Cambio climático: incapaces de actuar sobre lo que sabemos
La película Digger es una representación teatral de una catástrofe ambiental. Un magnate petrolero, indiferente a las consecuencias de sus perforaciones en el Ártico, provoca el desprendimiento de un gigantesco iceberg, cinco veces el tamaño de Washington D. C., que avanza a gran velocidad hacia Europa y amenaza con desencadenar un tsunami devastador, capaz de matar a cientos de personas y desplazar a más de un millón. El mexicano Alejandro González Iñárritu, su director, presenta un mundo distópico donde los responsables políticos y económicos, como caricaturas grotescas, parecen haber perdido la capacidad de hacerse cargo de su propio destino. Una sátira donde los empresarios calculan, la ciencia advierte y los gobernantes improvisan. Todos conocen, en mayor o menor medida, la amenaza, pero nadie parece dispuesto a asumir sus consecuencias. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Vivimos en una sociedad que dice estar preocupada por el cambio climático y, al mismo tiempo, requiere cada vez más energía, más combustible. De allí que Digger está más cerca del hiperrealismo que de la ficción. Lo sabemos: el Estado parece haber renunciado a asumir responsabilidades sobre el porvenir. Se limita a administrar coyunturas y ni siquiera se molesta en respetar las formas. Se autoproclama parte de un grotesco circo kitsch. La similitud con lo real es lo que hace tan inquietante y tan necesaria esta película, donde tanto el petrolero como el presidente se encuentran perdidos. Uno frente a lo que hizo y el otro frente a lo que dejó hacer.
Las respuestas de los gobiernos al cambio climático son previsibles. No ofrecen soluciones profundas, sino una retórica política vacía: “Tengan confianza, las cosas terminarán por arreglarse”. Mientras tanto, la solución parece consistir en cambiar nuestras bombitas, pero el crecimiento económico y la expansión del consumo siguen siendo objetivos incuestionables.
Da una sensación de impotencia, agravada por el hecho de que quienes son designados para afrontar los problemas, en general, no están capacitados para hacerlo. Su incapacidad es obscena.
Resulta perturbador escuchar la frase de Digger, el magnate: “Si no podemos controlar el curso de la naturaleza, al menos podemos controlar el relato
La película también plantea si esa puesta en escena ayuda a comprender la tragedia o termina convirtiéndola en entretenimiento. Iñárritu parece conocer bien aquello que Guy Debord desarrolló en La sociedad del espectáculo: la sociedad moderna ha llegado a un punto en el que la representación de la vida adquiere más importancia que la vida misma. No vivimos solamente los acontecimientos: los contemplamos, los consumimos y los interpretamos a través de las imágenes que otros producen. Por eso resulta perturbador escuchar la frase de Digger, el magnate: “Si no podemos controlar el curso de la naturaleza, al menos podemos controlar el relato”.
Durante mucho tiempo confiamos en la ciencia como una forma de aproximarnos a la verdad. No porque fuera infalible, sino porque reconocíamos en ella una autoridad que trascendía nuestras opiniones. Hoy, cuando sus conclusiones nos incomodan, tendemos a sospechar de sus intenciones. Ya no preguntamos solo si algo es verdadero, sino a quién beneficia que lo creamos. Detrás de cada advertencia percibimos una estrategia de manipulación, una voluntad de dominación política o económica. Desde esa perspectiva, los científicos dejan de ser considerados investigadores que intentan comprender un fenómeno y devienen participantes de una operación política. Sus advertencias huelen a instrumentos para justificar impuestos, regulaciones, restricciones al consumo o nuevas formas de intervención estatal. El problema se agrava cuando esa sospecha se vuelve inmune a las pruebas. Cada nuevo estudio que confirma el calentamiento global puede ser interpretado como otra manifestación de la misma supuesta conspiración. De este modo, la acumulación de evidencias, en lugar de disipar las dudas, termina alimentándolas. Si desconfiamos de la política y también de las instituciones que producen conocimiento, ¿a quién recurrimos para orientarnos frente a las grandes amenazas?
