Vida y obra de José Hernández, el padre de Martín Fierro
Cada diez de noviembre celebramos el día de la tradición, pero es bueno y justo que sepamos por qué.
José Hernández nació el 10 de noviembre de 1834. No le gustaba la autoconmiseración, pero estaba claro que ser abandonado por largos períodos por su padre, don Rafael Hernández y su madre doña Isabel Pueyrredón, y quedar a cargo de su tía, no había sido fácil.
Tuvo varios oficios hasta que encontró en el periodismo una de sus grandes vocaciones. Apoyó al Paraguay en la guerra que Juan Bautista Alberdi había llamado de la “Triple Infamia” y lo alegró la rebelión de Felipe Varela y la de Ricardo López Jordán, el último montonero, a cuyas huestes se sumó entusiasta y padeció con ellos la derrota.
Por aquellos días de 1872 se alojaba frente a la Plaza de Mayo, en el Hotel Argentino, y se disponía a dar una batalla que dejaría inermes a sus poderosos enemigos, mitristas y sarmientinos, que llegarían a ponerle precio a su cabeza.
Había decidido jugarse a la incorrección de volver protagonistas a los invisibles, a los pobres de toda pobreza, creadores de enormes riquezas a los que los verdaderos haraganes, dueños de todo, llamaban vagos y malentretenidos.
Un libro de Martín Fierro, en el Museo de Arte Popular José Hernández. / EFE/ Enrique García MedinaLa reivindicación del gaucho
No dudaba Hernández de que el gaucho no era responsable de aquella “ignorancia” sino la víctima de una política que había decidido marginarlo, comenzando por negarle las herramientas de la escritura y la lectura para tornarlo aún más indefenso.
Dirá Fierro: “Aquí no valen dotores/ sólo vale la esperiencia/ aquí verían su inocencia/ esos que todo lo saben/porque esto tiene otra llave/y el gaucho tiene su ciencia”.
No pensaba al poema que estaba escribiendo como una apología del gaucho porque, como le dice en una carta a su editor:
“El Estado convierte al gaucho en matrero, en delincuente, en asesino y yo me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos,
dotándolos de los juegos de la imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado”.
La primera edición del Martín Fierro fue publicada el 6 de diciembre de 1872. Era un librito de unas 80 páginas que se agotó a los dos meses. Siguieron nueve ediciones sucesivas y una polémica en la que terciaron Domingo Faustino Sarmiento, que se sintió aludido, y Bartolomé Mitre, quien le escribió una elogiosa carta a Hernández.
José Hernández también fue Senador de la Nación. / ArchivoLa primera parte del Martín Fierro respiraba rebeldía, su materia esencial era la injusticia a la que estaban sometidas aquellas vidas, “justicia” a la que el protagonista del poema definía taxativamente:
“La ley es tela de araña. En mi inorancia lo explico; no la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande. Pues la ruempe el bicho grande, y solo enrieda a los chicos”.
La vuelta de Fierro
Siete años después de la publicación, encontró su lugar en el Partido Autonomista, por el que llegó a senador, y sintió que el país estaba cambiando, que Fierro debía volver a la “civilización”, dejar las tolderías y la marginalidad y aceptar el lugar que le asignaba la nueva Argentina que se acercaba al ‘80.
En La vuelta de Martín Fierro, publicada en 1879 en una edición de lujo de 20.000 ejemplares, su protagonista dirá: “El que obedeciendo vive/nunca tiene suerte blanda/más con su soberbia agranda/el rigor en que padece/obedezca el que obedece/y será bueno el que manda”.
José Hernández murió el 21 de octubre de 1886. Los diarios titularon “Ha muerto el senador Martín Fierro”.
E.M.
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