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01/11/2026 04:00

La marcha Radetzky

Escuché en días pasados una maravillosa interpretación de la Marcha Radetzky, excelente pieza musical escrita en 1848 por el músico austriaco Johann Strauss (padre), e inmediatamente vino a mi recuerdo una época que disfruté enormemente: mi primaria mayor, como ahora le llaman, es decir, cuarto, quinto y sexto grados, y que quiero compartir con ustedes esta mañana.

En mis tiempos no existía el kindergarten; su equivalente era Parvulitos, que se cursaba uno o dos años antes del primero de primaria. Los horarios de las clases eran muy distintos a los de hoy, pues entrábamos a las nueve de la mañana, salíamos a las 12 del día, regresábamos a las tres de la tarde y salíamos a las cinco, de lunes a viernes. Los lunes, invariablemente, había honores a la Bandera y era obligatorio asistir con uniforme de gala.

El horario de entrada a las nueve de la mañana era conveniente, pues llegábamos a la escuela debidamente bañados y desayunados. Se modificaron los horarios en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos para que asistiéramos más temprano y en horario continuo. Allí surgieron los desayunos escolares que impulsó la entonces primera dama del país, doña Eva Sámano de López Mateos, al crear el INPI, Instituto Nacional de Protección a la Infancia.

Cuando entrábamos a las nueve de la mañana, era muy difícil que alguien llegara tarde a la escuela porque el horario era muy cómodo y, gracias a que por la tarde, a las cinco, ya estábamos libres, contábamos con tiempo suficiente para hacer tareas, jugar, merendar y dormirnos temprano. Así podíamos tener, al igual que nuestros papás, las horas suficientes de sueño para amanecer descansados y con ganas de estudiar y trabajar, lo que ahora es imposible porque los días se hacen cada vez más largos y las noches cada vez más cortas, sobre todo porque nos desvelamos viendo la televisión o entretenidos con los teléfonos y las tabletas, y cuando acordamos, ya es de madrugada.

Cinco minutos antes de las nueve de la mañana, en las bocinas de la escuela se escuchaba la música. “Ya pusieron el disco —decía mi mamá—, hay que apurarnos para que no llegues tarde a la formación”. Unas veces mi santa madre me llevaba a la escuela cuando tenía que ir al centro a comprar cosas a la mercería o a hacer el mandado en el Mercado Corona, ya que ella acostumbraba irse a misa de ocho al Templo Expiatorio y, al salir, nos íbamos caminando a la escuela. Otras veces iba acompañado de mi papá —era cuando llegaba más temprano—, pues salíamos de la casa a las ocho para irnos con calma por nuestra ruta de siempre: Libertad, Tolsa, pasábamos frente al Expiatorio y bajábamos por Madero hasta Parroquia (hoy Enrique González Martínez).

Mi escuela, el Colegio Allende, donde hice quinto y sexto grados, estaba a un lado del templo de Nuestra Señora del Pilar, de muy gratos recuerdos para mis papás, pues se casaron allí, en la capilla adjunta, la de María Reparadora. La escuela estaba en Parroquia 172, lugar donde estuvo ubicada la casa del poeta Enrique González Martínez, en cuyo honor le cambiaron el nombre a la calle.

La rutina de mi padre era diferente de la que seguía mi mamá. Él me dejaba temprano en el colegio y de allí se iba caminando al centro. Antes de acudir a los juzgados, iba al templo de Nuestra Señora de la Merced a visitar al Santísimo Sacramento y, ya de allí, rotonda de por medio, estaba en la Plaza de la Liberación para ir a otro templo, al de la Justicia, en Hidalgo 190, donde estaban los juzgados.

¿Qué tiene que ver la Marcha Radetzky aquí? Como dicen los jóvenes reporteros: dejen les cuento. Era la que nos ponían cuando avanzaban los grupos de mi escuela hacia nuestros respectivos salones después de la formación en el patio central.

Todos los alumnos nos formábamos por grados escolares: parvulitos, primero, segundo y así hasta sexto año. En ese tiempo, el colegio solo tenía primaria.

En punto de las nueve de la mañana daban un toque de campana y todos ya teníamos que estar en silencio y formados. La directora tomaba el micrófono, nos saludaba y respondíamos al unísono. Su primera orden era: “¡Tomar distancia!”. Inmediatamente extendíamos los brazos hacia ambos lados para apenas tocar la punta del hombro del compañero de al lado y luego hacia el compañero de adelante. En unos segundos estábamos en perfecta formación. No estábamos apeñuscados, como se decía antes.

