Noviembre nos sopla en la nuca
Murió Dolores Huerta, la mujer a la que nunca le tembló la voz para defender las causas de los inmigrantes y de los trabajadores del campo. Tenía 96 años. Una vida larga, sí, pero sobre todo intensa. Casi cien años de lucha, desafíos y batallas que no parecen caber en una sola biografía.
La conocí una vez. Conversamos brevemente sobre la lucha campesina. Me impresionó su vitalidad. Esa fuerza casi intacta después de nueve décadas. Esa manera de estar de pie frente a la vida, como si los años fueran apenas una cifra y no una sentencia.
Yo, en cambio, con mis cincuenta a cuestas, camino más despacio. Lentico, como decimos por acá. Pasitos pequeños, pero seguros. Firmes. Resolutivos. A fin de cuentas, una Capricorniana no necesita correr para llegar. Necesita saber hacia dónde va.
Y mientras uno sigue caminando, llegan las despedidas. También murió Elizabeth Toledo, una amiga a la que admiré profundamente. Precursora de las artes latinas. Pintora. Amante de la música mexicana. Se deleitaba con La Llorona y convirtió el Centro de Artes y Cultura Latina de Arizona en un punto de encuentro para artistas latinos, como yo. Construyó un lugar donde el arte, la música y la comunidad encontraban casa.
Me sorprendió tu muerte, Elizabeth. Estuviste cerca cuando a mí casi me lleva la pelona. Y mira tú. Un poco antes te fuiste. Así es esta cosa de la vida. Uno hace planes y, de pronto, alguien se adelanta en el camino. Ya nos alcanzaremos.
Y como si noviembre quisiera adelantarse al Día de Muertos, octubre también se llevó a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del general. El último político de esos que ya casi no se dan. Firme. Serio. Conocedor de la historia porque la llevaba en la sangre, pero también porque la entendía como responsabilidad.
Fue el hombre que debió ser presidente de México. El candidato de izquierda al que le robaron descaradamente la banda presidencial en 1988. Aquel fraude que marcó una generación y que convirtió su nombre en sinónimo de una lucha que nunca terminó de saldar sus cuentas con el poder.
Con Cárdenas se va uno de los últimos bastiones del cardenismo. También una manera de hacer política, sin estridencias, con la convicción de que el poder no necesita espectáculo y que la historia, cuando se conoce, pesa.
Con noviembre soplándonos la nuca lamuerte parece restregarnos: “Mira, aquí estoy”. Y con este anuncio de despedidas lo deja claro.
Así que, como buena mexicana, hice loque aprendí desde niña: honrar a nuestrosmuertos. Agarré mi pala jardinera, un galón de agua y dos ramos de cempasúchil, yme fui el viernes temprano al panteón.
Ahí me senté con paciencia. No habíamucho que hacer, limpiar una lápida sencilla, poner las flores y encender veladoras.
En realidad, lo más importante que harépor mis muertos no será en el panteón. Tampoco con estas letras desatinadas que escribo ni publicando sus fotografías en las redessociales. Será en el silencio de mi habitación,cuando eleve mis oraciones a Dios por ellos.
Entre mis plegarias estarás tú, Elizabeth. Mi madre. Mis abuelos. A Dolores y aCuauhtémoc que los recuerde el mundo. Yome quedaré con mis muertos.
*- La autora es periodista inmigrante.
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