Jorge Fernández Díaz: “A mí siempre me aburrió ser una sola persona”
Un candidato presidencial que huye de su país, un avión privado, una frontera atravesada de noche y sospechas de operaciones de inteligencia. La reciente salida de Flávio Bolsonaro de Brasil, a través de la Argentina, parece una escena de una novela de espionaje. Y bien podría haber formado parte de El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil, el nuevo libro de Jorge Fernández Díaz. Como dice el propio autor, “la realidad trabaja para Remil”.
Y no es casualidad. Hombre de la casa, columnista de LA NACION, periodista de investigación, escritor, ganador del Premio Nadal, miembro de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la Real Academia Española, Fernández Díaz lleva décadas observando los mecanismos del poder y aquello que ocurre detrás de escena. Ese conocimiento alimenta una saga en la que la actualidad y la ficción se cruzan constantemente.
El autor abre la cocina de su proceso creativo: cómo nacen sus personajes, cuánto hay de realidad en sus historias y de qué manera transforma los acontecimientos políticos en literatura. También reflexiona sobre los límites de ambos oficios: mientras el periodismo solo puede publicar aquello que logra probar, la ficción permite imaginar las conversaciones, los secretos y las motivaciones que permanecen ocultos. Un recorrido por el universo de los espías, la escritura y ese territorio donde la realidad, muchas veces, supera a la imaginación.
-Quiero empezar por la aparición de Arturo Pérez-Reverte en tu nueva novela, El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil. Se trata de una persona real, muy conocida y, además, amigo tuyo. ¿Te resultó difícil convertirlo en un personaje de ficción?
-Me pareció una forma de homenajear a alguien que viene a la Argentina desde hace unos 30 años y que es una figura muy importante de las letras. Arturo ha protagonizado encuentros extraordinarios en Buenos Aires, tiene muchísimos lectores como novelista y columnista, y es uno de esos personajes que, como Sabina o Serrat, vienen a nuestro país y terminan siendo adoptados por los argentinos.
También quería mostrar a Remil en una situación diferente de la trilogía anterior. Cada vez que cambia un gobierno, Remil y Cálgaris, que se dedican al espionaje político, quedan en una especie de limbo hasta que se define su futuro.
Son personajes que espían periodistas, protegen a algunos dirigentes y destruyen a otros. Es decir, hacen lo que ciertos servicios de inteligencia argentinos han hecho desde siempre.
Me interesaba situarlos en ese limbo, al comienzo del gobierno libertario, cuando alguien les encarga custodiar discretamente a Pérez-Reverte durante una visita a la Argentina porque ha recibido una amenaza de muerte. No voy a revelar de dónde viene esa amenaza.
Además, se dio una coincidencia: Arturo había sido noticia por un tuit durante el Mundial, que provocó una reacción muy fuerte. Yo salí a defenderlo y él después escribió sobre el episodio. De alguna manera, ya estaba involuntariamente en la agenda argentina.
Cuando leyó el primer capítulo, se divirtió muchísimo y me propuso escribir un epílogo.
-Vamos a dejar ese epílogo como sorpresa. Pero entre ustedes existe una larga historia de guiños literarios. Pérez-Reverte te incluyó en El asedio como Jorge Fernández, un cuchillero.
-Sí. Y yo lo incluí en una novela anterior, El dilema de los próceres. Además, en una próxima novela de Arturo aparece un barco que se llama Remil.
Son bromas literarias que nos hacemos desde hace años. Tenemos una amistad muy larga.
-¿Cómo surgen esos intercambios? ¿Se reúnen en Buenos Aires o Madrid, toman un vino y empiezan a imaginar personajes?
-No, son sorpresas que nos hacemos mutuamente. Pero esta vez Arturo tiene un papel mucho más importante: aparece como él mismo, aunque convertido en un personaje de ficción. Es Pérez-Reverte en Buenos Aires, amenazado de muerte y protegido por dos espías.
Ese fue uno de los puntos de partida. Porque, en realidad, yo no tenía claro que Remil tuviera que volver. Después de la trilogía había escrito Cora, una novela de detectives sobre intrigas amorosas, y después gané el Premio Nadal con un libro sobre mi padre.
Estaba bastante alejado de ese universo. Hasta que sucedió algo curioso. El año pasado, una amiga abogada me invitó a dar una charla sobre política ante unos 110 abogados muy importantes de la Argentina. Yo detesto dar charlas políticas, pero acepté.
