La mafia de la falsificación que arruina la marca de Gael: "Voy con mi mujer por la calle y le digo 'mira, otra copia de mi camiseta'"
Los primeros meses en España del diseñador francés Gael L. con su nueva marca de ropa iban viento en popa. La marca Pirate Gang Paris, con sus característicos diseños con estética streetwear a base de pedrería y acabados brillantes empezó a ser habitual entre famosos raperos, reguetoneros y estrellas televisivas varias.
Su empresa, con sede en Valencia, empezó a extenderse con rapidez, abriendo hasta seis tiendas en centros comerciales, sacando nuevas colecciones y llegando a tener 15 empleados en plantilla. Pero a medida que el negocio crecía y triunfaba, Gael empezó a detectar de forma cada vez más habitual falsificaciones de sus diseños en plena calle.
Dos años después, se siente frustrado ante la inacción policial y su empresa se ahoga por las deudas mientras las falsificaciones se multiplican con origen en Cobo Calleja. Este polígono industrial ubicado al sur de la ciudad de Madrid alberga uno de los principales centros de distribución mayorista vinculados al comercio chino en España, que ha sido escenario de varias operaciones policiales contra la comercialización de productos falsificados. Las falsificaciones de sus camisetas se pueden incluso obtener fácilmente a través de la famosa plataforma TikTok Shop ante la impotencia del diseñador francés.
"Los primeros seis meses me dije: 'Ya, no pasa nada, la Policía aquí no tiene muchos efectivos. No pasa nada, cada país tiene un poquito sus problemas'. Pero cuando he visto que pasan dos años y que la Policía no actúa, siento una enorme frustración", declara el diseñador, que ha hecho llegar su historia a 20minutos a través de nuestra comunidad, Ciudadano20. "Voy a Madrid o voy al hospital en Valencia, voy a cualquier lugar, y te prometo que cuando salgo con mi mujer a la calle, le digo "mira, mi amor, otra copia de mi camiseta'".
Investigaciones que se extienden durante años
El impacto de las falsificaciones en el sector textil no se limita ya a los mercadillos o a la venta física. Internet y las redes sociales permiten que productos falsificados lleguen rápidamente a los consumidores a golpe de clic. Según un estudio conjunto de la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO) y la OCDE, las ventas online representaban el 60% de las incautaciones mundiales de productos falsificados.
Otro estudio, elaborado por la empresa suiza SICPA, calcula unas pérdidas directas de ventas por falsificaciones de 5.700 millones de euros al año en España y 44.700 empleos perdidos. En el sector de la confección, se pierden alrededor de 1.000 millones de euros -el 3,7% de las ventas- y 11.208 empleos cada año por este motivo.
"Es importante entender que las falsificaciones no afectan únicamente a grandes marcas, sino que también afectan a las marcas emergentes. Estas firmas emergentes que cuentan con un capital muy limitado tienen como principal activo sus diseños, su creatividad o su capacidad para impactar en las personas a través de campañas de marketing o redes sociales", declara Gerard Guiu, director general de la Asociación para la Defensa de la Marca (Andema). "El problema para estas firmas emergentes es que en muchas ocasiones no disponen de los recursos económicos o los conocimientos jurídicos necesarios para defender y proteger sus derechos de propiedad industrial y luchar así contra las falsificaciones".
En julio de 2024, la Agencia Tributaria y la Guardia Civil anunciaron la intervención de más de seis millones de productos falsificados en una operación relacionada con cinco operadores logísticos de Cobo Calleja, incluidos numerosos productos textiles. La investigación partió de la denuncia de una de las marcas afectadas. Las investigaciones, sin embargo, pueden extenderse durante años y para muchas marcas pequeñas pueden ser plazos que hagan inviable su supervivencia en el tiempo.
En cuanto a las dificultades que suponen perseguir a vendedores que operan desde polígonos comerciales como Cobo Calleja y que, además, venden sus productos a través de TikTok, el abogado Octavio Gil, manager de Derecho Digital y Derecho Civil en RSM, "los principales problemas residen en una correcta y suficiente identificación de los infractores tanto en los perfiles de venta en las plataformas como en la titularidad real de las falsificaciones o de los establecimientos donde se encuentran, así como en la acreditación del vínculo entre el anunciante en una plataforma y la titularidad real de las falsificaciones. A esto han de unirse las dificultades derivadas de rotación o pluralidad de naves o perfiles en plataformas e incluso la proliferación de nuevos infractores tras el bloqueo de los iniciales".
"Estoy perdido"
Ante la inacción policial y viendo con impotencia cómo las falsificaciones de su marca seguían proliferando, Gael comenzó a investigar por su propia cuenta. Llegó a comprar ropa de su marca falsificada para obtener el número de cuenta donde tenía que hacer la transferencia, con sede en Bélgica, localizó a la empresa de donde partían en Cobo Calleja, y certificó que las ventas por TikTok eran falsificaciones de su marca que los vendedores hacían de manera consciente. Archivó videos y fotos y llegó incluso a contratar un detective privado, pero toda esa investigación sigue sin haber obtenido ningún fruto, a la espera de un informe policial que nunca llega.
Entre tanto, las falsificaciones siguen haciendo estragos en sus finanzas y en la viabilidad de su empresa. No puede lanzar nuevas colecciones, ha perdido clientes profesionales y se enfrenta a una importante deuda. El impacto es tanto profesional como personal, afectando su calidad de vida y generándole un sentimiento de vergüenza y desesperación.
"Como los chinos me copian, nosotros intentamos bajar el precio, pero, cuando tú bajas el precio, tampoco ganas dinero. Este año no saco la colección de invierno. Primero porque tengo deuda. Segundo porque cada vez que yo saco un diseño, pongo una protección en Europa, y después los chinos me falsifican. No voy a hacer más colecciones, estoy perdido", lamenta el diseñador francés. "Yo soy autista de grado 1, con IQ de 136. Todo lo que me afecta, me afecta más y, psicológicamente, no puedo más. Antes tenía un ritmo de vida que no es el mismo que ahora. Ahora siento vergüenza cuando voy a hablar con los jefes de la fábrica, porque soy yo que tengo la deuda, deuda, deuda…".
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