de su tiempo parecía menos dispuesto a ejercer una conducción prolongada sobre las disputas internas de su propia organización.
La historia posterior del PRD permite preguntarse si una presencia más activa y constante de su fundador habría contribuido a modificar el destino de aquella organización. Es imposible saberlo. Los partidos son construcciones colectivas y sus aciertos y fracasos corresponden a muchos protagonistas. Pero tampoco debemos renunciar al análisis crítico por tratarse de un homenaje. Cuauhtémoc pudo haber hecho más para fortalecer la estructura partidista que surgió de aquella formidable movilización democrática, aunque también es cierto que difícilmente podía asumir indefinidamente la responsabilidad de resolver los conflictos y contradicciones de otros dirigentes.
Su comportamiento ante la elección presidencial de 2024 permite apreciar nuevamente esa independencia de criterio. Para entonces, el PRD participaba en una coalición con el PRI y el PAN, postulando a Xóchitl Gálvez. Cárdenas, que ya se había separado de la organización fundada por él, no se incorporó a aquel esfuerzo electoral. Tampoco regresó a la militancia ni a la conducción partidista. Manifestó públicamente que votaría por Claudia Sheinbaum, reconoció coincidencias con algunas de sus propuestas, particularmente en materia energética, pero se mantuvo al margen de la actividad proselitista.
Podría especularse sobre las razones de aquella determinación. Cuauhtémoc era un político experimentado, dotado de una extraordinaria sensibilidad para comprender las circunstancias nacionales y reconocer la fuerza de los movimientos sociales. Quizá advirtió las limitaciones de una oposición fragmentada y las dificultades de enfrentar electoralmente a un movimiento que llegaba fortalecido por el respaldo popular de López Obrador. Quizá pesaron más sus convicciones programáticas o acaso simplemente consideró que había llegado el momento de dejar que las nuevas generaciones asumieran sus propias responsabilidades. No corresponde atribuirle motivaciones que no expresó. Lo cierto es que tomó sus decisiones sin someterlas a las exigencias de quienes esperaban que respaldara automáticamente a un partido por haber sido su fundador o a determinados dirigentes por sus antiguas coincidencias.
En todo ello encuentro una característica que acompañó buena parte de su trayectoria: Cárdenas no entendía la lealtad política como una obligación de subordinación personal. Podía ser amigo de dirigentes con posiciones diferentes, reconocer coincidencias sin compartir proyectos completos y disentir sin necesidad de convertir cada diferencia en una ruptura irreconciliable. Esa actitud no estuvo exenta de costos y posiblemente contribuyó a que su influencia partidista fuera disminuyendo. Pero también le permitió conservar una personalidad política propia, independiente de los intereses circunstanciales de las organizaciones y de quienes ejercían el poder.
Sus decisiones pueden discutirse, como corresponde a cualquier figura pública. Algunas pudieron ser más acertadas que otras y ciertas omisiones quizá tuvieron consecuencias importantes para el futuro del PRD. Sin embargo, ninguna de esas consideraciones cancela su aportación fundamental a la democratización del país. Su trayectoria fue mucho más grande que las disputas partidistas de sus últimos años y su legado pertenece a la historia nacional, no exclusivamente a una corriente ideológica.
Con el transcurso de los años continué teniendo la oportunidad de encontrarme con él y de recibir deferencias que aprecio particularmente.
Hace aproximadamente doce o trece años aceptó una invitación de JALISCO EN PLENO, organización cívica plural, progresista y deliberadamente no masiva que fundamos un grupo de profesionistas, académicos y activistas sociales interesados en estudiar y discutir la realidad socioeconómica y sociopolítica de México. Nuestra intención era generar espacios de análisis, reflexión e intercambio de ideas entre personas con distintas experiencias y convicciones, pero con una inquietud compartida por el mejoramiento del país.
Cuauhtémoc aceptó reunirse con nosotros y nos ofreció una interesante charla sobre las circunstancias políticas y sociales de aquella época. No acudía a un mitin multitudinario ni a un acto destinado a obtener ventajas electorales. Era un encuentro entre ciudadanos interesados en escuchar a uno de los protagonistas de nuestra historia reciente y dialogar con él sobre los problemas nacionales. Aquella deferencia me pareció especialmente significativa porque demostraba su disposición a conversar con organizaciones cívicas que no representaban grandes estructuras electorales ni pretendían convertirse en instrumentos partidistas. JALISCO EN PLENO ha continuado realizando algunas actividades de información y análisis, y aquella visita permanece entre nuestros recuerdos más apreciados.
Hace aproximadamente cuatro años volvió a distinguirnos aceptando un desayuno de convivencia con un grupo reducido de los principales integrantes de la coordinación del Foro Plural Jalisco. Fue un encuentro agradable, de intercambio de impresiones y reflexiones, en el que pudimos conversar sin la rigidez de los discursos preparados ni los protocolos propios de los actos públicos. En otra ocasión tuvo una deferencia semejante con integrantes del consejo directivo y del consejo consultivo de CONFÍO en México. Y en múltiples oportunidades me obsequió la posibilidad de dialogar personalmente con él, en conversaciones cercanas que guardo entre mis recuerdos más valiosos.
