Una promesa sin expectativas
Antes, los abuelos vivían en casa de sus hijos; hoy, muchos hijos no consiguen salir de casa de sus padres. La imagen simplifica el pasado, pero señala un problema: estudiar y trabajar pueden no alcanzar para construir una vida propia. Se cumple con lo exigido sin alcanzar lo prometido.
La promesa era sencilla: estudiar abriría puertas; trabajar permitiría sostener un hogar; la experiencia traería estabilidad. Nadie garantizaba riqueza, pero había una expectativa razonable de avanzar. Las dificultades podían soportarse porque parecían transitorias. Los hijos tendrían oportunidades que sus padres no tuvieron.
¿Qué ocurre cuando esa promesa sigue repitiéndose, pero pierde credibilidad? Defiendo que el problema rebasa la frustración individual: cuando el esfuerzo deja de traducirse en autonomía, también se debilita la confianza en las instituciones que prometieron hacerla posible.
Las expectativas necesitan resultados. Quien encuentra una relación entre su esfuerzo y sus avances tiene razones para perseverar. Quien trabaja sin poder independizarse aprende algo distinto. Un salario insuficiente afecta el presente; pensar que seguirá siendo insuficiente cambia las decisiones sobre toda una vida. La dificultad adquiere otra gravedad cuando deja de parecer una etapa y empieza a parecer el destino.
España ofrece una medida de esa distancia. En el segundo semestre de 2024, apenas el 15.2% de las personas de entre 16 y 29 años vivía fuera del hogar familiar. Alquilar una vivienda en solitario exigía el 92.3% del salario neto de una persona joven asalariada. Tener empleo podía resultar insuficiente para dar el siguiente paso, según el Consejo de la Juventud de España.
En América Latina, la dificultad también aparece desde la entrada al trabajo. La OIT informó en 2025 que la informalidad afectaba al 60% de los jóvenes ocupados de la región. Conseguir una ocupación deja pendientes buena parte de la protección y la estabilidad necesarias para planear. Trabajar y construir un futuro se han vuelto experiencias demasiado distantes.
En Sinaloa, esa distancia encuentra un terreno difícil. El Colegio de Economistas del Estado de Sinaloa, A. C., señala en su reporte EcoPolis, del 24 de octubre de 2026, que había 24,685 personas ocupadas menos respecto al año anterior, según datos del segundo trimestre. Advierte, además, que disminuye el empleo formal mientras crece el informal.
Son cifras del conjunto de la población ocupada, no exclusivamente de los jóvenes. Pero describen el mercado donde les toca comenzar. Para un egresado, pueden significar más tiempo buscando empleo, aceptar un trabajo ajeno a su preparación o empezar sin prestaciones. Para una pareja joven, aplazar la posibilidad de rentar. Para una familia, seguir sosteniendo con el mismo ingreso a quienes esperaban independizarse.
El reporte también registra una disminución de 8.7% en la población ocupada del campo. Para los jóvenes de las comunidades rurales, el deterioro puede estrechar las opciones de trabajar cerca de casa, participar en la actividad familiar o emprender alrededor de ella. Cuando esas posibilidades se reducen, irse puede convertirse en la salida disponible.
Por eso debemos escuchar con cuidado cuando un joven dice que quiere irse. Puede expresar ambición, curiosidad o deseo de conocer otros lugares. También puede estar diciendo que aquí no encuentra cómo desarrollar su vida. Sinaloa tendría que ofrecer razones para quedarse y condiciones para regresar. El arraigo se sostiene mejor cuando puede elegirse.
Aquí, además, la autonomía necesita seguridad. Una vida propia requiere ingresos y libertad para moverse, abrir un negocio y hacer planes. El futuro pierde fuerza cuando toda la energía se consume en resolver el día.
Como profesor, creo en la educación. Precisamente por eso me resisto a convertirla en una respuesta automática. Recomendar otro curso puede ayudar, pero no resuelve por sí mismo un mercado laboral que desaprovecha capacidades. Prepararse debe ampliar las posibilidades de actuar, producir y decidir.
La familia sinaloense pone mucho para sostener esa apuesta: dinero, tiempo y cuidados. Cuando el empleo no permite avanzar, el costo vuelve al hogar. Los padres prolongan su responsabilidad económica; los hijos postergan decisiones. La solidaridad familiar amortigua el problema, pero también puede ocultar cuánto está dejando de funcionar afuera.
Aquí se debilita la autoridad de la ética del esfuerzo. Pedir perseverancia exige mantener caminos donde pueda rendir frutos. Cuando los contactos pesan más que las capacidades, insistir exclusivamente en la voluntad individual convierte una responsabilidad compartida en una culpa privada.
La democracia también se juega en esa experiencia. La confianza pública se construye al solicitar una beca, buscar empleo o abrir un negocio. Cada oportunidad accesible da razones para creer; cada abuso enseña a desconfiar. El populismo encuentra espacio cuando promete resolver de golpe lo que las instituciones llevan años sin atender.
El Colegio de Economistas propone un Programa Urgente de Empleo Temporal. Puede aliviar la emergencia; vincularlo con capacitación y oportunidades posteriores ayudaría a abrir caminos. Su advertencia sobre la falta de transparencia de la deuda estatal también importa: los jóvenes tienen derecho a saber qué compromisos públicos acompañarán su futuro.
Una respuesta liberal-social debe unir libertad y oportunidades: educación de calidad, seguridad, competencia económica y reglas parejas. En Sinaloa, eso exige conectar la formación con las posibilidades de cada región y escuchar a quienes intentan abrirse paso.
El progreso debe reconocerse en una vida concreta: conseguir trabajo, salir de casa por decisión propia, sostener un hogar y caminar con tranquilidad. La promesa volverá a generar expectativas cuando empiece a cumplirse.
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