De política y cosas peores: sapiencia

Me contristó el fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Hombre de verdadera izquierda, luchó por las buenas causas de México.
El impulso que dio a la democracia, aunque frustrado ahora, es una de las mejores páginas en la moderna historia política de nuestro país.
En memorable ocasión me dio el honor de visitar mi casa. Les pedí a mis hijos que estuvieran presentes a su llegada. Les dije: “Quiero que conozcan a un gran mexicano”. Hablamos largamente esa vez. Luego, al paso de los años, mantuvimos permanente comunicación. Me decía que era mi quinto lector.
Candidato a la Presidencia de la República, uno de los perversos “fraudes patrióticos” del más sucio PRI impidió que México lo tuviera de Presidente.
Vástago de un destacado personaje histórico, el ingeniero Cárdenas no vivió a su sombra; tuvo propia personalidad y trayectoria propia. Fue, como decía Cervantes, hijo de sus obras.
Profundo conocedor de la política, y de la naturaleza humana, guardó distancia de López Obrador, lo cual no solo habla de su sapiencia, sino también de su dignidad personal.
La Historia de nuestro país tiene ya para él un sitio de honor. Por medio de estas insuficientes líneas le doy el pésame a su familia. También a México le doy el pésame.
“Mi marido es un santo —decía siempre doña Cloralia—. Hombre de buenas costumbres, cumplido y responsable, se caracteriza por ser metódico y ordenado: de su casa al trabajo, y del trabajo a su casa. Nunca sale por las noches”. A pesar de ser un santo al santo señor se le ocurrió pasar a mejor vida. Lo estaban velando cuando llegó a la funeraria una mujer de exuberantes formas. Llevaba consigo a un chamaquito, vivo retrato del desaparecido. Se plantó ante los dolientes y manifestó: “Este niño es hijo del desaparecido”. Dijo doña Cloralia: “¡Joder! ¡El cabrón era mañanero!”.— Saltillo, Coahuila.
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