Aquellos encuentros me permitieron confirmar algo que considero fundamental: la participación democrática no se agota en los partidos, las elecciones ni las grandes movilizaciones. También se construye en los espacios ciudadanos donde se estudian los problemas nacionales, se contrastan experiencias, se debaten propuestas y se buscan soluciones. Cárdenas comprendía la importancia de esas expresiones de la sociedad organizada y tenía disposición para escucharlas sin exigir coincidencias absolutas ni compromisos partidistas.
Por eso, cuando hoy se recuerda al candidato presidencial de 1988, al fundador del PRD, al gobernador de Michoacán, al primer jefe de Gobierno electo de la capital y al hijo del general Lázaro Cárdenas, considero igualmente importante recordar al hombre que sabía conversar, escuchar y mantener abiertos sus vínculos con distintos sectores de la sociedad.
Su fallecimiento invita también a reflexionar sobre el México que tenemos y el que todavía deseamos construir. La democracia no consiste solamente en ganar elecciones ni en alcanzar el poder. Implica reconocer que existen opiniones diferentes, garantizar que los ciudadanos puedan expresarlas libremente y aceptar que las instituciones deben servir a toda la sociedad, no exclusivamente a quienes temporalmente las gobiernan. La transformación política, por profunda que sea, necesita reglas, procedimientos, contrapesos y mecanismos que permitan procesar pacíficamente los desacuerdos. Cuando esas condiciones desaparecen, la inconformidad puede convertirse en violencia y los proyectos de cambio corren el riesgo de terminar reproduciendo aquello que originalmente combatían.
Cárdenas no fue un hombre conformista. Se rebeló contra prácticas autoritarias, desafió a un sistema aparentemente inconmovible y sostuvo durante décadas posiciones nacionalistas, democráticas y progresistas. Pero su rebeldía tuvo una característica que vale la pena rescatar: buscó convertirse en organización, participación y construcción de alternativas. Entendió que cuestionar al poder no necesariamente significa destruir las instituciones, sino también luchar para que funcionen mejor y respondan verdaderamente a la voluntad ciudadana.
No significa que todas sus decisiones hayan sido acertadas ni que su concepción de la democracia estuviera exenta de contradicciones. Hubo momentos en que pudo ser más firme y otros en los que quizá habría convenido que ejerciera mayor influencia sobre quienes pretendían continuar su proyecto. Tampoco todas las organizaciones que surgieron de su impulso estuvieron a la altura de las expectativas que despertaron. Pero esas consideraciones no disminuyen el reconocimiento que merece su trayectoria. Al contrario, permiten apreciarla en su verdadera dimensión humana e histórica, sin convertirlo en una figura intocable ni desconocer sus aportaciones fundamentales.
Guardo con enorme afecto las conversaciones que compartí con Cuauhtémoc y don Rodolfo González Guevara, tanto en México como en Madrid. Recuerdo también las lecciones de otros hombres de gran cultura y experiencia que contribuyeron a mi formación. Y agradezco sinceramente las deferencias que Cárdenas tuvo conmigo y con las organizaciones cívicas a las que he dedicado una parte importante de mi vida. Haberlo conocido, haber conversado con él y haber recibido su amistad constituye para mí un motivo de profundo orgullo.
Lo recuerdo como un hombre de convicciones, un demócrata, un patriota y un mexicano cuya contribución a la evolución política nacional merece reconocimiento y gratitud. A su familia expreso mi respeto y mis condolencias. A quienes compartieron sus luchas, mi reconocimiento. Y al ingeniero Cárdenas, mi agradecimiento por las conversaciones, por su generosidad y por la oportunidad de aprender de él.
Cuauhtémoc Cárdenas pudo haber tomado otros caminos. Pudo haber llevado su inconformidad de 1988 a una confrontación de consecuencias imprevisibles. Pudo haber ejercido un liderazgo más permanente sobre el PRD y quizá modificar el destino posterior de aquella organización. Pero su trayectoria debe juzgarse también por aquello que decidió preservar: la posibilidad de transformar a México sin destruir las bases de su convivencia democrática.
Su legado no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a quienes alguna vez militaron en los partidos que ayudó a construir. Forma parte de la historia de la apertura democrática mexicana y de las luchas que contribuyeron a que millones de ciudadanos pudieran participar en condiciones políticas distintas de las que prevalecían cuando comenzó su rebelión contra el régimen.
Ese es el Cárdenas que conocí, el que aprendí a apreciar y el que deseo conservar en mi memoria: el patriota que entendió que la rebeldía puede servir a la democracia y que la verdadera transformación necesita algo más que inconformidad, entusiasmo o fuerza política. Necesita principios, instituciones, tolerancia y responsabilidad histórica.
México le debe mucho a Cuauhtémoc Cárdenas. Y quienes tuvimos el privilegio de conocerlo tenemos, además, el deber de recordarlo con gratitud, afecto y orgullo.
Porque cambiar a México siempre será necesario. Pero saber luchar por cambiarlo sin romperlo es también una forma de grandeza política.
X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinió[email protected]
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