Muerte en la carretera
1.España ha vivido ahora, por segunda vez en poco tiempo, la tragedia de la muerte en la carretera. Estoy como sonámbulo mientras lo rememoro, como si el cielo y la tierra, juntos, estuvieran dispuestos a conceder que no es verdad, que eso no ha pasado, que no han muerto estas personas que, en dos trenes sucesivos, dejaron de existir en medio de lo peor de la vida, que es la verdad de la muerte.
En este caso, en la carretera por la que andan los trenes. Estos ya no son como aquellos viejos cachivaches que, en otro tiempo, se exhibían como los juguetes en los que viajaban los viejos y los jóvenes que querían vivir como en las historias de Agatha Christie. Ahora son seres humanos los que cogen el tren en marcha para llegar cuanto antes a la nada o a la vida. Y cuando llegan a la nada quizá no saben a qué viaje se juntaron, qué vida los contempló en el último suspiro.
2. Esa especie de velocidad controlada por una lentitud que parecía de hierro, despertó en esta parte del siglo XXI, y lo hizo como le dio la gana. Convirtió la velocidad en el don desapacible de los viajes. Creíamos que íbamos a conducirnos como viajeros blindados y no éramos sino ilusos en la carretera, buscando que la siguiente parada fuera la nuestra. Hasta que despertábamos y todavía no era el otro mundo el que habíamos soñado. El otro mundo nunca se vio, o nos agarró durmiendo antes de decir, si acaso, ya llegamos. No llegamos, a veces no llegamos, estamos llegando, pero a veces tampoco llegamos.
3. Viajo con frecuencia, incluso hago algún viaje que me lleva a otros hemisferios… A Argentina, por ejemplo, donde fui por primera vez tratando de saber si era verdad que existía Borges, o si era cierto que aquello que llegó por primera a mi casa, que era un libro, era de veras un tango que me mandaban para que supiera cómo se sabía que cantar era aquello. Y la primera vez que fui a París creí que ya ese era el otro lugar del mundo que se podía tocar con las manos. Pero entonces aquel lugar era, con respecto a España, un paisaje libre del universo, al contrario que mi país, tan timorato, tan impuesto por Franco, tan ruin y, aunque tan cerca de todos nosotros, tan viejo y tan pobre… Era el tiempo de las cárceles, España vivía la tristeza de no saber de dónde venía aquella maldad que Franco convirtió en lo peor que hizo: matar.
París, pues, era el otro mundo al que quise asomarme casi a la vez que fui a México. Debo decir que, entonces, esos países del extranjero parecían hechos para que algún día España, por ejemplo, se pareciera al futuro. El futuro vino; todos lo vimos llegar; y ahora está casi a la vez que cualquier sitio. El futuro se rompe también como los trenes de España. Ahora, esta noche, estoy escribiendo como si esos trenes que cayeron viniendo a Madrid no hubieran salido aún de ningún sitio; pero no es verdad, salieron, ahora son parte del llanto azul de este país que se ha despertado con el aire roto, el que parece que no se rompe.
4. Ahora todo el mundo es igual, o casi; los países y los trenes se juntan, y esos trenes que se rompen en España, como ahora, se deshacen de igual manera en cualquier parte del mundo, pero que ahora, azotado por el azar y la pena, han chocado viniendo de Andalucía…
Es una tristeza enorme, terrible, que ha llenado de estupor a esta España que ya no es peregrina, como en aquella guerra, sino ávida de ser a la vez de aquí y de cualquier parte del mundo. Ahora es difícil para los que buscan aquí culpables que aparezcan de pronto quienes fueron los que rompieron el viaje. Vendrán los que lo digan, pero ni eso hará resucitar a los que ya no están para lamentarlo.
5. Ahora la tierra es más dañina que el cielo; peor que los peores sueños, difíciles como la maldad, ruines como lo que se rompe ante el estupor de las madres y de los niños. Escribo como si estuviera sonámbulo, escucho el latido del ordenador. Ahora sé que estoy escribiendo de la muerte.
Viajar ha llegado a ser el sucedáneo de una velocidad mentirosa que trata de explicarse, mientras la gente duerme o come, como sonámbulos de la carretera. Seres que dormitan o sueñan con la alegría que da la certeza de que vas a llegar, de que ya estás llegando, de que ya llegaste.
Hace nada tuve ese sueño. Estaba llegando, hasta que sentí que no era sueño sino el tren el que decía que quizá se iba a romper en cualquier momento, que yo lo vería, y que luego yo no estaría, ni habría nadie en las calles ni en los pueblos, sino una especie de adiós a todo esto, como en las novelas.
Eso no pasó, pero ahora ha pasado, han pasado un tren y otro tren, hicieron el viaje que se rompería, y ahora ahí estoy contando lo que, en este tiempo, esta misma semana, de pronto fue la sangre y fue el dolor el que se impuso en un universo que se parece, en este tiempo, a las muertes que nos acechan antes de que le digamos al tren por aquí no.
6. Cada vez que la velocidad es mayor que la voluntad de sus raíles, los trenes se han hecho cada vez más diluidos, capaces de romperse dejando atrás muertes y llantos y tristeza. Ahora el tren que llevaba a Madrid a los que venían de Sevilla equivocó el futuro. Los que lo vieron romperse regresaron después a donde ya no hay sino lágrimas o desazón.
Los trenes viajan ordenados por quienes los impulsan. Éstos son seres humanos que a veces resultan incapaces de poner en su sitio esos cachivaches en los que confiamos como si fueran más que chatarra.
7. Ahora se puede decir: los malditos trenes que, en poco tiempo, han llevado a este país confiado al dolor y a la muerte de cientos de ciudadanos, pasarán a la historia y alguien, en cualquier sitio de España o del mundo, dirá que eso ya pasó, que seguramente lo que sucedió formaba parte de lo posible, y ocurrirá otra vez y otra vez, y se quedarán los pájaros cantando mientras el otro, el otro tren, regresa insomne a lo que, quizá entonces, sea música o alegría. Mientras, ahora, yo estoy llorando.
8. Otra vez Andalucía. Estuve allí dos veces esta semana, y en las dos no encontré nada que me llamara la atención: desde Málaga a Madrid, desde Madrid a Córdoba, esos viajes parecían de pronto trenes tranquilos en los que sólo se escuchaba el rumor que a veces rompían los transeúntes con el sonido de sus carcajadas. Hace ocho meses fue en Adamuz, viniendo de Andalucía, y ahora, este último miércoles, ha sido cerca del mismo lugar.
Como una maldición, otra vez la muerte en la carretera veloz que se rompe como si fuera de aire en medio de un universo que sólo se puede atajar gracias a la casualidad.
9. Escribo horas después de este suceso. Es una maldición que de pronto atrae lo que en el pasado de los trenes era una maldición que de tiempo en tiempo atraía a la mala suerte.
Que haya tan seguidos hechos como estos en un país que durante años vivió la alegría de los nuevos trenes que nacieron en Sevilla y proliferaron por gran parte de la España, es una manera de avisar, aquí y en todas partes, que el cielo también está siempre disponible para sucumbir al último suspiro de los trenes.
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