Padre Manuel Ceballos García: Homilía dominical

“BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN”
Hoy es la fiesta del pueblo de Dios, de los Santos canonizados y no canonizados, de los Santos vivos y difuntos. Es la fiesta de la Santidad escondida y silenciosa. Es la fiesta de todos aquellos hermanos que oraron en secreto, se perfumaron mientras ayunaban, cuya mano izquierda nunca supo de la limosna que daba la mano derecha. Es la fiesta de quienes vivieron desde la fe, su pobreza, el hambre, el sufrimiento, el llanto, la incomprensión, la persecución. Es la fiesta de los pacíficos, los misericordiosos, los limpios de corazón…
Porque eso es la Santidad, reconocida oficialmente o no. Son los “preferidos” de Dios. Los primeros cristianos declaraban Santos a los bautizados, porque en ellos vivía el Espíritu Santo.
La pureza del corazón es la voluntad recta, es la ausencia de intenciones torcidas y la búsqueda de Dios con todas las fuerzas. El que ama a Dios limpiamente lo encuentra. Serán hijos de Dios, porque Dios es “un Dios de paz”. Claro que esta paz no llueve del cielo sin esfuerzo de la persona; por eso, a veces hay que luchar mucho para conseguirla. Ahora bien, no confundamos a los pacíficos con los simples pacifistas, y mucho menos los confundamos con los “tranquilos y despreocupados”.
Los Santos llevan sobre la frente un sello: es el signo de una pertenencia, porque con el sello Dios confirma su voluntad, su aceptación. Ellos están completamente consagrados a Dios. Y en sus manos los Santos tienen una palma, el signo del triunfo y, también, el signo del martirio. Porque el dolor, la renuncia de sí mismos no causan muerte sino gloria, no producen fracaso sino vida y felicidad. En la santidad es decisivo el dejarse conducir por la gracia de Dios y por su amor.
Ver nota original ↗
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
