Del "efecto Lucifer" a la teoría de las ventanas rotas: la psicología tras la violencia juvenil sin reivindicación
Durante semanas se han organizado dispositivos especiales para la noche de Halloween. Las grandes ciudades buscaban evitar otro estallido de disturbios como los vividos en Barcelona el pasado sábado. Se buscan razones a la banalización de la violencia y Blocus está en el punto de mira. Aunque en los últimos días varios miembros hayan sido detenidos y el grupo anónimo haya borrado pistas y cuentas, todavía circulaban convocatorias en distintas ciudades para armarla el sábado. Pero si ampliamos la mirada hacia un plano cenital, las similitudes con las oleadas de altercados de otros países europeos plantean, quizá, una respuesta múltiple.
A lo largo de los últimos días se han trazado distintas hipótesis que van desde la lógica del contexto (el coste de la vida y la crisis de las instituciones), la teoría de la injerencia extranjera (actos de zona gris o estrategias híbridas que buscan fragmentar la sociedad para debilitar un país), la infiltración de grupos extremos, radicales y antisistema hasta el nihilismo moral o frustración juvenil. Cada país tiene su propia idiosincrasia y aunque varios estados europeos afronten horizontes parecidos, como los electorales, o problemáticas similares, como el elevado coste de la vida, podría resultar escaso otorgarle una sola razón a cada estallido. Más aún cuando una reivindicación justificada se tergiversa y utiliza para otros fines como son el vandalismo o la desestabilización, o cuando directamente no hay pancartas.
Además de teorizar sobre quién está detrás, puede resultar útil comprender quién está delante: los jóvenes. En muchos casos, menores. Hay una enorme distinción entre quienes se manifiestan legítimamente, quienes lo hacen violentamente y quienes aprovechan la convulsión para saquear negocios y quemar las calles sin pancartas ni reivindicaciones. ¿Qué lleva a un chaval de 14 años a incendiar contenedores sin causa?
Este fenómeno puede observarse desde tres ángulos. El primero es el motor, quien organiza e instiga. El segundo es la rueda, los motivos personales. El tercero es la dirección, la deriva. El motor puede ser cualquiera de las hipótesis antes citadas. La rueda es la situación personal del joven que acepta la violencia y la dirección es el resultado del contagio por contexto, los actos vandálicos. A falta de que el primer paso sea determinado por la investigación de las autoridades, vamos a enfocarnos en el segundo y tercer ángulo.
De los 130 detenidos el pasado sábado 23 en Barcelona, más de 70 son menores. Si observamos las imágenes de cualquiera de los disturbios encontraremos siluetas de individuos jóvenes también en los altercados de otros países. En el caso catalán, tanto de origen español como de origen extranjero, de ellos, generalmente magrebí. Pero más allá de los organizadores o instigadores, quienes se adhieren a los disturbios son principalmente jóvenes sin lazos previos con organizaciones extremistas.
El efecto Lucifer es un concepto desarrollado por el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo que explica cómo personas aparentemente normales, sin una predisposición especial hacia la violencia, pueden llegar a cometer actos inmorales cuando se encuentran en determinadas circunstancias sociales. La idea central es que el comportamiento no depende solo de la personalidad o los valores, sino también del entorno, la situación, las normas del grupo y las relaciones de poder. En este proceso entra en juego la desindividualización. Al integrarse en un grupo se amplía el anonimato y se experimenta una menor sensación de responsabilidad individual. Esto puede provocar una desconexión moral, deshumanización y conformidad grupal.
La teoría de las ventanas rotas fue formulada en los años ochenta por el politólogo James Q. Wilson y el criminólogo George L. Kelling. Plantea que los pequeños signos de desorden y abandono en un entorno pueden favorecer la aparición de conductas delictivas más graves. La tolerancia hacia cierto deterioro transmitiría la sensación de ineficacia e inexistencia de normas. Imagine un edificio abandonado en el que hay una ventana rota. Si nadie la repara podría indicar que nadie lo vigila. Esta señal puede favorecer que otros rompan más elementos. Menor protección, más riesgo de delincuencia. Llevado a la situación que nos atañe, si a una mente joven se le instaura la idea de que las instituciones no funcionan, el estado no los protege, no hay futuro y la realidad ya está quebrada, habrá menos límites para unirse a romper el orden.
¿Puede un joven ejercer violencia simplemente porque nada le importa? ¿La ausencia de sentido, valores o expectativas de futuro podrían favorecer la violencia gratuita? El concepto de nihilismo puede tener también cierta cabida al analizar no tanto las causas sino las explicaciones de algunas participaciones individuales. Cuando ya nada importa, la indiferencia en ciertos casos podría llevar al comportamiento destructivo. Pero esto por sí solo no basta. Se suma el contexto. El grupo. Y la instigación. Y en noches como la de Halloween, se suma el anonimato de las máscaras, el alcohol, la fiesta, la desinhibición.
A menudo la violencia parece sin sentido, pero siempre tiene una o varias explicaciones (no justificaciones) que no necesariamente se excluyen entre sí. Si al eco de lo ocurrido en otros países se suma la sensación de desprotección, la instigación externa, el descontento, el contagio y la juventud, ya hay varios ingredientes del cóctel. Añadamos a esto rabia, frustración, inmadurez y masa. Para manejar todas las variables que concurren en la conducta juvenil es necesaria la educación, que también incluye formas de control. Los padres de los menores detenidos asumirán la responsabilidad civil de sus hijos menores, pero cabe asumir también mayor control de lo que hacen: sus mayores también son responsables.
Ver nota original ↗
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
