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De Tik Tok a la violencia callejera: las claves del fenómeno Blocus
El fenómeno Blocus (bloqueo, en francés) nació en Francia para reivindicar mejoras en los institutos. Pero su expansión por redes sociales a otros países de Europa, incluyendo España, no perseguía la misma motivación. No es un movimiento político, ni una ideología, y mucho menos obedece a los patrones habituales de una protesta social. Esta es la conclusión de los Mossos d'Esquadra, ante una dinámica que nace y se alimenta en plataformas online para instigar a la violencia urbana y el pillaje, como ocurrió el 24 de octubre en el centro de Barcelona cuando el balance de detenidos fue de 133, entre los que 89 eran menores. Una cifra sin precedentes.La principal dificultad para descifrar Blocus es que bajo una misma etiqueta conviven perfiles diversos. Puede haber quien acuda a las convocatorias para sembrar el caos por simple curiosidad, quien busque participar en una protesta, quien se sienta 'atraído' por los disturbios y quien aproveche el desorden para cometer actos vandálicos o robar, explica Joan Caballero, criminólogo especializado en violencia urbana y radicalización. Lo evidente es que quienes acuden a estos llamamientos son los más jóvenes: la media de edad en el caso de los arrestados en el la capital catalana fue de 19 años. Pero también hubo menores que sólo tenían 12. Fuentes policiales sitúan precisamente ahí una de las características centrales del fenómeno: existe un patrón de actuación compartido, pero no se ha acreditado una estructura que dé instrucciones a estos adolescentes. Sí diversos administradores de perfiles, como el usuario 'Fuck AEAT', de 25 años y origen pakistaní, al que la Guardia Civil detuvo en Valencia por «dinamizar» varios canales de Telegrama en los que llamaba a sembrar el caos en las calles de Barcelona, y que este sábado ingresó en previsión preventiva. En estas últimas 48 horas, hubo nueve detenidos más por dinamizar grupos en los que se había lo propio, por eso no se puede hablar de un movimiento «organizado». Blocus sería, bajo esa interpretación, «un fenómeno».La distinción es importante. Analistas de Información no lo encuadran bajo ninguna ideología, reivindicación social, un conflicto laboral o un extremismo. Tampoco consideran que lo ocurrido en Barcelona reproduzca exactamente lo ocurrido en Francia, y es que en territorio galo las protestas partieron de estudiantes y organizaciones sindicales y después derivaron en altercados, saqueos y pillaje. En la capital catalana se habría dado «efecto espejo»: la reproducción de escenas y dinámicas observadas en otros lugares, pero sin una reivindicación clara detrás.El término Blocus procede precisamente de ese contexto francés. Caballero constata que surge entre jóvenes de institutos de París para reclamar mejoras educativas, pero esa etiqueta viaja, y el contenido de esas convocatorias pierde su sentido original. En Barcelona, aunque el primer cartel difundido para el 24 de octubre presentaba la protesta como una reivindicación para reclamar más recursos para la educación, esos carteles primigenios derivaban en grupos cerrados donde se alentaba a la violencia. De hecho, el fondo de la imagen de esos carteles, la plaza de Cataluña entre fuego y humo, ya levantó las sospechas de los investigadores. La convocatoria se difundió a través de perfiles de nueva creación en plataformas como TikTok, Telegram e Instagram. Algunos carteles remitían a comunidades de WhatsApp, donde se compartía información sobre vestimenta oscura, itinerarios y puntos de encuentro, así como comercios a saquear. La Policía catalana contabilizó más de un centenar de carteles en la red y detectó elementos visuales y lingüísticos en ellos que considera incongruentes: textos en castellano acompañados de banderas independentistas; símbolos anarquistas o la corona asociada a los Latin Kings. Al estar creados con inteligencia artificial, el objetivo de los investigadores es rastrear su trazabilidad. Hay otro elemento clave: su difusión tampoco fue masiva desde el principio. Según la valoración de Información, el impacto inicial en redes no alcanzó dimensiones extraordinarias: en algunos grupos había entre 30 y 105 integrantes, por lo que no se preveía una asistencia masiva a la convocatoria. La amplificación de la misma creció en las últimas horas. En los canales aparecieron referencias a «hacer un París» y a