El País
31/10/2026 01:30

Urda, el pueblo de casi 2.500 habitantes que se movilizó en cinco minutos tras el accidente de tren: “No hizo falta ni llamar”

―¿Tú eres Antonio García Condado, el farmacéutico de Urda?

―Sí, sí.

―Soy Maite.

―¿Qué Maite?

―La mujer de la víctima que atendiste ayer.

A Antonio le avisó su hija por teléfono: “Papá, ha habido un accidente en la estación. Los médicos no están aquí”. Ni él ni nadie más en Urda sabía entonces que un tren AVE acababa de embestir a otro de Iryo. El farmacéutico de 78 años se levantó sin despedirse y salió corriendo al lugar del choque. Gema y Yolanda se montaron en el coche y no pararon de recoger supervivientes en todo el día. Luis dejó el mostrador de la ferretería y, con el poco inglés que sabe, hizo de intérprete para los heridos extranjeros. Víctor cogió una cafetera y subió al pabellón para ofrecer una bebida caliente a quien la necesitara. Vicenta y David abrieron las puertas de su casa a familiares y psicólogos. Una persona prestó su ordenador para localizar a una de las viajeras con el GPS. Otra hizo decenas de bocadillos.

Como ellos, cientos de vecinos de ese pueblo toledano de casi 2.500 habitantes que dejaron al mismo tiempo lo que estaban haciendo y en apenas cinco minutos se movilizaron para ayudar. En lo que fuera y cómo fuera. “Yo tengo agua, yo tengo ropa, yo tengo un autobús para desplazar a gente. Yo tengo una máquina, yo tengo una grúa. Yo voy donde sea. Yo solo tengo mis manos y mi tiempo... No hizo falta ni llamar. En el ayuntamiento no convocamos a nadie. Se presentaron allí”, recuerda dos días después del accidente el alcalde, Manuel Galán.

Galán es un hombre pegado al teléfono. El viernes, en un paseo de 10 minutos, le llaman ocho personas. “Y las que no cojo”, dice. Que necesitan a alguien para limpiar la zona más próxima al accidente, él responde que en seguida, que en el Ayuntamiento se encargan. Que hacen falta más vallas. Sin problema, en nada están allí. Es la televisión japonesa. Si hay traductor, él encantado. Una vecina le para y le agarra con fuerza la mano. No le dice nada, solo le mira. La mujer se aleja y Galán intenta explicarlo: “Es que no estás preparado. No estás preparado...”.

Vicenta Martín y David Fernández, dos vecinos de Urda, cedieron su casa en la localidad toledana el día del accidente de trenes. ÁLVARO GARCÍA

En Urda no están acostumbrados a la presencia constante de periodistas, ni a las cámaras, las preguntas, los micrófonos de colores, las fotos. Esta localidad manchega solo se llena cuando vienen los peregrinos a ver al Santísimo Cristo de la Vera Cruz, conocido como el Cristo de Urda, porque el pueblo es uno de los mayores destinos de devoción en Castilla-La Mancha y sus fiestas populares son de interés turístico regional. Las celebraron hace justo un mes y parece que fueron hace una eternidad.

El viernes transcurre como cualquier otro, pero una sensación extraña sobrevuela el pueblo. Como si cada vecino cargara en silencio con una piedra pesada. “Se habla y no se habla”, resume Yolanda Navarro. El día del accidente trasladó a heridos del lugar del choque hasta Urda ―“sin pensar”, dice― y, como cuentan también otros, levantó una barrera entre lo que estaba sintiendo y lo que sabía que tenía que hacer. Ahora, varios días después, ellos también han empezado un duelo. Navarro se ha acercado a la zona cero. “Tenía que venir. Para ver si esa sensación se me quitaba”, explica, sentada en la terraza de uno de los bares. Y añade que sí, que se le ha ido un poco la pesadez del pecho: “Cuando he llegado allí, ves la calma, que ya no hay ruidos, que ya no hay gente...”.

