Redefinir los límites del compromiso social
“Cada uno a lo suyo”. Es el mandato predominante, explícito o implícito de un individualismo que persigue un funcionamiento social ilusorio. Un ideal focalizado en lo propio: desde una misión particular, una responsabilidad determinada o una visión de éxito que, en todos los casos, elude la pregunta por lo nuestro, por lo común. Como si cada quien, ocupándose de sus asuntos en el marco de la ley, contribuyera necesariamente a resolver los problemas de la sociedad.
Sin embargo, los desafíos actuales, intrincados y multidimensionales, demuestran lo contrario. La policrisis contemporánea, que abarca desde la erosión democrática y la polarización hasta la desigualdad estructural, la emergencia climática y las tensiones geopolíticas, no puede resolverse por la suma de contribuciones individuales. Son problemas de tal magnitud y con tantas ramificaciones que desbordan las responsabilidades formales y la capacidad de los gobiernos.
Ante este panorama, se abren dos caminos: la resignación y esperar en todo caso que los escenarios distópicos nos afecten lo menos posible, o hacer algo distinto. Y cualquier alternativa real exige, indefectiblemente, expandir responsabilidades, convocar instituciones y alinear esfuerzos. Exige, en definitiva, redefinir los límites.
Para lograrlo, debemos primero revisar la influencia de los mandatos culturales. Si respondemos ante estos avatares con un “¿y yo qué tengo que ver?”, caemos en el cinismo o en el repliegue sobre nosotros mismos. No advertimos ninguna interpelación. Ninguna movilización del espíritu. Necesitamos preguntarnos qué principios queremos refundar, qué nuevo contrato social y qué imaginación moral hacen falta para romper la inercia del “cada uno a lo suyo”. No alcanza con reivindicar la buena ciudadanía, el cumplimiento de las obligaciones, ni siquiera la virtud en el ejercicio de las propias responsabilidades. Mientras esos compromisos permanezcan en la unilateralidad sin arraigarse en un nosotros más amplio, seguiremos protagonizando un simulacro: podremos encontrar sentidos particulares para nuestras vidas, pero difícilmente construiremos las condiciones para una convivencia más justa, inclusiva y próspera.
¿Qué valores operan en las instituciones y qué grado de coherencia ejercemos en su seno? ¿Hasta donde nos atrevemos a incorporar la complejidad para pensar el mundo (o nuestros territorios) orientando las propias capacidades en favor del conjunto? Estos interrogantes no deberían limitarse a quienes deciden dedicarse al bien común a través de la política. Deberían ser parte esencial de la formación de la persona, en cada etapa de su vida, ya sea que termine siendo un emprendedor, un streamer, un académico o un líder social.
Paradójicamente, mientras los grandes desafíos del desarrollo exigen cada vez más integración de saberes y disciplinas, nuestro diseño institucional sigue atrapado en la lógica de los compartimentos estancos. Quienes trabajamos en una corporación, una asociación civil, una entidad pública o una universidad, ¿no nos sentimos, acaso, empujados, ante todo, por los objetivos particulares de nuestra propia organización? Es cierto que nadie construye acabadamente su identidad sin comprender para qué existe. Pero también es cierto que ese propósito, por legítimo que sea, no agota su razón de ser. Somos parte de algo más grande. Y el modo en que respondemos a esa realidad dice tanto de quiénes somos como aquello que elegimos ignorar.
Al mismo tiempo, valoramos la colaboración. Es un concepto políticamente correcto. Está bien visto abrir mesas de diálogo, hablar de articulación multisectorial y de construcción de consensos. Coincidimos en que los problemas complejos exigen alinear esfuerzos, capacidades y recursos entre múltiples actores. Pero ¿contamos con estrategias e incentivos reales para que lo transdisciplinario y lo interinstitucional tengan un lugar tan relevante como el interés propio?
Hace poco fui invitado a sumarme a una “escuela de diálogo”. No a una escuela de negocios ni a una estructura académica convencional, sino a un nuevo ágora a la manera de la antigua Grecia. Un ámbito capaz de formar y promover encuentros para la interdependencia. ¿Será esta una apuesta para descubrir, al fin, lo nuestro, la reciprocidad y la riqueza de aquello que no es ni tuyo ni mío?
También participé recientemente en una conferencia global de filantropía en Montreal, junto a referentes de América Latina y el Caribe, con quienes compartimos una conclusión incómoda: la acción colectiva es costosa y, muchas veces, penalizada por los propios sistemas institucionales. Se nos demanda articulación y diálogo, pero somos evaluados por resultados que no contemplan esa construcción. Así, las experiencias más transformadoras terminan dependiendo de equipos que sostienen la tarea sobre sus espaldas e invierten tiempo personal y un esfuerzo desproporcionado en tender puentes. En síntesis, pretendemos resolver problemas colectivos con estructuras que solo dan lugar a objetivos particulares e inmediatos.
Redefinir los límites es un llamado a repensar los bordes de nuestras organizaciones y nuestros propósitos para una acción colectiva conducente. Reunir lo que tiende a expresarse por carriles paralelos: lo público y lo privado, la innovación y la ética, el crecimiento económico y el bienestar general, la responsabilidad institucional y el compromiso colectivo. También implica revisar los supuestos desde los cuales operamos y preguntarnos, finalmente, al servicio de quién y para qué hacemos lo que hacemos. Probablemente el desafío de nuestro tiempo sea evitar que nuestras organizaciones queden atrapadas en la inercia de sus propios mandatos y agendas, para reconocerse parte de un proyecto común.
*) El autor es director ejecutivo del Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE)
Director ejecutivo, Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE)
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