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31/10/2026 06:45

La cultura de la desconfianza

“Hijo, cuídate y no le hagas confianza a la gente”, era una frase cariñosa que mi abuela me repetía al despedirnos, pero en esa frase me entregaba una herencia cultural completa, la sospecha como estrategia de vida. Por generaciones, miles de entornos familiares mexicanos han sembrado lo mismo. No ha sido en mal ánimo. Para una mujer que nació en la primera mitad del siglo pasado, en una zona rural del norte del país, con pocas oportunidades, la desconfianza fue una herramienta natural de supervivencia. El problema es que seguimos usándola cuando toca construir.

La cultura de una sociedad —sus normas, sus actitudes, la forma en que se relaciona con el entorno— tiene un impacto sustantivo en su progreso o estancamiento. Y el reto es definir qué nos hace avanzar y qué nos destina al atraso.

La desconfianza erosiona la participación social hasta llevarnos a la apatía. Nos impide trabajar en comunidad, involucrarnos en un patronato, en el coro de la iglesia, en la recuperación de un espacio público o en la marcha por una demanda social justa. Esa desconexión es parte de la cultura y tiene un costo.

La desconfianza es un impuesto invisible que todos pagamos, nos obliga a diseñar sistemas burocráticos densos y costosos, a previsiones personales para darnos seguridad, una reja o una casa en un coto privado.

México tiene una de las tasas de confianza interpersonal más bajas del mundo. Solo 1 de cada 8 mexicanos confía en un desconocido. Bajo esta lógica coordinarnos para lograr cualquier agenda social se vuelve una tarea demasiado compleja. Una sociedad con ese grado de desarticulación termina por caer en el estancamiento.

Esta relación entre cultura y progreso tardó en hacerse visible. Durante mucho tiempo los modelos de desarrollo miraron instituciones, mercados o recursos, y dejaron fuera los hábitos sociales. Pero la posguerra mostró otra cosa, evidenció países que siguieron rutas económicas semejantes y tuvieron destinos distintos. En esa diferencia apareció el peso de la cultura, de las actitudes y de los valores compartidos.

El desafío no está solo en reconocerlo, sino en transformar comportamientos. Ahí se juega una vieja tensión de las democracias: cuánto puede hacer el Estado mediante reglas e incentivos y cuánto depende de una sociedad capaz de organizarse por sí misma. El progreso parece surgir de ese equilibrio.

Una sociedad activa, participativa y vigilante es parte de esa ecuación. Convertir apatía en involucramiento y desconfianza en cooperación exige aprendizaje social. Supone reconocer ciertos hábitos y valores que pueden asumirse como forma de vida y como base de una comunidad más capaz de avanzar.

Lo que hoy es contundente es que nuestro comportamiento cívico abona o resta al avance de todos. Respetar una norma de tránsito, tener responsabilidad ambiental, ética social, participar de agendas sociales, asumir con probidad y responsabilidad una tarea, máxime si es de orden público, son actitudes que suman.

La crisis que hoy vive el INE ante uno de los espectáculos más grotescos de lo que da luces de abuso de poder y corrupción, nos ha llevado a aumentar la desconfianza por encima de la que ya existía de los procesos electorales, sobre todo del que está en ciernes.

Lo que fue exhibido, gracias a la prensa independiente, sin duda no suma a la calificación del árbitro del proceso electoral que es sin discusión un factor importante, pero no determinante de la confiabilidad de un proceso electoral que se desarrolla en principio por ciudadanos.

Se ve poco probable que las fuerzas políticas logren los consensos para designar a un actor que genere confianza en la conducción de este órgano y también se clarifique a la brevedad la actuación de los funcionarios involucrados y se deslinden responsabilidades en el grotesco escándalo.

Lo que sí es viable aunque no menos complejo es que nos volquemos al proceso que viene y a los que siguen, que seamos observadores activos y defensores de los procesos democráticos; asumir hoy una apatía o derrotismo pudiera costarnos más que nunca.

Justo al terminar estas líneas, nos enteramos de la partida del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, artífice de la vida democrática de nuestro país, hombre de ideas y de congruencia, que deja una historia de vida de lucha, legado y ejemplo para las actuales generaciones en defensa de la democracia.

Descanse en paz el Cuate, como cariñosamente le llamaba su padre el General Cárdenas.

Sergio Mario Arredondo.

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