Del Mictlán y los Fieles Difuntos
Mañana es el día de Todos los Santos, y el lunes, el de los Fieles Difuntos. Una de las fechas señeras en nuestro calendario mexicano. Vale decir que la conjunción de estas celebraciones cristianas que ya tienen historia y antigüedad, con la tradición indígena mexicana, que también resulta antiquísima, ha permitido un sincretismo cultural que pone un cimiento poderoso a una fiesta popular y religiosa, particularmente enraizada en nuestros usos y costumbres.
En la tradición cristiana siempre se ha orado por los difuntos, tanto de la familia como la comunidad y la iglesia en su conjunto. La idea es pedir por las almas de los que fallecieron con alguna falta y fueron enviadas al purgatorio, una especie de estación punitiva ligera donde deben pasar por un proceso de purificación antes de acceder a la vida eterna.
Fue un abad de Cluny, uno de los grandes monasterios medievales, San Odilón, que en el año 998, instituyó la festividad de los difuntos en su abadía y en todas las que dependían de ella. Su decisión se basó en la práctica muy extendida de rezar y celebrar misas por los hermanos que fallecieron, los recientes y los añejos. De alguna manera, esa práctica pretende ir conformando la iglesia gloriosa, la de los que participan de la gloria de Dios, después de haber sido salvados; digamos que es la muy humana aspiración de compartir vida y recompensa con amigos, familiares, conocidos y muchos más, hermanados en la salvación.
Entre los grupos indígenas mexicanos los muertos iban a distintos paraísos, no de acuerdo a los merecimientos de su vida, sino a la forma de su muerte: Al Tlalocan iban los que morían por el agua; al Omeyocán, los guerreros caídos en batalla y las mujeres que fallecían en el parto.
Los niños que morían en su primera infancia iban al Chichihuacuauhco, mientras que las almas de los adultos iban al Mictlán, tras un viaje difícil y largo, guiadas por un perro Xoloitzcuintle.
En el calendario nahuatl había tres fiestas dedicadas a honrar a los difuntos, una de ellas en el otoño, que es probablemente el antecedente de nuestra festividad de muertos actual. De inicio hay una coincidencia entre el festejo indígena y el litúrgico: Ambas se sitúan al fin del tiempo de la cosecha en el Hemisferio Norte, son también festividades de la siega. Tiene lógica esperar a ver los frutos del trabajo agrícola para calcular el tamaño de la celebración: A más grano recolectado, más abundante el festejo.
Entre nuestras etnias eso se muestra en los altares de muertos: ahí se colocan tamales, panes y platillos que gustaban a los familiares difuntos, junto con dulces de calabaza o membrillo, y bebidas como pulque, mezcal o cervezas, todo adornado con papel picado de colores y con fotos de los familiares que nos faltan, pero que nos visitarán esa noche: En algunos poblados de la huasteca se ponen caminos de veladoras para guiar a las almas al banquete que les aguarda. Al día siguiente, los habitantes de la casa se dan cuenta que sus difuntos aprovecharon los víveres porque se llevaron el aroma. Ya entonces la familia puede consumir las ofrendas que les compartieron los visitantes nocturnos, y agradecerles su vida.
Porque para los indígenas mexicanos, el día de muertos es festejo para agradecer a sus antepasados; a aquellos que les dieron la milpa, domesticaron el maíz, la calabaza y el frijol, que les enseñaron a cultivarlos y cuidarlos; que les mostraron cómo hacer el nixtamal, las tortillas y los tamales. A cuidar los magueyes, producir el aguamiel y dejarlo fermentar para lograr el pulque; y, eventualmente, a destilarlo y obtener los mezcales. A cazar los conejos y los venados y domesticar al guajolote...
Todo esto, liturgia cristiana y cultura mexicana, es lo que somos, porque lo hemos sido desde antiguo: Es nuestra herencia y también identidad: Debemos disfrutarla, preservarla y agradecerla...
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