El cuarto motor: el turismo necesita una política de inversión a su medida
Basta con hacer una prueba. La próxima vez que escuchen a un economista, a un ministro o a un candidato hablar del futuro de la Argentina, cuenten cuántas veces aparece la palabra turismo. Van a oír Vaca Muerta, litio, cobre, el campo. El turismo, casi nunca.
Hace más de 40 años que trabajo en este sector. Sé lo que una posada con alma, un oficio vivo o una comunidad organizada pueden hacer por un pueblo. Quiero decirlo con claridad: también son desarrollo, del que deja buena huella. Y merecen reglas a su medida.
La energía, la minería y el agro sostienen buena parte de las divisas de nuestro país. El turismo no compite con ellos. Los complementa. Integra territorio, cultura y gente. Puntada a puntada, cose los puntos del mapa y los vuelve anfitriones.
Diversifica ingresos donde ya hay actividad y los distribuye adonde no llegan los grandes proyectos. Una estancia que recibe huéspedes sigue criando y sembrando. En Iberá, antiguas estancias ganaderas se convirtieron en reservas, y las comunidades vecinas hoy viven de quienes llegan a ver la fauna que volvió. Un pueblo minero que suma un circuito de montaña deja de depender de una sola fuente. Y en muchos parajes del interior, recibir visitantes genera trabajo y arraigo.
La cadena de valor del turismo es de las más extensas que existen: el transportista, la cocinera, el productor de quesos, la tejedora, el baqueano, el mecánico de la ruta. Retiene a los jóvenes en regiones con pocas alternativas. Y el gasto de cada extranjero que duerme en un pueblo del interior es una exportación que no sale por ningún puerto. En 2024, el turismo fue el sexto complejo exportador nacional: vendió más que la carne, el trigo o el oro.
En 2022, el turismo directo representó el 1,7% del PBI. Las industrias vinculadas, que también atienden a residentes, sumaron el 4,4% y 1,2 millones de empleos. La diferencia muestra cuántas actividades se entrelazan con el turismo. Medir su aporte exige mirar más allá del alojamiento: transporte, gastronomía, comercio, cultura y producción local forman parte de la economía que moviliza cada visitante. Necesitamos datos por destino y por temporada, que permitan conocer cuánto queda en cada comunidad y orientar mejor las inversiones. Lo que no se mide bien no se gestiona.
En 2025 el déficit turístico rondó los 7.200 millones de dólares: la diferencia entre lo que los argentinos gastamos afuera y lo que los extranjeros gastan acá. Esa sangría se discute como un problema cambiario. El tipo de cambio pesa, pero no lo explica todo: hace más de una década que recibimos la misma cantidad de turistas extranjeros, mientras el turismo mundial creció más de la mitad. Para el interior, ese déficit es una oportunidad: que una parte de los viajes al exterior se haga en casa, en escapadas a lo largo del año. Achicar esa brecha vale tanto como cualquier exportación nueva. Para eso hace falta oferta: camas, servicios, guías y experiencias donde todavía no existen.
Ahí aparece el problema de fondo. La oferta necesita inversión, y la inversión necesita reglas. El turismo está contemplado en el RIGI, que ofrece treinta años de estabilidad fiscal, aduanera y cambiaria. Pero su piso de inversión para el sector, de 200 millones de dólares por proyecto, queda lejos de la escala de una hostería en la Puna, que pone casi todo el capital al principio y lo recupera despacio. Como ella, la mayor parte del turismo del interior está hecha de pequeñas empresas, con poco acceso al crédito y escaso peso donde se decide la política económica. Son miles de personas que abren la puerta todas las mañanas.
Desregular es necesario, pero no suficiente. Abrir el juego sirve si hay jugadores. No pido subsidios. Pido un régimen adecuado a la escala y a los plazos del turismo de naturaleza y cultura del interior. Estabilidad de largo plazo. Financiamiento que acompañe los tiempos del sector. Y conectividad: rutas y caminos secundarios en buen estado, trenes de pasajeros, navegación por ríos y lagos, vuelos cortos en aviones chicos que unan destinos hoy aislados. Y lo básico: pueblos limpios y seguros, parques nacionales bien señalizados, pasos fronterizos ágiles.
Invertir, sin embargo, no basta. Desarrollar un destino nuevo exige planificación. Los diez principales destinos concentran el 91% de las pernoctaciones de turistas extranjeros en alojamientos registrados. El viajero argentino ya recorre un mapa mucho más amplio; el extranjero, todavía no. La Rioja, Catamarca y Formosa juntas no llegan al 1% de las pernoctaciones registradas. No les faltan paisajes ni cultura. Les falta infraestructura para recibir y conectividad para llegar.
Yo quiero muchos destinos con poca gente, no multitudes en pocos lugares. Esa visión tiene una condición: infraestructura, cuidado ambiental y participación local desde el comienzo, no después. Lo vi muchas veces. Hacer bien las cosas desde el inicio es mucho más sencillo que repararlas más tarde.
Ese desarrollo tiene que apoyarse en lo nuestro: los oficios, las comidas regionales, los productores, lo artesanal. Preservar un oficio es política productiva: economía de la experiencia, valor agregado con raíz. Según ONU Turismo, en 2024 recibimos casi tantos turistas como Brasil o Colombia, pero cada visitante dejó bastante menos. Con lo nuestro se atrae al viajero que buscamos, el que se queda más tiempo, recorre más, gasta en lo local, vuelve fuera de temporada y valora lo que encuentra.
La hospitalidad es nuestro mejor activo. Nos distingue y nos define. Hagamos de ella una vocación colectiva. Güiraldes la retrató en «Mi hospitalidad»: el huésped se lleva «el regalo de tu hermandad que mejora al hombre». Ese don también se forma en las aulas y en las escuelas de oficios, para tener guías y anfitriones que hablen otros idiomas sin dejar de hablar el propio. Cada uno, a su manera, cuenta el país.
Todavía tenemos la oportunidad de planificar gran parte del mapa antes de que la presión turística lo desborde. Es el momento de definir el modelo. Si el tema no entra en el discurso económico, el rumbo queda librado a la inercia. Y la inercia concentra. No alcanza con crecer. Hay que crecer con propósito: que cada viaje deje más de lo que se lleva.
A quienes diseñan la política económica y a los legisladores que deciden el futuro del RIGI les pido algo concreto: un régimen de inversión a la escala del interior, financiamiento de largo plazo y conectividad que lo integre. La próxima vez que enumeren los motores de la Argentina, agreguen uno más. Una posada, un oficio y una comunidad también construyen el país que viene.
Maita Barrenechea preside Pirqa y fundó La Promesa Argentina
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