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31/10/2026 21:10

Hortaleza, el pueblo que sobrevivió a Madrid

Hortaleza dejó que Madrid creciera sin cambiar el paso. Todavía quedan personas que recuerdan lo lejos que estaba la ciudad y el viaje en autobús para comprar en el centro. Lo mejor, como en todo, volver. No necesitaba ni más vecinos, ni edificios, ni ajetreos, porque su ritmo era el que quisieron. Poco a poco la ciudad fue poniéndose a su lado y se miraba la sombra de lo que crecía entre el desencanto y la pasividad. «Sigue que yo aquí me quedo», pensó este pueblo que se hizo barrio. Madrid lo dejó dentro de ella sin preguntar, pero no consiguió borrar ni una sola de sus grietas. Durante siglos, Hortaleza lavaba los trapos sucios de la Villa. Los hombres recogían la ropa de las familias con parné y las llevaban en burros y mulas hasta allí para que las mujeres las dejaran limpias. En el siglo XVIII, más de la mitad de Hortaleza trabajaba en algo relacionado con lavar, y comer caliente era sinónimo de una colada impoluta. Por eso en 1931 inauguraron un lavadero municipal que pagaron entre todos sus vecinos. Aquella construcción se convirtió en el centro de las conversaciones, mientras la ropa se secaba, los de allí comían, hablaban, pensaban o jugaban mientras se arreglaban las preocupaciones de los habitantes. Posiblemente de alguna de esas charlas salió la idea de fundar una peña a la que llamaron La Sartén. A medida que la gloria llenaba el pueblo, la familia Colino decidió abrir El Garnacho, un mesón que servía las mejores chuletitas de cordero de Madrid. La decoración era lo menos importante porque allí se iba a comer, en una cueva de otro tiempo, entre tinajas enormes y al lado de un patio con pesebres en el que todos los comensales se igualaban por la felicidad de la buena mesa. Allí se juntaron Ava Gadner, Di Stéfano o Samuel Bronston con todo el equipo rodaje de sus películas. Mientras los chavales vigilaban los coches esperando una buena propina, sus padres seguían lavando Madrid y esta avanzaba por arriba y abajo dejando que los sueños se hicieran realidad a la sombra de las grúas. Como fue el caso de Luis Aragonés, el hijo de Poli, que hizo del balón una parte de su pie entre calles de arena y los altos en los que se partían en duelo contra Canillas lanzándose piedras. En ese tiempo, los hortalinos levantaban sus casas ayudándose unos a otros, creando un vínculo inquebrantable de vecindad. «Máteme usted, pero no me mienta», dijo el Sabio, para que todos fuésemos parte de esa manera de entender la vida de las personas que merecen la pena. Y aunque la fiesta por San Matías la cambiaran de fecha, cada 24 de febrero los viejos siguen contando lo que fue Hortaleza mientras toman un vino en Casa Florencio, que más que un sitio es la memoria de sus mejores años. Hace 76 años, Madrid decidió quitarle la autoridad municipal, pero Hortaleza no se dejó tampoco borrar del mapa. La ciudad siempre ha crecido sobre sus antiguos pueblos y de aquí también robó sus campos. Las bodegas, los caminos y los sembrados fueron desapareciendo. Las viñas se sustituyeron por avenidas, los arboles por semáforos y ahora hay centros comerciales donde antes hubo horizonte. Pero aún con todo, los vecinos siguen siendo de Hortaleza antes que de Madrid, porque mientras una historia, una leyenda o un pasado se siga contando antes de la partida de mus de Florencio, Hortaleza seguirá siendo suya por mucho que arramplemos con nuestras lindes. Y es que pertenecer a un lugar no es baladí cuando todo se parece cada vez más. Son esos sitios en los que las personas se paran a charlar cuando se encuentran por la calle, cuando preguntan por tu abuelo recordando lo que se tomaba en el bar, cuando aún se ríen porque te pusiste demasiado simpático por esa copita de anís o de garnacho de Hortaleza que te dieron al salir de la misa de San Matías. Menudos encierros se organizaban cuando se traían las reses desde Los Cenagales. O cuando una de sus fiestas patronales resucitó gracias a que sus vecinos se negaron a que construyeran sobre las tumbas de sus abuelos. Eso es Hortaleza que, aunque ahora sea Madrid, nunca dejará de ser a su manera. Hay pueblos que conservan todo lo que fueron, pero lo hacen por costumbre, por tradiciones. En Hortaleza defendieron a sus muertos para que el pueblo siguiera vivo. Y no conocemos centrificación que acabe con eso.
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