La revueltas en Europa, un conflicto que enfrenta a las generaciones
FRANKFURT.-La protesta de los jóvenes europeos tiene dos caras. Una es ruidosa: liceos bloqueados en Francia por la falta de profesores, marchas en Italia contra los recortes en la educación pública, acampadas por la vivienda en Madrid y Lisboa, universidades tomadas en Bélgica contra un aumento del 43 % en las matrículas.
La otra es silenciosa. En Alemania, el estudio “Juventud en Alemania 2026”, de la Universidad de Potsdam, encuestó a comienzos de este año a jóvenes de 14 a 29 años: el 29% dice necesitar apoyo psicológico y uno de cada cinco planea concretamente irse del país. La mayoría quiere trabajar, pero duda cada vez más de que el esfuerzo valga la pena. “La protesta de la juventud no es ruidosa, pero bajo la superficie algo se está gestando”, resumió la investigadora Nina Kolleck, directora del estudio.
Las dos caras expresan el mismo malestar, y ese malestar tiene una forma que el debate público suele pasar por alto.
El historiador francés Pierre Rosanvallon lo definió en su último libro, La tiranía del presente. Junto a la lucha de clases, que estructuró la política de los dos últimos siglos, emerge según él “una lucha de generaciones, silenciosa y no formulada, que todavía no tiene sus espacios”. Retoma así la idea de su colega François Hartog, que llamó presentismo a la experiencia de sociedades encerradas en un presente perpetuo. Las democracias, sostiene, viven atrapadas en ese corto plazo: deciden para el próximo ciclo electoral y trasladan los costos a quienes todavía no votan o votan poco. Su fórmula sobre el endeudamiento público es tan breve como exacta: “La deuda es el no arbitraje del presente”. Rosanvallon agrega que la discusión técnica entre el sistema de reparto, en el que los activos pagan a los jubilados, y el de capitalización individual importa menos de lo que parece, porque en los dos casos “siempre es el futuro el que paga”.
El malestar juvenil puede traducirse en política democrática o en rechazo de la democracia
Los datos le dan la razón. Según Eurostat, los jóvenes europeos se independizan de sus padres, en promedio, a los 26 años, una cifra que no se movió en dos décadas; en Italia, España, Grecia y Croacia lo hacen después de los 30. En Portugal, el precio de la vivienda subió un 180% entre 2015 y 2025. Al mismo tiempo, los presupuestos que deberían financiar escuelas, universidades y viviendas compiten con dos gastos que nadie se atreve a tocar: las pensiones de una población que envejece y un rearme que la amenaza rusa y el abandono de Washington volvieron inevitable. En esa disputa por recursos escasos, los jóvenes tienen menos votos, menos organizaciones y menos paciencia.
Hay, sin embargo, un componente que complica el esquema. En el sur de Europa, la mayoría de quienes compran su primera vivienda lo hacen con ayuda familiar; en Italia, el 72%. La desigualdad entre generaciones encubre otra, más antigua, entre los hijos de propietarios y los hijos de inquilinos. La herencia vuelve a decidir los destinos, como en las sociedades que la modernidad prometió dejar atrás. La lucha de generaciones prolonga, por otros medios, la lucha de clases.
¿Por qué esta generación, y no la anterior, convierte su malestar en protesta? El sociólogo Karl Mannheim respondió a una pregunta parecida en 1928, en su célebre ensayo “El problema de las generaciones”. Nacer en la misma época, escribió, no basta para formar una generación. Hace falta una experiencia compartida en la juventud que cree un vínculo, una conexión generacional capaz de convertir una cohorte en un actor político.
Para quienes hoy tienen entre 15 y 30 años, esa experiencia fue una sucesión de crisis: la financiera de 2008 en la infancia, la pandemia en la adolescencia, la guerra en Ucrania y la inflación al entrar en la vida adulta. Crecieron con la sensación de que el futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una amenaza. Mannheim advertía, además, que una misma generación puede dividirse en unidades que procesan la misma experiencia de maneras divergentes. Los jóvenes que comparten el miedo al futuro pueden terminar en trincheras opuestas.
Hacen falta diálogos entre generaciones y una participación real de los jóvenes en las decisiones que los afectan
Ese malestar puede traducirse en política democrática o en rechazo de la democracia. Las señales apuntan en las dos direcciones. El 20 de septiembre, dos elecciones regionales alemanas celebradas el mismo día lo mostraron con nitidez: en Berlín, Die Linke obtuvo el 47% de los votos entre los jóvenes de 16 a 24 años; en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la AfD fue la fuerza más votada en esa franja, con el 35%.
El estudio de Potsdam muestra además una fractura de género: las jóvenes se inclinan hacia la izquierda radical; los varones jóvenes, hacia la ultraderecha. Una generación que no encuentra representación en los partidos tradicionales la busca en quienes prometen romperlo todo. Las unidades de Mannheim tienen hoy nombre y apellido partidario.
El sociólogo alemán Klaus Hurrelmann, que estudia desde hace décadas a la juventud de su país, llega por otro camino a la misma conclusión que el historiador francés: hacen falta diálogos entre generaciones y una participación real de los jóvenes en las decisiones que los afectan. Rosanvallon cuenta que un grupo de alumnos del liceo Lamartine, en París, le pidió ayuda para organizar un “parlamento de las generaciones”, un ámbito de diálogo que hoy no existe. La iniciativa encierra una intuición decisiva: los conflictos que no encuentran un lugar donde discutirse terminan por estallar en la calle.
La propuesta tiene también otro mérito. La idea de una guerra entre jóvenes y viejos es un terreno fértil para la demagogia: basta con presentar a los jubilados como privilegiados y a los jóvenes como víctimas para fabricar un nuevo enemigo interno. Rosanvallon propone lo contrario. Se trata de hacer visible un conflicto real para poder negociarlo, del mismo modo en que el movimiento obrero logró, con sindicatos y convenios colectivos, que la lucha de clases se resolviera en acuerdos y no en barricadas.
Rosanvallon define la democracia como “el régimen de la lucidez que permite arbitrar conflictos potencialmente violentos”. La definición vale como advertencia. Europa discute hoy cuánto gastar en defensa, cómo sostener las pensiones y cómo controlar el déficit, y casi siempre lo hace sin preguntar quién pagará la cuenta. La respuesta, por ahora, es siempre la misma.
Mientras la lucha entre generaciones siga sin nombre ni instituciones, los jóvenes europeos seguirán eligiendo entre tres salidas: la calle, el voto a los extremos o el pasaporte. Los lectores argentinos conocen bien la última. Europa, que durante décadas fue el destino de quienes huían de sociedades sin horizonte, corre el riesgo de convertirse en una de ellas.
Guillermo Atlas es sociólogo, periodista y ensayista
Por Guillermo AtlasVer nota original ↗
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