dirigirse hasta la tienda Apple, coincidiendo con el lanzamiento de un nuevo modelo de teléfono.Para Caballero, el funcionamiento de estas convocatorias debe entenderse también desde la dinámica de los grupos y la atracción que puede ejercer la violencia. El criminólogo sostiene que en Barcelona confluyeron perfiles diferentes: adolescentes atraídos por la curiosidad o el gamberrismo, aquellos focalizados en el pillaje y otros participantes con experiencia en escenarios de violencia urbana. También constata la presencia de jóvenes vinculados a determinadas subculturas callejeras, que encuentran en una determinada estéticas, códigos de pertenencia y comportamientos una forma de identidad. Entre ellos menciona a los denominados 'tcharmiles', un fenómeno urbano que nació en los barrios marginales de Marruecos y se ha expandido a Europa occidental. También a quienes se identifican con la cultura MDLR, 'Mec de la rue', por sus siglas en francés, o 'chico de la calle', término popularizado en España por el cantante Morad.El criminólogo los describe como una subcultura juvenil con inclinación hacia las conductas disruptivas, en las que el gamberrismo y la atracción por el comportamiento delincuencial forman parte de esa identidad. «Lo que está sucediendo en Barcelona es una combinación de todo esto», sostiene. El experto recuerda que en los disturbios de la semana pasada, los participantes siguieron las tácticas del 'Black Block', «una serie de instrucciones» que permiten actuar de manera coordinada y dificultar su identificación por parte de la Policía: vestir de negro, cubrirse el rostro y recurrir a barricadas o enfrentamientos con los agentes. Antiguas prácticas de violencia urbana que ahora se difunden en formatos digitales. Otro elemento relevante es la percepción de anonimato que aportan las redes, así como la sensación de impunidad cuando se actúa en grupo. En ocasiones, también bajo el efecto de imitación. Los jóvenes pueden sentirse menos expuestos a las consecuencias de sus actos, recuerda Caballero, para explicar cómo la conducta de un individuo puede cambiar al integrarse en el grupo: alguien que en circunstancias normales no quemaría un contenedor, o no robaría en un comercio, puede acabar haciéndolo al ver que otros lo hacen. La masa, la excitación del momento y la sensación de impunidad pueden facilitar esa incorporación progresiva a los disturbios.El pillaje constituye una dimensión específica del fenómeno. En ocasiones, tras manifestaciones convocadas con una reivindicación, se producen determinados episodios de violencia urbana: de destrozos y ataques a la policía, al asalto a comercios. Pero en este caso, el de Blocus en Barcelona el 24 de octubre, no hubo una protesta previa, bajo un lema o bandera, sino que la convocatoria fue únicamente para sembrar el caos. En cuanto a que los causantes de los altercados sean adolescentes, Caballero considera que la búsqueda de pertenencia y la fascinación por las imágenes de disturbios que circulan por internet pudieron favorecer su participación. Lo mismo indican los investigadores, que no descartan el denominado efecto 'fomo' ('fear of missing out', por sus siglas en inglés); miedo a pederse algo. Es decir, que algunos menores o jóvenes se uniesen a las algaradas tras ver videoclips compartidos en Tik Tok con los saqueos de París.En cuanto a antecedentes policiales previos, sólo 29 de los 133 detenidos en Barcelona tenía. De ellos, 18 eran adultos, y el resto menores de edad. Sólo dos de ellos por desórdenes públicos. Las pesquisas tratan ahora de perfilar a detenidos e identificados, y comprobar si, entre otras cuestiones, algunos de ellos comparten centro educativo. La mayoría procedía de Barcelona y de la primera corona metropolitana. Del total, casi el 65 por ciento cuenta con la nacionalidad española. Blocus plantea, en definitiva, un abordaje muy distinto del que requiere cualquier otro tipo de una movilización. No existe una reivindicación compartida que permita explicar la expansión del fenómeno más allá de Francia, ni una organización a la que atribuir el conjunto de convocatorias difundidas. Hay sólo una etiqueta, diversos carteles difundidos en las plataformas, y una llamada a la violencia callejera que perpetran los más jóvenes. Los interrogantes son quién impulsa o magnifica esas convocatorias y cómo una llamada difundida en redes puede derivar en violencia callejera.
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