Hablé sobre Milei y los problemas del país. Cuando llegó el momento de las preguntas, en lugar de consultarme sobre la coyuntura, empezaron a preguntarme qué estaban haciendo Remil y Cálgaris bajo el gobierno libertario. Querían saber si seguían trabajando para los servicios de inteligencia, si habían sido desplazados o si estaban involucrados en las operaciones del nuevo gobierno.
Uno de ellos me preguntó directamente: “¿Qué están haciendo estos dos agentes que cometieron tropelías bajo todos los gobiernos? ¿Siguen trabajando o Milei los echó?”.
Volví a mi casa pensando en eso y llamé a mi editor. Le conté lo que había pasado y le dije que me habían dejado una espina clavada. ¿Qué estarían haciendo esos personajes?
Entonces imaginé que una agencia privada de seguridad e inteligencia vinculada a la CIA decidía contratarlos. Es una práctica que tiene antecedentes en muchos países: agencias que trabajan con antiguos agentes y realizan operaciones que los gobiernos no pueden ejecutar directamente.
En la novela, esa organización incorpora a Remil y Cálgaris para proteger a Milei de sí mismo. Los norteamericanos dicen algo así como: “Pusimos mucho dinero en la Argentina. Este es un gobierno que se pega tiros en los pies y queremos protegerlo, aunque no se deje”. Esa fue la idea que terminó poniendo en marcha la novela.
-Es interesante porque el libro está atravesado por la coyuntura política, pero sin necesidad de mencionar constantemente nombres y apellidos. Hay operaciones, funcionarios, agentes y maniobras que remiten a situaciones reconocibles. Incluso lo que ocurrió con el caso de Bolsonaro, con movimientos de inteligencia, funcionarios de distintos países y una campaña de desinformación, parece una escena que podría haber estado en la novela. ¿Cuánto de lo que escribís es imaginación y cuánto surge de la realidad?
-Hoy me llamó mi editor y me dijo: “¿Te das cuenta de lo que nos perdimos? Remil y Cálgaris tendrían que haber participado en una operación para sacar del país a un candidato presidencial amigo que teme terminar preso”.
La realidad trabaja para Remil. Pero ahí aparece algo que me interesa mucho como escritor: el procedimiento literario.
Si yo pudiera imaginar de manera verosímil, con los conocimientos que tengo sobre ese mundo, qué ocurrió en la intimidad de una operación como esa, probablemente vos querrías leerlo.
El periodismo puede investigar y reconstruir muchos hechos, pero difícilmente llegue a conocer por completo la intimidad del lado B de la política.
La literatura, al menos la que yo practico, combina el conocimiento de ese oficio con la imaginación. Y eso permite contar lo que el periodismo muchas veces no puede alcanzar.
Nunca había escrito una novela tan pegada a la actualidad. Está construida prácticamente al ras de los acontecimientos. Podría decirse que es un año de Milei y un año de Remil.
La novela alude a situaciones que reconocemos de la realidad, aunque ningún personaje ni ninguna circunstancia sea una representación literal.
-Y hablando de Remil, ¿por qué creés que los servicios de inteligencia en la Argentina han servido tantas veces a intereses particulares en lugar de proteger la seguridad del Estado?
-Por dinero, por costumbre, por corrupción política, por las deformaciones del Estado. Por muchas razones. No ocurre de la misma manera en todos los países. Hay lugares donde los servicios de inteligencia están más regulados, aunque también se cometen abusos gravísimos, incluso crímenes de guerra que pocas veces terminan siendo juzgados.
Mi intención siempre fue construir un policial absolutamente creíble. En la Argentina no sería verosímil inventar un espía que se dedica a infiltrarse en una potencia extranjera o que salta en paracaídas para cumplir una misión espectacular.
Nuestros espías son diferentes. Tienen sus propios códigos, intereses y formas de actuar. Y como novelista intento comprender la lógica de Remil, aunque haga cosas que van en contra de mis principios. Eso genera algo perturbador: el lector termina sintiendo empatía por alguien que está haciendo un desastre.
-Es algo que Patricia Highsmith conseguía extraordinariamente bien: terminabas simpatizando con un personaje moralmente cuestionable. Y con Remil pasa lo mismo. Es un hijo de la gran…
-Pero es nuestro Remil. Y además hay otros peores.
Remil tiene un código propio y una mirada humorística, muchas veces sarcástica, sobre lo que ocurre a su alrededor.
