La Nacion
31/10/2026 06:00

Milei, Flavio, Trump, entre insultos, huidas y agravios

El problema de Javier Milei no es su temperamento. Lo más inquietante es que ese temperamento, dominado por una ira que el Presidente lleva encima como una segunda piel, no es más que la manifestación de la persona. De tan centrado en sí mismo, el profeta libertario actúa como alguien que no tiene registro del otro. Esa insensibilidad respecto de sus semejantes explica el modo en que, sin asomo de pudor o vergüenza, insulta a las autoridades y la prensa del país que visita ignorando olímpicamente los principios más elementales de la cortesía. Y no hablo de la cortesía diplomática, que sería un deber por lo que su investidura representa, sino del simple buen trato humano, que nace del respeto al otro y es la base de la convivencia civilizada entre las personas.

Milei no ataca en forma indiscriminada. Sus insultos, cargados de una violencia que se regodea en lo escatológico, están dirigidos a quienes denuncian supuestos hechos de corrupción que comprometen a su gobierno y, sobre todo, a los que ponen en cuestión sus ideas. Es decir, su identidad. Milei es sus ideas. Su ego depende de ellas. Cualquier objeción a su dogma es recibida como un ataque a su persona: socava las bases que lo sostienen. Por otro lado, toda adhesión a ellas, y cuanto más incondicional y fanática mejor, alimenta el tamaño de un ego que se nutre de los demás y que, en su desmesura, se vuelve insaciable.

Hay gente para la que el otro, antes que una persona, es en un mero instrumento de autoafirmación. En esa lógica, los que ponen en duda su identidad, que siempre está en pugna con el entorno, son enemigos a los que hay que acallar. O a los que hay que mandar a la hoguera. Pero, en el fondo, ni los propios ni los ajenos son reconocidos en su singularidad. Por eso no se advierte, en esta clase de líderes que dependen de la adoración de los fieles y del odio de los infieles, el respeto natural que despierta toda persona cuando es considerada un igual, un prójimo.


Redes y presidentes extremos, hechos inseparables de un cóctel fatal para la democracia liberal


Toda política identitaria, parece, nace de una subjetividad que necesita despojar de humanidad a los otros a fin de alimentar un yo –personal primero, social y político después- desbordado y ávido de revancha. Las redes sociales, territorio ideal para desplegar guerras tribales “a muerte” y manipular las emociones, promovieron la multiplicación de líderes que profundizan la alienación social.

Hubo precursores. Berlusconi en Italia, Chávez en Venezuela, Cristina Kirchner en la Argentina hicieron escuela en esto de crear relatos que inflaran su ego y dividieran a la sociedad al punto de vaciar la palabra y cancelar el diálogo. Donald Trump, detrás de quien se encolumna nuestro presidente, es hoy el síntoma más claro de este fenómeno a nivel global. Pero ahora, en esta tercera década del siglo XXI, la cosa es más complicada. La avanzada de la prepotencia encarnada en presidentes faltos de cultura y de orientación moral llega en momentos en que la inteligencia artificial, con la misma prepotencia, deshumaniza atributos esenciales de nuestra condición, a tal punto que ya no sabemos qué es verdad o mentira, qué es falso o auténtico ni, anestesiados por los algoritmos, distinguimos lo real de lo virtual. Redes y presidentes extremos, hechos inseparables de un cóctel fatal para la democracia liberal.

Hoy la disputa política, que se libra en las redes, tiene la lógica de un reality show. Todo es espectáculo. La virtualidad derrama su inconsistencia hacia este lado de las pantallas y cualquier hecho se naturaliza, incluidos los más inverosímiles y grotescos. De la noche a la mañana, Flavio Bolsonaro pasa de arañar la presidencia de Brasil a huir de su país con el rabo entre las patas por temor a terminar a la sombra junto a su padre, que por 4.5 millones de votos perdió las esperanzas de dejar la prisión. Trump traiciona a Ucrania, se abraza a Vladimir Putin y dice que Noruega es “un país de mierda” porque volvió a negarle el Nobel de la Paz, mientras la llegada de Corina Machado a Venezuela conspira contra su plan de anexar el país caribeño al suyo y quedarse con el petróleo. Milei reparte insultos en su gira española, pide hogueras para escarmiento de periodistas por los que se siente atacado y junto con Trump ayuda a Bolsonaro hijo a “huir hacia la derecha”, como el León Melquíades, aquel simpático dibujito de Hanna-Barbera de los años 60.

A modo de coda y con su permiso, amigo lector: abro Google para chequear la literalidad de un agravio presidencial reciente y aparece sin que la llamen la inteligencia artificial con una pregunta: “¿En qué estás pensando?”. Me molesta esa familiaridad. Que se quite de en medio, eso pienso, que no se interponga en mi camino hacia fuentes de consulta serias y responsables. Pero de pronto se impone una voz interna que me dice que a esta altura de la columna ya no pienso en nada, que ya no puedo pensar en nada.

La velocidad de los cambios, la catarata incesante de datos y estímulos, la deriva irracional del poder y las demandas de mayor productividad y eficiencia en todos los órdenes consumen la energía y adormecen el pensamiento.

“There’s no time to think”, repetía Bob Dylan en una canción del disco Street Legal, de 1978. Una línea que adquiere mayor vigencia en estos días. Sin embargo, allá vamos, tratando de asir el hilo de un sentido que parece cada vez más lejano y esquivo, pero sin rendirnos, aun ante la falta de alternativas o salidas visibles en esta realidad de locos.

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