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30/10/2026 07:00

Bolsonaro: refugio para una dinastía

“Los dirigentes […] pronto se emancipan de la masa y se vuelven independientes de su control.”

Robert Michels

Comienzo por aclarar que yo no soy lulista y que si fuera brasileña, no habría votado por su proyecto para Brasil. Pero eso no me impide decir que Flávio Bolsonaro perdió la elección brasileña y encontró alojamiento en Estados Unidos con el objeto de poner a salvo, además de su libertad, el control familiar de la oposición.

Esa es en mi opinión la verdadera dimensión política de su llegada a Miami: impedir que la derrota permita a otros dirigentes de la derecha emanciparse del apellido. La patria puede esperar; la sucesión dinástica, por lo visto, requiere atención inmediata…

La secuencia merece recordarse. Su compromiso de quedarse a encabezar la oposición tuvo una vigencia bastante menor que el plan de vuelo… El domingo 25 de octubre perdió frente a Luiz Inácio Lula da Silva; el lunes sostuvo que permanecería en Brasil; el martes cruzó hacia Argentina y el miércoles 28 aterrizó con su esposa y sus dos hijas en Miami, después de una escala en Guayaquil. Viajó pese a una orden de Alexandre de Moraes que le prohibía abandonar el país y exigía entregar sus pasaportes.

Conviene precisar qué recibió en Estados Unidos: según el documento migratorio reportado por Folha, una autorización humanitaria de entrada y permanencia por un año. Eso NO equivale a asilo político concedido. El gobierno estadounidense anunció que otorgaría visas a la familia. La diferencia importa porque la hospitalidad de Donald Trump acredita una decisión de acogida, no demuestra que las investigaciones brasileñas sean persecución. Es decir, un permiso para entrar a Estados Unidos no es un certificado de inocencia.

Flávio es investigado por el gobierno de Da Silva por sospechas de lavado de dinero vinculadas con plataformas de apuestas y por el financiamiento de una película sobre su padre; él niega irregularidades. La Policía Federal informó que incumplió la entrega de documentos y que no existe registro de su salida por los controles brasileños. También aclaró que las restricciones de viaje, por sí solas, no equivalen a una orden de arresto.

En otras palabras, se puede examinar críticamente la actuación de Moraes sin convertir cada medida judicial en prueba de una dictadura. Para eso hacen falta hechos, no parentescos.

Ya instalado fuera, el candidato ensayó una presidencia por correspondencia. Las versiones de su carta pasaron de presentarlo como el verdadero presidente electo a llamarlo, finalmente, líder de Brasil. Se corrigió el membrete; sobrevivió la pretensión de hablar por encima del resultado. Además, agradeció a Trump y a Javier Milei. Al parecer, la soberanía, tan celosamente defendida durante las campañas, se vuelve bastante flexible cuando un gobierno extranjero abre la puerta de salida.

Y sostengo lo anterior porque a mí en lo personal me resulta bastante familiar el procedimiento. El próximo 20 de noviembre se cumplirán veinte años de la ceremonia en que López Obrador rindió protesta como presidente legítimo en el Zócalo. No son episodios idénticos, pero comparten una operación: construir una legitimidad personal que el cómputo electoral no pueda revocar. Así se conserva la obediencia de los seguidores y se eleva el precio de cualquier discrepancia interna ante lo que ha sido una derrota electoral que no se quiere reconocer. Bajo estos estándares, quien acepta el resultado deja de ser prudente y se vuelve traidor.

Por eso me parece insuficiente despachar el asunto como un berrinche. El desconocimiento puede ser también una estrategia de conservación del mando. Przeworski explicó que la democracia permite perder sin quedar excluido de futuras competencias. El caudillo invierte la fórmula: necesita proclamarse despojado para seguir siendo indispensable. Esa fórmula la siguió AMLO.

La organización de Bolsonaro, al igual que lo fue la de desde el 2005, podrá negociar cargos, presupuestos y leyes, siempre que no negocie la jubilación política del jefe. O de sus herederos.

Hay que retirar, además, un argumento que perjudica cualquier crítica seria: pasar de una ventaja en primera vuelta a una derrota en segunda no demuestra fraude. Cambian las alianzas, la participación y el destino de los votos de candidatos eliminados. El resultado oficial fue de 51.79% para Lula y 48.21% para Flávio: una diferencia superior a 4.4 millones de sufragios. La sorpresa del perdedor no sustituye la evidencia de una alteración.

La prórroga de la votación merece escrutinio sobre su fundamento, oportunidad y aplicación. Pero ambas campañas habían solicitado ampliaciones por dificultades de acceso, y el Proyecto Comprova reportó que los votos registrados después de las cinco de la tarde fueron 34,393. Esa cantidad no revierte una distancia de millones. Tampoco basta recordar que Cristiano Zanin, quien dictó la medida, fue abogado de Lula: hay que demostrar qué hizo ilegalmente y con qué efecto. De otro modo, la sospecha se vuelve un argumento imposible de refutar porque nunca acepta someterse a prueba.

El mismo criterio debe aplicarse a Lula. Sus condenas fueron anuladas por la incompetencia del tribunal de Curitiba y, en el caso del tríplex, el Supremo también reconoció la parcialidad de Sergio Moro. No fueron simples descuidos de oficina. Una anulación no constituye una absolución de fondo, pero tampoco autoriza a presentar como culpable a quien ya no tiene esas condenas válidas. Los adversarios del abuso judicial deberían ser los primeros en comprenderlo, incluso cuando el beneficiado les resulte detestable.

La clave de la carta aparece cuando Flávio se dirige a senadores, diputados y gobernadores a quienes recuerda que ayudó a elegir, anuncia que encabezará la oposición desde fuera y respalda a Rogério Marinho para presidir el Senado. Ahí está el programa político de Miami. Su Partido Liberal reconoció la victoria de Lula; él pretende conservar la autoridad sobre quienes tendrán que ejercer la oposición en Brasil. Perder la Presidencia no debería darle derecho a reservarse también el futuro de la derecha.

Mi lectura es que la acogida estadounidense le ofrece una ventaja para esa disputa: cercanía con Trump y una plataforma exterior desde la cual reclamar obediencia. El respaldo puede convertir su problema judicial en asunto diplomático y aumentar el costo de que sus antiguos aliados tomen distancia. Para Washington, además, conservar interlocución privilegiada con una figura que obtuvo casi sesenta millones de votos tiene utilidad política. No hace falta imaginar una conspiración para reconocer que la hospitalidad también produce influencia.

La contradicción alcanza a quienes, en cualquier extremo ideológico, exigen mano dura para los adversarios y comprensión humanitaria para los amigos. El asilo es una institución valiosa precisamente porque debe proteger frente a persecuciones reales, con independencia del color político. Degradarlo a servicio de auxilio entre dirigentes afines perjudica a quienes sí lo necesitan. Y aceptar sin examen el relato del huésped equivale a entregarle a su anfitrión la facultad de decidir qué justicia merece respeto en otro país. Cuidado. Atención.

Giro de la Perinola

Detrás del refugio hay, a mi juicio, una disputa por la propiedad de la oposición. Jair Bolsonaro cumple una condena por la trama golpista; su hijo perdió las urnas y pretende seguir administrando las lealtades. El desafío para la derecha brasileña será decidir si representa a sus electores o custodia los intereses de una familia. Porque una oposición capaz de ganar empieza por reconocer que puede perder. En cambio, una dinastía empieza por exigir que nadie la sustituya.

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