Hizo crecer en altura su mini PH del Bajo de San Isidro y hasta logró un monoambiente en la terraza
¿Cuánta magia cabe en un metro cuadrado? Con la intención de comprobarlo, Poly Santamaría desembarcó en este PH de San Isidro asfixiado por la sombra y las medianeras y lo tomó como un desafío lúdico para reinventar ese terreno mínimo y convertirlo en su nuevo hogar.
Pero este “nuevo hogar” tenía varias dimensiones. Llegó cuando fallecieron sus padres, Alicia y Carlos, que le dejaron la posibilidad de proyectar un futuro y transformar esa tristeza en algo bello y perdurable. La albacea de esta herencia venía con cuatro patas: Titín, la chihuahua familiar que se mudó con ella y la acompañó en todo el proceso.
“Esta casa es mi mayor y más osada obra. Nunca había tenido el desafío de remodelar un espacio y fue magnífico: estaba como una nena a la que le habían dado los colores y todo lo necesario para crear”.
“El diseño de la escalera me encantó porque parecía de papel plegado. Pensaba pintarla en algún momento, pero terminé la obra tan agotada que la intervine con grafitis y dibujos. Quedó simpática; le da un toque punk”.
Lo que trae internet
En algún punto del recorrido, se sumó al equipo Fabián Brun, un diseñador de muebles que resultó ser mucho más que eso. “Llegué a él por internet y terminamos entendiéndonos de maravillas. Gracias a su ingenio y oficio pudimos concretar muchas de las ideas que tenía”, dice Poly sobre esa sinergia creativa que les dio una forma única a carpinterías, herrería y hasta escaleras.
“Hubo que aprovechar los espacios con muebles a medida. Empecé a imaginar que la casa era como un barco y que en todos sus niveles aparecían puertas para guardar las cosas de uso diario, para que no hubiera desorden y solo se viera lo que yo quería destacar”.
“Quería un piso luminoso y todoterreno para bailar o entrar con la bicicleta. Investigando, di con una gente que pintaba canchas y hasta pude elegir este amarillo, que es como un sol que irradia hacia toda la planta baja”.
En ascenso
“El primer piso es súper acogedor, un espacio de mucha creatividad. Necesito tener mis juguetes y libros a la vista, un escritorio donde dibujar. Se me iluminan las ideas”, dice Poly.
El dormitorio de visitas se resolvió donde antes había un placard, con una cama estilo camarote para uso ocasional integrada al mueble de guardado.
Las ventanas en voladizo le agregan valiosísimos 45 cm al cuarto de Poly y a la suerte de monoambiente que armó en la terraza. Allá vamos.
“Cuando decía que iba a hacer un minibaño junto al dormitorio para no tener que bajar las escaleras, no me entendían. Pero, si se puede en un barco, se tenía que poder acá, me dije. Se generó una pasarela en hierro y terminó siendo un rincón precioso”.
Un monoambiente en la terraza
“Siempre planifiqué todo pensando en las vistas, para que los vecinos contemplaran algo tan agradable como yo”, dice Poly, seguramente pensando en el espacio sorprendente al que estamos por entrar.
“El último piso se hizo todo a nuevo; es como la parte superior del barco. Desde aquí puedo ver los árboles, los pájaros que vienen de la Reserva Ribera Norte. Lo uso como estudio para meditar, hacer yoga, encontrarme con amigos”.
El espacio cubierto se generó con un cerramiento corredizo en madera de anchico y vidrio repartido que –con su diseño circular– remite nuevamente al ojo de buey de los barcos.
“Otro sueño cumplido fue el hogar a leña. La chimenea preciosa, la textura de las venecitas con su verde, todo chiquito, lleno de cariño y súper acogedor. Como un rincón de juegos para adultos”.
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