En esta novela aparece una cuestión que me interesaba especialmente: cómo quienes llegaron al poder prometiendo luchar contra la casta terminan rodeados de personajes que vienen de esa misma casta. Hay oportunistas que hasta hace cinco minutos cantaban la marcha peronista y ahora se presentan como libertarios de la primera hora, expertos en Hayek y en las ideas liberales.
También aparecen personajes que antes participaban de negocios irregulares y siguen haciéndolo ahora. En definitiva, el sistema continúa funcionando de manera parecida bajo gobiernos diferentes. Siguen existiendo los negocios, los oportunistas y las operaciones en las sombras. Cuando se caen los discursos y las máscaras, queda al descubierto ese mundo.
Con una particularidad: Milei no llegó al poder acompañado por un partido tradicional. Su gobierno comenzó con un grupo político muy heterogéneo, con figuras provenientes del massismo, el apoyo del propio Sergio Massa y personajes de procedencias muy distintas. En ese universo también hay oportunistas que siguen reproduciendo viejas prácticas.
Muchos de esos hechos probablemente tarden en investigarse o juzgarse, porque sabemos lo difícil que resulta que la Justicia avance contra quienes están en el poder.
Me interesaba mostrar esa galería de personajes: corruptos, infiltrados, topos, operadores que trabajan para la oposición o incluso para otros países.
En la novela, Remil y Cálgaris reciben recursos y presupuesto para realizar tareas de inteligencia. Cuando empiezan a investigar el funcionamiento del Estado, descubren personajes y situaciones inquietantes.
-Maca, Palma, el Salteño, Cálgaris y Remil tienen personalidades muy definidas. Son personajes consistentes, reconocibles. ¿Cómo los construís?
-Los empecé a construir para El puñal, la primera novela de la saga. Los pensé mucho y los discutí largamente con mi mujer, Verónica. Siempre conversamos sobre los personajes para definirlos bien y evitar que se parezcan demasiado entre sí.
Después fueron creciendo a lo largo de las novelas. Hoy tienen una identidad tan marcada que muchas veces no hace falta describirlos demasiado: el lector ya sabe quiénes son.
En este libro, Cálgaris tiene un protagonismo especial porque hay mucho trabajo de análisis e inteligencia. A mí me fascina ese mundo. Tengo una especie de tertulia con antiguos espías y detectives. Son personas que trabajaron en inteligencia criminal, que recibieron formación especializada o que incluso enseñaron en escuelas de inteligencia.
Como periodista, nunca me acerco a los servicios de inteligencia para conseguir información destinada a mis investigaciones. Siempre me pareció una relación tóxica, porque nunca sabés con certeza qué intereses hay detrás de lo que te cuentan.
Pero a lo largo de los años desarrollé vínculos con personas que conocen ese universo. Nos reunimos a comer o a tomar un café y, en esas conversaciones, no soy periodista: soy novelista. A veces, un gesto, una forma de hablar o la descripción de un procedimiento me sirven para imaginar cómo funcionan las operaciones de inteligencia. Esas experiencias son una gran fuente de inspiración para construir personajes y situaciones ficticias.
Y me ha pasado muchas veces que periodistas como vos me llaman después de leer alguna escena y me dicen: “Esto que imaginaste ya ocurrió”.
-Recuerdo que un domingo al mediodía te llamé cuando estabas por sentarte a comer con tu familia porque había leído uno de los capítulos. Empezamos a conversar sobre casos concretos que ambos conocíamos. Es como llevar al papel situaciones que el periodismo de investigación difícilmente podría reconstruir, porque nunca vamos a tener acceso a determinadas conversaciones privadas.
-El periodismo tiene un límite, y está bien que lo tenga: el contrato con el lector consiste en publicar solamente aquello que podemos probar.
La literatura de ficción permite ir más allá. Podemos imaginar qué ocurrió detrás de una conversación, qué pensaban los protagonistas o cómo se desarrolló una operación que nunca llegó a conocerse públicamente.
Borges y Hemingway, que no se llevaban precisamente bien en términos literarios, coincidían en algo: el periodismo y la literatura utilizan herramientas similares, y un escritor debería ser capaz de abandonar el oficio periodístico a tiempo. Borges reconocía que él no había podido hacerlo.