Algunos se preguntan si hicieron suficiente. Si lo plantean con un vecino al lado, este les responde que no tienen que pensar eso, que hicieron lo que podían. Otros recuerdan que el día del accidente se durmieron temblando, con miedo a mirar las noticias y descubrir el nombre o el apellido de alguien a quien habían cubierto con una manta o agarrado la mano. Como Gema, que también llevó en su coche a los supervivientes y llora si lo piensa: “Los nombres se te quedan, eso no se olvida”. Se pregunta dónde y cómo estarán todos ellos.

Varios vecinos en el bar La Concha, en Urda, Toledo, este viernes. ÁLVARO GARCÍA

Antonio García, el farmacéutico, fue de los primeros en llegar a la zona cero ―“al infierno”― y solo quiere olvidar. “Colocaba la cabeza a alguien para que estuviera más cómodo, me daba las gracias, me miraba: ‘¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos?’ ‘Mira, estás en Urda, cerca de Los Yébenes’, le decía yo. Y me impactó. Otro se despedía de su familia: ‘Te quiero mucho, cuida de los niños’. Me dejó descolocado, me di la vuelta y lloré”. Los recuerdos se agolpan en su mente, no sabe si se irán algún día. También están los que sí quiere atesorar. Como la mujer que se le acercó el jueves, un día después del accidente, y le preguntó: “¿Eres de Urda? Vengo de Madrid a darte un abrazo". O la chica que le buscó y le dijo: “Antonio, soy la víctima que tú atendiste ayer a última hora en la farmacia. Me consolaste, me diste medicamento para calmar el dolor y me llevaste aquí, a Urda”.

El alcalde de Urda tiene 67 años, los ojos grises y el pelo corto y cano. La piel morena, la mirada tierna. Cuando habla de sus vecinos, del que sea, y recuerda cómo el 28 de octubre todos fueron uno, se le humedecen los ojos. “Son personas que ves todos los días, gente normal. Unos te caen mejor, otros peor. Con unos hablas más, con otros menos. Pero luego les ves, ahí, en el pabellón a las cinco y media de la tarde, después de horas, y te emociona”. Y no es solo Urda, recalca, fueron Los Yébenes, Consuegra, Madridejos, todos los pueblos de Toledo y de fuera de Toledo. “La gente no miraba a qué partido votaba. Hay que ayudar y ayudamos”. Se le vienen a la cabeza tragedias recientes en las que la sociedad respondió unida, como la DANA en Valencia, la pandemia de la covid-19 o la borrasca Filomena en Madrid. También el accidente de Adamuz.

El viernes, antes de atender la enésima llamada de la mañana, recibió una especial. Era el alcalde de ese pueblo cordobés de 4.100 habitantes, Rafael Moreno. El día del choque de trenes le escribió y hasta ahora no había podido atenderle. Han hablado de los dos accidentes, el que se cobró 46 vidas en Adamuz y el que ha dejado al menos 69 muertos en Urda. No habían hablado antes, pero ha sido como si se conocieran. Se entienden más que nadie. “Ni siquiera he mirado de qué partido es, no sé, para que veas”. Galán es del PP y Moreno del PSOE.

―¿De qué habéis hablado?

―De que somos los representantes de muchas personas y tenemos que estar por encima de sentimientos personales.

En la parte de arriba del pueblo está el colegio público de Urda, y justo en frente, la casa de Vicenta Martín, de 58 años, y su hijo David Fernández, de 32. El polideportivo del centro se habilitó para atender a las familias de las víctimas aún no identificadas y la casa de estos dos vecinos se transformó en un santuario para ellas. La vivienda se llenó de trabajadores ferroviarios, psicólogos y familiares. Martín decidió mantenerse al margen: “Yo lo único que quería es que ellos tuvieran intimidad”. Pero hay un momento que no olvida. A las 21.30, cuando uno de los trabajadores de Renfe se marchaba de la vivienda, se acercó a ella, la abrazó, le dio las gracias y le dijo al oído: “Ahora viene lo peor”. Una frase que se le ha quedado grabada para siempre. La historia de madre e hijo es la de un pueblo entero: su casa fue la casa de todos.

Cartel del año jubilar en una de las calles de Urda, en Toledo. ÁLVARO GARCÍA
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