Osvaldo Santoro, de pie después de varios golpes: el teatro como sostén
En su casa de la ciudad bonaerense de Caseros hay un elemento que le recuerda que su ombligo es un punto invisible en el mapa: un telescopio catadrióptico de 90 mm que compró por curiosidad pasados los 30 años y hoy le sirve para tomar dimensión de que en casa de artista, el ego es un “microbio sin sentido”
Osvaldo Santoro ama la astronomía casi tanto como a la actuación. Será por eso que los conocimientos de la ciencia a la que se acercó hace seis décadas lo hacen sonreír si algún colega se adjudica la categoría de “estrella”. Tenía 16 años cuando a él y a su mejor amigo -Enzo Domenichini- los invitaron al observatorio de la Asociación Amigos de la Astronomía, en Parque Centenario. Desde entonces el cielo es su hobby sagrado.
Lo primero que lo pasmó en la observación de bautismo fue “El joyero” (o el Cúmulo de Kappa Crucis), un espectacular conjunto de estrellas. Enseguida descubrió Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano al Sol. Así se abrió para él un mundo que lo sacó de su pequeñez .
“Cuando empecé a actuar no pude dedicar tanto tiempo a la astronomía, pero es una actividad a la que siempre vuelvo. Algunos de mis cuentos tienen que ver con el tema”, se emociona y detalla la anécdota de un día en el patio de casa, con el ojo internado en el telescopio. “Hacía frío, mi hija me pedía que entrara, y yo estaba intentando divisar a un cometa. De pronto grito, ¡lo encontré! Mi hija no veía nada significativo y yo me ilusionaba con lo que desprendía la cola del cometa. Como en el teatro, a través del telescopio cada uno puede percibir de manera diferente. Dos personas no ven lo mismo”.
A los 78 años, la voz de Santoro suena más áspera tras dos operaciones por un tumor de la cuerda vocal derecha. Eso no detiene la intensidad de su interpretación. Por estos días. Sube a escena con Esperando a Godot, en el Teatro Presidente Alvear, bajo la dirección de la española Helena Pimenta. En este texto de Samuel estrenado en París en 1953, Osvaldo es Pozzo, un terrateniente autoritario, cruel y arrogante que reproduce “lo peor del poder sobre los oprimidos”. Dice “Cacho” que la obra le llega “en el tercer acto de la vida”, un momento de “reflexión profunda sobre el tiempo, la consciencia de la finitud y el aprovechamiento del tiempo”.
-Atravesás ensayos de gran intensidad seis días a la semana. ¿Es cierto eso de que la edad y los dolores se olvidan en el escenario o se trata de un viejo mito romántico?
-Sí, hay un mito referido a que en el escenario se te pasa todo. Creo que eso tiene que ver mucho con que en las dos horas de una obra focalizás la concentración en el trabajo.Entonces es muy probable que uno no perciba los dolores. En esta obra es un esfuerzo notable el que estoy haciendo, más del que imaginaba. Contradigo el mito de que uno se olvida de todo en el escenario: sí, y podés olvidar un rato el dolor de muelas, pero el peso de la edad es fuerte.
Santoro en su personaje obra la obra "Esperando a Godot".-¿Hábitos innegociables a esta altura de tu vida para vivir mejor?
-Me estoy cuidando mucho, yendo al gimnasio. Es fundamental a mi edad cuidar mis músculos y el sistema óseo. Hace tiempo que ya no como grasas ni fritos y camino mucho. Por otro lado, volcarme a escribir me da felicidadad. Lo que proyecto es terminar de construir en Lobos una casita para descansar y para la lectura y la escritura. Tengo cerrado un libro de cuentos que publicaré en breve. La escritura es mi gran refugio.
-¿Qué explicación profunda le encontrás a tu vieja pasión por observar el cielo y estudiar esos fenómenos?
-Siempre me llamó la atención el misterio del universo. Lo estoy aplicando mucho hoy a la poesía, a mi escritura. Y me sirve para la profesión, para un unipersonal que preparo junto a Martin Joab y Marcelo Katz, Barrer el cielo. A muchos colegas los atravesó el tema. Recuerdo que mi amigo Walter Santana, el actor, me pedía estar media hora antes en el San Martín para hablar de astronomía. Y un año antes de fallecer, Pepe Soriano decía que quería comprarse un telescopio para mirar el cielo. Le aconsejé arrancar con algo más sencillo, binoculares para mirar el cielo con amplitud.
-¿La astronomía nos da un baño de humildad?
-Sin dudas. Nunca me dediqué a estudiarla como si fuera un astrofísico, pero sí como un autodidacta que trata de entender la energía oscura, la materia oscura, la expansión del universo. Todo me sigue llamando la atención. Es fantástico el tema de la sincronicidad y cómo todo se junta.
Después de la tormenta
Osvaldo notó cambios en su voz en 2021 y tras la visita a un foniatra quedó paralizado con el diagnóstico: un tumor en una cuerda vocal. Lo primero que lo atemorizó fue perder su poderosa herramienta de trabajo, pero después de dos intervenciones quirúrgicas y de más de 30 sesiones de quimioterapia, llegó el alivio.
Junto a su mujer Marita, que falleció hace cuatro años, y al Papa Francisco.“Soy consciente de que la ronquera me queda de por vida. Le pasó a Rod Stewart”, cuenta en plena etapa de duelo por aquel tono que perdió y era su marca registrada.
Pudo haber sido odontólogo Don Santoro, pero el infarto que terminó sorpresivamente con la vida de su padre lo confrontó con la fragilidad de la vida y lo orientó hacia la vocación. Había sido su papá quien lo inscribió en esa carrera a falta de cupo en Medicina, pero dos años después, el duelo paterno quebró mandatos y obró como brújula rumbo al Conservatorio.
De pronto, la calavera que atesoraba debajo de la cama y que le servía como elemento de estudio de los huesos del cráneo, dejó de tener protagonismo y Osvaldo se volcó a los libretos, al estudio de la dramaturgia, de la técnica vocal y del lenguaje corporal. La vara era alta por entonces:el director del Conservatorio era Agustín Alezzo y el subdirector, Augusto Fernándes.
Padre de Mariana y Pablo, el hombre de las más de 40 ficciones en televisión y más de 20 películas es viudo desde hace cuatro años. Desmiente estar en pareja con una colega -tal se publicó alguna vez- y recuerda con devoción a Marita, la profesora de francés con quien comenzó un noviazgo el 27 de enero de 1972 y con quien se casó en 1973.
En las tablas del Alvear. (Foto: Marcelo Carroll).Entre la pérdida y el aprendizaje de la vida en soledad, por estos días, Santoro no le da tregua a las teclas de su computadora. A 30 años de Cementerio de caracoles, su primera novela, continúa escribiendo compartiendo textos en los que sobrevuela una atmósfera ligada a Ray Bradbury y combina su prosa con reflexiones sobre Sófocles, Olaf Stapledon y la astronomía.
“Marte y nuestro planeta se encontraron a una distancia geocéntrica de 69.422.386 kilómetros”, arranca el cuento que envía tímidamente por WhatsApp (Como un pájaro hacia la luz), que une todos los temas que lo desvelan.
-Imagino que das por hecho que existe algo más grande que nosotros. ¿Para vos se llama Dios o cómo?
-Soy creyente, llamale cristiano. No asisto a iglesia o a misa, pero creo en Dios. Einstein mismo de alguna manera creía en Dios. Alguien muy grande hizo todo esto, sin dudas. Lo describe la Biblia y yo creo que este orden donde ningún planeta choca entre obedece a algo superior.
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