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El único testigo del choque hizo una foto del Iryo minutos antes: «Escuché una bomba y, después, un silencio inusual»
Hacia las ocho y media del miércoles, un hombre que había salido a dar un paseo en bicicleta captó la única foto que existe de uno de los trenes accidentados en Urda antes de que se produjera el choque. Alejo García de Blas suele salir casi todos los días a hacer algo de ejercicio y respirar aire fresco por la zona. Aparentemente todo parecía normal, cotidiano. Sin embargo, hubo algo en esa mañana que le llamó especialmente la atención: «Había mucha calma, mucho silencio», recuerda este urdeño, que había visto cómo uno de los trenes iba perdiendo velocidad. Sacó la cámara de su teléfono móvil y capturó la tranquilidad previa a la tempestad más violenta. En la escena se pueden ver varias vacas pastando de buena mañana y, al fondo, un tren de la empresa Iryo parado en las vías. Según explicó a ABC Andrés García, otro vecino del pueblo, da la casualidad de que el tramo en el que se produjo el accidente es una línea recta hasta la entrada a Ciudad Real que los maquinistas aprovechan para recuperar tiempo. «Ahí aprovechan siempre para darle caña. Se ponen a 250 kilómetros por hora», dice García. Por eso, es lógico que a Alejo García de Blas le llamase la atención el Iryo parado a las ocho y media. Fue el único testigo externo del dramático accidente. Siguió pedaleando diez minutos más, unos dos o tres kilómetros, y entonces escuchó el estruendo. «Fue como una bomba, todo era ruido y empezó a salir humo. Después volvió a reinar el silencio, aunque entonces era un silencio estremecedor. Lo voy a recordar siempre». El tren que había fotografiado hacía apenas unos minutos estaba desguazado. Este vecino de la localidad manchega de Urda fue de los primeros en llegar a la zona cero del accidente. Y, de hecho, él indicó a los servicios de emergencias que se iban acercando la mejor ruta para aproximarse a los trenes. También retiró algunas vallas de acceso, ordenó el 'tráfico' en aquellos primeros momentos de urgencia. «Vi a gente que iba saliendo de los trenes, se movían despacio porque estaban conmocionados. Muchos no sabían ni qué había ocurrido», recuerda. Como otros muchos vecinos de la localidad de Urda, Alejo no dudó en volcarse en los minutos decisivos. Estuvo en el lugar siniestrado varias horas hasta que las autoridades, conscientes de que hasta allí se habían desplazado miles de efectivos, le dijeron que él y otros civiles podían volver a casa. Es otro de los muchos héroes urdeños que estos días han atendido amablemente a la prensa. Pero él cree que lo que hizo es normal, lo que habría hecho cualquier otro ciudadano. No quiere colgarse ninguna medalla. Es más, le gusta recordar a muchos de los otros nombres que también arrimaron el hombro en los primeros minutos: el farmacéutico que llevó gasas y calmantes, los hosteleros que se pusieron a cocinar o las palabras de consuelo espiritual del sacerdote de Urda.
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