En mi caso, tampoco pude abandonar ninguna de las dos vocaciones. Pero, a diferencia de esa idea, yo dejo que se relacionen y se alimenten mutuamente. Trato de escribir periodismo con estilo, sin introducir jamás ficción en lo que presento como información.
Y, al mismo tiempo, utilizo todo lo que el periodismo me enseñó sobre las personas, el poder y la sociedad para construir mis novelas. Mis personajes son, de alguna manera, el otro lado del espejo de la realidad.
-¿Y cómo es tu proceso de escritura? ¿Tenés un horario y un lugar determinados para sentarte a trabajar o escribís cuando encontrás tiempo?
-Depende del momento. Hay etapas que requieren una dedicación mucho más intensa.
Cuando empiezo una novela, y prácticamente hasta llegar a la mitad, necesito estar trabajando sobre ella de manera casi permanente. Es un período en el que hay que mantenerse muy concentrado en la historia. Después tuve que interrumpir la escritura por algunos viajes, pero hay momentos en los que estoy tan involucrado con una novela que no puedo dormir. Me acuesto y sueño que estoy escribiendo. Entonces me levanto y sigo trabajando, día tras día.
Por supuesto, tengo que compatibilizarlo con mi otra profesión. Todas las semanas debo escribir una columna, preparar el programa de radio y seguir trabajando como periodista. No soy un escritor que puede retirarse a una cabaña en la montaña y dedicarse exclusivamente a una novela.
De hecho, creo que ya no sabría escribir así. Muchas de mis novelas las escribí en la redacción de La Nación. Hubo una época en la que llegaba a las once de la mañana y me iba a medianoche. Aprovechaba los tiempos muertos para escribir. Me acostumbré a trabajar en las circunstancias que se presentan.
-¿Cuánto tachás?
-Tacho muchísimo. Y trato de escribir cada vez de manera más condensada.
Creo que los tiempos de lectura actuales son muy diferentes de los de hace veinte, treinta o sesenta años. Seguir escribiendo como se escribía hace seis décadas me parece un error.
Hay dos recursos que debemos administrar con cuidado: el tiempo del lector y el papel. Es necesario escribir de manera más condensada y respetar el tiempo de quien nos lee.
En ese sentido, Borges es un gran maestro. Su principio de condensación le permitía contar una biografía entera en tres páginas.
-Cada cuento de Borges podría ser una novela.
-Exactamente. Y cada ensayo podría convertirse en un tratado. Ese principio de condensación me parece especialmente valioso para nuestra época.
Por otra parte, habitualmente ocurre que alguien escribe una novela, Netflix o HBO compra los derechos, la fragmenta, la modifica y la convierte en una serie.
Yo quise hacer el recorrido inverso: tomar el formato de las series y combinarlo con el principio de condensación para experimentar con una novela popular y política.
Por eso, cuando leés este libro, tenés la sensación de estar viendo una serie.
-Por momentos me hizo acordar al folletín, a esas historias que ofrecían una nueva aventura cada semana.
-Es que la serie es el folletín de nuestros tiempos. Creo que hoy es el formato narrativo dominante. La novela lo fue durante los siglos XIX y XX, pero actualmente buena parte del talento narrativo está concentrado en las series.
Sé que es una afirmación polémica, pero las series absorbieron a muchos de los grandes talentos del cine y, en parte, también de la literatura. Me interesaba experimentar con ese lenguaje contemporáneo y trasladarlo al formato de una novela.
-Para cerrar esta parte sobre tu proceso creativo, cuando te sentaste a escribir, ¿ya sabías cómo iba a empezar la historia y hacia dónde querías llevarla?
-Sí, aunque hay distintas maneras de trabajar. Yo diría que existen tres clases de escritores. Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo, es un navegante solitario que planifica absolutamente todo. Investiga, toma notas y define el recorrido completo antes de escribir la primera línea. Sabe de dónde parte y adónde quiere llegar, y prácticamente no modifica ese itinerario.
En el extremo opuesto estaba su gran amigo Javier Marías, lamentablemente fallecido, que improvisaba página a página. Yo hice algo parecido con Marcial, pero habitualmente trabajo de una manera intermedia: planifico una parte de la historia y dejo espacio para que aparezcan cosas inesperadas.
Por ejemplo, este año me invitaron a participar de un crucero literario que recorrió Italia, Malta y Grecia. Todos los días, a las seis de la tarde, daba charlas sobre literatura, la historia de la novela y Borges, entre otros temas. Era la primera vez que participaba de una experiencia así. Antes lo había hecho Alberto Manguel.
