La búsqueda de la santidad como camino hacia la felicidad
- <i><b>Fotos: Archivo</b></i>
<i><b>El Día de Todos los Santos invita a recuperar el sentido profundo de una celebración que va más allá de la memoria de quienes alcanzaron la gloria de los altares. Para el sacerdote Víctor Luis Cabañas, fundador del canal católico Ñandejára Ñe’ê, la santidad no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una vocación que compromete a todos los cristianos con la búsqueda de la felicidad, la realización personal y el amor al prójimo.</b></i>
Cada 1 de noviembre, la Iglesia católica celebra el Día de Todos los Santos, una fecha que recuerda a quienes, a lo largo de la historia, hicieron de su vida un testimonio de fe y entrega. En Paraguay, la jornada también se entrelaza con las costumbres populares y con las visitas a los cementerios, donde muchas familias se acercan a recordar a sus seres queridos fallecidos. Sin embargo, detrás de estas manifestaciones de devoción y memoria, existe una invitación que trasciende los rituales: comprender la santidad como una posibilidad concreta de la existencia humana.
El sacerdote Cabañas propone volver a ese significado esencial. Para él, la solemnidad no debería limitarse al homenaje de figuras veneradas por la Iglesia, sino convertirse en una oportunidad para reflexionar sobre el compromiso que cada cristiano asume con su bautismo. La santidad, en esta perspectiva, no constituye una meta distante ni una condición reservada a personas extraordinarias, sino un camino de realización personal y de búsqueda de la felicidad.
“Estas personas son igualitas a nosotros”, afirma Cabañas al referirse a los santos. La diferencia, explica, radica en que ellos fueron capaces de vivir profundamente su bautismo, asumiendo con seriedad las exigencias de la fe. En sus vidas, la creencia religiosa dejó de ser una declaración de principios para convertirse en una forma de actuar, de relacionarse con los demás y de afrontar las dificultades.
Esta mirada propone una concepción cercana de la santidad. No se trata necesariamente de realizar grandes hazañas ni de protagonizar acontecimientos excepcionales, sino de responder, desde la propia existencia, a una vocación que compromete a la persona en su totalidad. Ser santo significa, en definitiva, buscar una vida plena, orientada por valores que permitan no solo la realización individual, sino también el bienestar de quienes nos rodean.
<b>ORIGEN</b>
La historia de la celebración ayuda a comprender cómo se fue construyendo esta tradición. Desde los primeros siglos del cristianismo, las comunidades comenzaron a recordar a los mártires que habían entregado su vida por Cristo. Su fidelidad, incluso frente a la persecución y la muerte, los convirtió en ejemplos de perseverancia y compromiso con la fe. Posteriormente, la festividad adquirió una dimensión más amplia y se consolidó como una celebración dedicada a todos los santos.
Cabañas recuerda que la conmemoración de los mártires ya existía en el siglo IV, mientras que la celebración de Todos los Santos se extendió durante los siglos posteriores. Más allá de las etapas históricas de su institucionalización, el sentido de esta tradición permanece vinculado a la memoria de quienes hicieron de sus convicciones una forma de vida.
Los santos aparecen así como testigos de una fe llevada hasta sus últimas consecuencias. Su legado no reside únicamente en los sacrificios que realizaron, sino también en la capacidad de transformar sus creencias en acciones concretas. Son modelos porque demostraron que los principios religiosos pueden orientar la conducta humana aun en circunstancias adversas.

<b>SIGNIFICADO</b>
Pero ¿cómo trasladar ese ejemplo a la vida cotidiana? Para el sacerdote, el primer paso consiste en comprender qué significa realmente la santidad. De ahí la importancia de la catequesis, entendida como un proceso de formación que permite conocer el mensaje cristiano y descubrir sus implicancias para la existencia.
Así, la vida, la realización y la felicidad de las personas no serían cuestiones ajenas a la experiencia religiosa, sino dimensiones centrales de una existencia orientada hacia Dios.
Desde esa perspectiva, la santidad no puede separarse de la vida concreta. Se expresa en las decisiones diarias, en la manera de tratar a los demás, en la responsabilidad asumida frente a la comunidad y en la disposición para actuar con justicia y solidaridad. La fe encuentra su sentido más profundo cuando deja de ser una práctica aislada y se convierte en una conducta capaz de transformar la realidad.
Por eso, honrar a los santos supone algo más que recordar sus nombres, venerar sus imágenes o participar de una celebración litúrgica. Implica intentar reproducir en la propia vida los valores que ellos encarnaron. Cabañas insiste en la necesidad de conocer el mensaje de Cristo y llevarlo a la práctica, especialmente a través de los mandamientos, cuyo núcleo fundamental se resume en el amor a Dios y al prójimo.
<b>SÍNTESIS</b>
En esa síntesis se encuentra una de las claves de su reflexión. La santidad no se mide únicamente por la intensidad de la devoción personal, sino también por la capacidad de amar y contribuir a la felicidad de los demás. Quien busca realizarse sin considerar a quienes lo rodean pierde de vista una dimensión esencial de la propuesta cristiana: la vida plena no puede construirse al margen de la comunidad.
El sacerdote encuentra en la Biblia una fuente inagotable para descubrir ese camino. En sus páginas, señala, se despliega una propuesta de vida que invita a comprender la voluntad de Dios y a encontrar en ella una orientación para la felicidad humana. Leer, interpretar y llevar a la práctica ese mensaje constituye, en consecuencia, una forma concreta de aproximarse al ideal de santidad.
La celebración del 1 de noviembre adquiere así un significado que supera la evocación del pasado. Los santos pertenecen a la memoria de la Iglesia, pero su ejemplo interpela el presente. Sus historias no están destinadas únicamente a la admiración, sino que ofrecen preguntas sobre la manera en que cada persona vive sus convicciones, ejerce la solidaridad y asume su responsabilidad hacia los demás.
La mejor manera de celebrar el Día de Todos los Santos, entonces, no consiste únicamente en recordar a quienes alcanzaron la santidad, sino en intentar vivir de acuerdo con los valores que guiaron sus vidas. Porque, si la santidad es un camino hacia la felicidad, su expresión más auténtica se encuentra en una existencia capaz de encontrar sentido en el amor, hacer el bien y contribuir a que también los demás puedan vivir plenamente.
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