Surge una profunda sensación de desamparo. Descreemos de los políticos, sospechamos de los científicos y nadie parece capaz de hacerse cargo del porvenir
El filósofo francés Bruno Latour, en su ensayo “¿Por qué la crítica se ha quedado sin fuerza?“, plantea una paradoja: el pensamiento crítico, que nació para liberarnos de las falsas creencias y de las manipulaciones del poder, ha terminado proporcionando herramientas a quienes niegan la realidad. Latour observa que hemos llegado a considerar la desconfianza como una señal de inteligencia. Quien acepta una explicación puede parecer ingenuo. Quien sospecha que detrás existe una conspiración se presenta como alguien que ha descubierto una verdad oculta. Pero esa actitud puede volverse ilimitada. Si todo conocimiento es sospechoso por estar vinculado a instituciones, intereses o relaciones de poder, ¿qué nos queda para comprender el mundo?
Hemos aprendido a sospechar de todo, pero no hemos aprendido qué hacer después de la sospecha. Es la paradoja de un mundo que dispone del mayor conocimiento científico de todos los tiempos y, sin embargo, no puede ponerse de acuerdo sobre la realidad. El resultado es una sociedad incapaz de actuar sobre lo que sabe.
Surge una profunda sensación de desamparo. Descreemos de los políticos, sospechamos de los científicos y nadie parece capaz de hacerse cargo del porvenir. Ocurre que cuando ya no creemos en nadie, tampoco sabemos a quién recurrir. Frente a amenazas como el cambio climático, terminamos a la deriva, sin una idea compartida de la realidad y, mucho menos, de nuestro futuro. La desconfianza, que alguna vez nos ayudó a liberarnos de las falsas verdades, amenaza ahora con dejarnos sin ninguna verdad en la cual apoyarnos.
En Digger, la destrucción del mundo se convierte en espectáculo. Los poderosos son ridiculizados, el público del teatro se indigna, se ríe y experimenta una suerte de alivio moral. La catástrofe deja de ser algo a impedir para convertirse en algo que contemplamos. Pero la película no se limita a denunciar la irresponsabilidad de los poderosos. También nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. El mensaje de Iñárritu parece ser que todos conocemos el cataclismo que estamos infligiendo a las generaciones actuales y futuras, pero, en gran medida, hemos consentido que ocurra.
Digger les dice a unos legisladores europeos enfurecidos: “Quieren conducir usando combustibles baratos, mantener las luces encendidas, la calefacción y el aire acondicionado funcionando, quieren boletos rebajados a Mallorca, quieren que les entreguen en dos días porquerías que no necesitan, quieren energía para que la inteligencia artificial resuelva los mismos desastres que está inventando, quieren cargar la batería del celular para ver TikTok y YouTube”. “Quieren la libertad para vivir sus vidas insostenibles”, grita. “Les encanta el petróleo. Dejémonos de estupideces”.
La película no trata solo sobre la crisis climática, sino también sobre nuestra incapacidad para reconocer la realidad, asumir responsabilidades y actuar frente a lo que sabemos
Con gran desparpajo, Digger nos enfrenta con nuestra propia contradicción como espectadores y consumidores: el petrolero nos dice que seguimos necesitando su petróleo. Y, aunque nos resulte insoportable su cinismo, no podemos negar por completo esa dependencia. Vivimos así una paradoja: el crecimiento económico y la expansión del consumo son objetivos incuestionables, pero ahorren energía y midan su huella de carbono. Cambien su modo de vida, pero compren un auto eléctrico.
Nos preocupa más ver la última historia de Instagram que el cambio climático. Cualquier tipo de modificación en nuestro estilo de vida -comer menos carne, volar menos, no usar el automóvil- supone demasiadas molestias para la mayoría de nosotros, incluso mientras enfrentamos la mayor amenaza que acecha a la humanidad. Digger nos pone frente a un espejo.
Es cierto que los combustibles fósiles han proporcionado la energía que permitió desarrollar nuestra tecnología, multiplicar la producción de alimentos y construir buena parte de nuestra civilización. Pero la aceleración del crecimiento y del consumo no solo ha alterado el clima del planeta, sino que también está destruyendo el funcionamiento de la biosfera.
Digger no trata solo sobre la crisis climática, sino también sobre nuestra incapacidad para reconocer la realidad, asumir responsabilidades y actuar frente a lo que sabemos. La película nos obliga a no apartar la mirada, incluso cuando nos incomoda lo que hemos hecho. “Esta película es una película de catástrofes”, ha dicho Iñárritu. Pero la catástrofe somos nosotros.
Y entonces cabe preguntarse si la propia película, como obra de arte, puede producir algún cambio o si simplemente terminará convirtiéndose en otro espectáculo que consumimos antes de continuar con nuestras vidas.
Luis Castelli es abogado especialista en derecho ambiental, miembro fundador de la Fundación Naturaleza para el Futuro
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