Mientras viajaba, pensaba que tenía que aprovechar esa experiencia para una historia de Remil. Y efectivamente, en la novela hay una parte que transcurre en un crucero parecido.
Muchas veces siento que la realidad trabaja para Remil. Todavía recibo el diario en papel y voy guardando noticias que podrían servir para el personaje. Después descarto casi todo y me quedo con algunas ideas.
Pero todos los días encuentro dos o tres situaciones que podrían formar parte de una novela de Remil. Es impresionante lo conectado que está este género con la actualidad.
-¿Cuánto hay de Remil en vos?
-Pérez-Reverte tiene una teoría: nadie puede poner en la literatura algo que no lleva dentro. Y creo que Remil tiene algo mío.
A veces algunos críticos me dicen que prefieren mis novelas más personales. Se refieren a Mamá, El secreto de Marcial y otros libros de ese tipo.
Pero estas novelas también son profundamente personales. Cuando tenía catorce años quería ser detective o espía. Por supuesto, no lo fui, pero después me convertí en periodista y, durante una etapa de mi carrera, sentí que estaba bastante cerca de esa vocación.
Trabajé diez años como cronista policial. Estaba todo el tiempo en la calle, investigaba casos, entraba en las morgues y conocía de cerca ese mundo.
Al mismo tiempo, leía las grandes novelas policiales de la literatura universal. Era joven y tenía la posibilidad de vivir, de alguna manera, aquello que estaba leyendo. Fue una combinación extraordinaria.
Además, en esa época tenía una coraza durísima. Era casi insensible frente a ciertas situaciones, como un cirujano. Con los años esa dureza se fue modificando.
Pero aquella vocación inicial permaneció, aunque de una manera idealizada. Si de chico hubiera soñado con ser astronauta, probablemente hoy estaría escribiendo ciencia ficción espacial.
En cambio, escribo novelas de detectives y espías porque están vinculadas con mis primeras lecturas, mis fantasías infantiles y aquello que quería ser. Por eso considero que son libros muy personales.
Claro que los detectives y espías argentinos no se parecen a los personajes norteamericanos ni a los grandes modelos de la literatura de espionaje, como los de John le Carré.
Son personajes de nuestro país, con sus propias características. Incluso algunos integrantes del mundo de la inteligencia me han hecho llegar su identificación con esas historias. Saben que soy un escritor que se nutre de la realidad para construir ficción, no para participar de operaciones de ningún tipo.
-¿Y el viaje a las Islas Malvinas fue algo que buscaste para la novela o una experiencia que después decidiste aprovechar? Porque viajaste a las islas, estuviste en el cementerio de Darwin y, sin anticipar demasiado, hay algo de todo eso que aparece en el libro. ¿Lo fuiste a buscar o surgió después?
-No, lo aproveché. Malvinas es algo muy personal para mí. Casi todos mis libros tienen alguna referencia a las islas. Es la guerra de mi generación. Estuve a cinco minutos de ir y conozco a muchísimos excombatientes.
Me invitaron a viajar y acepté. Como decía Hemingway, cuando uno ha vivido con los ojos abiertos, todo puede convertirse en literatura.
Durante ese viaje empecé a imaginar un misterio relacionado con alguien que estuvo muy cerca del Estado y con una cuestión inquietante que ya había aparecido en la novela: la posibilidad de que, después de la guerra de Malvinas, haya continuado una especie de Guerra Fría entre la Argentina y el Reino Unido.
Es lógico pensar que la actividad de inteligencia no terminó con el conflicto bélico. Hay historias sobre operaciones británicas destinadas a debilitar las capacidades militares argentinas, especialmente en lo relacionado con la protección del mar y las fronteras. Algunas tienen sustento y otras entran en el terreno de las teorías conspirativas.
-Para quienes todavía no conocen la saga, hay que recordar que Remil es veterano de Malvinas y combatió en Monte Longdon. Esa experiencia explica buena parte de su personalidad.
-Sí. Y además es un personaje que está envejeciendo. Cada vez se siente más viejo.
-Creo que es la primera vez que mencionás que le duelen las rodillas.
-A pesar de su entrenamiento en fuerzas especiales, empieza a sentir que está demasiado viejo para ciertas cosas.
Pero, más allá de eso, estas son novelas políticas. Algunos lectores y amigos escritores me dicen que esperan que algún día escriba la gran novela política argentina.