La directora nos daba algunos avisos, por ejemplo, cuando se acercaba alguna conmemoración, como el natalicio de Benito Juárez, las Fiestas Patrias, el Descubrimiento de América o el aniversario del inicio de la Revolución, y exhortaba a maestros y alumnos a poner todo de su parte para participar en los festivales que se organizaban. También nos avisaba de la proximidad de las juntas de padres de familia o nos leía la cartilla sobre cuestiones disciplinarias generales de la escuela. Finalizados los anuncios, después de desearnos buen día, nos decía: “¡Atención! ¡Avancen!”. Un toque de campana y, acto seguido, empezaba a escucharse la Marcha Radetzky, y todos, con paso marcial, iniciábamos el ingreso a los salones de clases. Me gustaba mucho y lo recuerdo con beneplácito.

A veces no la ponían y, en su lugar, se escuchaban marchas militares como Ecos de México, de Clemente Aguirre; la Marcha del Heroico Colegio Militar; la Marcha Dragona, y la Marcha de Zacatecas. La música nos motivaba y toda la rutina de la formación nos fue precisamente formando, llevándonos por los caminos de la disciplina y del orden.

El patio quedaba en silencio y, una vez que habían avanzado los grupos, venían las malas nuevas. Como estábamos formados por filas, la directora y la secretaria se daban perfecta cuenta de quién había dejado basura en el patio durante la formación. Así que, apenas entrábamos, teníamos que salir a hacer el aseo de todo el patio los del grupo agraciado o desgraciado, según se le quiera ver. Por eso teníamos mucho cuidado con la limpieza, porque, además de la vergüenza, ahí andábamos con escoba y recogedor aseando, lo que, como dije antes, era parte fundamental de nuestra educación.

Lo mismo pasaba con los salones: teníamos que dejarlos limpios como los encontramos al llegar y, si no era así, la sanción era asear el salón, de tal suerte que todos hacíamos nuestra parte para no tener que quedarnos a la hora de la salida a barrer y trapear.

Cada vez que escucho esa marcha de Strauss, vienen a mi mente no solo los momentos precisos en que la escuchaba, es decir, cuando íbamos avanzando hacia el salón, sino todas las cosas que viví en esos dos años de mi primaria en el colegio: las bancas de material que estaban entre el enorme portón de madera y el cancel, donde nos esperaban los papás a la hora de la salida; el lugar donde estaba la dirección; el cuartito de los balones de futbol y voleibol; la tiendita con sus tostadas de 20 centavos y de a tostón, con una embarrada de frijoles, lechuga rebanada y salsa, y las calificaciones de los viernes, cuyas boletas debíamos regresar firmadas por nuestros papás los lunes, sin falta.

Nos calificaban aplicación, conducta, aprovechamiento y aseo, y obtener el 10 en cada área nos hacía merecedores de una estrellita dorada en la boleta misma. La acumulación de cuatro en el mes nos llevaba al cuadro de honor de la escuela, que estaba en uno de los corredores cercanos a la dirección. Como era paso obligado de quienes ingresaban a la escuela, hacía que nuestros padres se sintieran orgullosos de que su hijo, cuya fotografía estaba en el cuadro, fuera un alumno distinguido de la escuela.

También recuerdo a los paleteros que afuera de la escuela esperaban la salida de los alumnos para ofrecer nieve, paletas y bolis; al de las naranjas cubiertas de azúcar cristalizada; a los vendedores de mangos y jícamas. Y, como lo he comentado con ustedes, un recuerdo va trayendo otro más y la lista se hace interminable. En muchas ocasiones se queda uno con ganas de seguir escribiendo, como en este caso, en que tengo que concluir por razones de espacio.

Como ven, todo el tema de esta página surgió después de haber escuchado de nuevo la Marcha Radetzky, que, como dije al principio, fue compuesta por Johann Strauss (padre) en 1848, en homenaje al mariscal de campo austriaco Joseph Wenzel Radetzky, composición que encierra la dualidad de haber servido como exaltación al poderío militar austriaco y luego como elemento de disonancia por considerarla reaccionaria. Cosas de la vida.

Agradezco su lectura y sus correos. Aquí los espero en EL INFORMADOR el próximo domingo, si Dios quiere. Vayan al cementerio a visitar a sus difuntos; mientras los recordemos, siempre estarán cerca de nosotros.

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