Yo creo que probablemente nunca lo haga, porque me divierte mucho más contar estas historias. En todo caso, mi gran novela política son todos los libros de Remil juntos. Ahí está lo que pude observar del funcionamiento del poder, de su lado B y de sus relaciones con las mafias, el narcotráfico y otros sectores que operan en las sombras. Esos cuatro libros conforman mi mirada sobre la política argentina, pero siempre atravesada por el espionaje y el misterio.
Y hay algo que quiero reivindicar: la diversión en la literatura. El placer de escribir una historia irónica, entretenida, llena de intrigas. Me parece fundamental disfrutar de lo que uno escribe.
-Pero resulta interesante esa dualidad. Por un lado, escribís las novelas de Remil, con espionaje, política y entretenimiento. Y por otro, libros como Mamá o El secreto de Marcial, que son obras profundamente personales. ¿Qué te lleva a escribir historias tan diferentes?
-Son distintos momentos de un mismo escritor. A mí siempre me aburrió la idea de ser una sola persona.
-Creo que acabás de darme el título de esta entrevista: “Me aburrió ser una sola persona”.
-Me acuerdo de que, cuando escribía relatos de amor, algunos me advertían: “¿Cómo vas a escribir historias románticas si sos analista político? Vas a arruinar tu carrera”.
Pero siempre me interesó explorar distintas facetas. Y tuve la suerte de poder hacerlo.
-Ninguno de nosotros es unidimensional.
-La vida es mucho más interesante cuando podemos permitirnos cambiar, explorar y desarrollar distintas vocaciones.
Un día quiero escribir una novela de espías, otro día un libro sobre mi padre y después algo relacionado con el cine. Esa diversidad me parece una de las grandes aventuras de la vida.
-Hay algo que anoté mientras leía el libro: también parece haber un homenaje a una generación de periodistas que conoció la violencia de primera mano y aprendió a convertir esas experiencias en literatura. Pienso en periodistas como vos, que atravesaron años pesados y después trasladaron parte de esas vivencias a sus libros.
-No estoy tan seguro de esa interpretación. Yo era muy chico durante la dictadura, aunque es cierto que viví la época de Malvinas y que hacíamos una revista durante aquellos años, en condiciones muy peligrosas. Éramos unos inconscientes.
Pero me considero, fundamentalmente, parte de la generación de la democracia. Por eso la defiendo tanto, incluso frente a sectores liberales que parecen haber dejado de darle importancia.
En aquellos años, Rodolfo Walsh era para nosotros un periodista extraordinario. Y después estaban mis maestros del viejo diario La Razón. Eran personajes increíbles: algunos alcohólicos, muchos profundamente eruditos, todos con historias extraordinarias.
Yo podía pasar el día haciendo una cobertura policial, ir a una morgue o a una cárcel y después sentarme a comer con esos periodistas, que me recitaban La divina comedia, hablaban de Shakespeare y me recomendaban libros.
-Era una mezcla de Biblia y calefón.
-Una verdadera escuela de vida. Volvía de cubrir una historia durísima y me encontraba con esos personajes que se reían, contaban anécdotas y me decían: “Tenés que leer este libro, hermano”. A veces directamente me lo llevaban.
Fue una escuela de periodismo un poco canalla, pero extraordinariamente rica, divertida y formativa. Creo que un escritor trabaja con su mochila de experiencias. Y durante aquellos años llené la mía de historias, personajes y situaciones que todavía hoy siguen alimentando mi literatura.
-Vamos a cerrar con el libro. Estamos a fines de octubre y El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil está llegando a las librerías. ¿Ya se puede conseguir?
-Sí, ya está llegando a las librerías. Entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre va a estar disponible.
-¿Y hay negociaciones para llevar alguna de estas historias a una plataforma audiovisual?
-Sí, y es algo curioso. Tuve muchísima suerte en mi vida, pero hay una suerte que todavía no tuve: ver una de mis historias llevada al cine o a la televisión, siendo que soy tan cinéfilo.
Se han comprado los derechos de Remil y de Cora, y hubo intentos de desarrollar adaptaciones, pero por distintas razones nunca llegaron a concretarse. De todas maneras, no me quita el sueño. Puedo seguir escribiendo mis propias novelas y, de algún modo, mis propias series. Y este libro es, justamente, una forma de hacerlo.
Ver nota original ↗
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
