Crear y cuidar el patrimonio cultural es responsabilidad compartida
Los museos, centros culturales y espacios educativos en ocasiones son percibidos como espacios estáticos del saber, o lugares a los que se asiste los fines de semana para convivir y disfrutar momentos de entretenimiento, pero son mucho más que eso; son organismos vivos que respiran al ritmo de la sociedad que los alberga. Su existencia, vigencia y trascendencia dependen de tres responsabilidades fundamentales: crear con visión, operar con rigor y cuidar con ciudadanía, acciones que nos involucra a todos: instituciones públicas, academia, gobierno, creadores, educadores, voluntarios y fundamentalmente a la sociedad civil.
La primera responsabilidad se refiere a la creación, esto significa que fundar un museo o un centro cultural no puede ser un acto de vanidad política, un capricho corporativo o un deseo sin fundamento, crear implica entender el contexto, escuchar a la comunidad y diseñar espacios inclusivos que respondan a necesidades reales de aprendizaje y esparcimiento. Por ejemplo, un contenedor arquitectónico espectacular no sirve de nada, si, su contenido está desconectado de la realidad de su entorno, lo que impide aportar solución de problemas a la comunidad. Quienes se dedican a la creación y desarrollo de estos espacios, deben considerar la obligación de dotarlos de un propósito claro y de programas que contribuyan en la formación integral de sus habitantes, y, sobre todo, de un plan de sostenibilidad a largo plazo. Sin embargo, la creación es solo la llama inicial, es la motivación; el verdadero reto está en la operación. Poner en marcha un museo, o un centro cultural requiere de una gestión profesional, transparente y altamente creativa. En los presupuestos estos espacios son las primeras víctimas de los recortes económicos, lo que obliga a los directores y administradores a convertirse en verdaderos malabaristas financieros, para garantizar el mayor tiempo posible la operación vigente, no solo con las luces encendidas y las salas limpias; sino garantizando que la oferta de contenidos sea dinámica, accesible y de alta calidad. Implica también dignificar el trabajo de los instructores, museógrafos, curadores, educadores, voluntarios, personal de mantenimiento, administrativo, comunicación, quienes sostienen estos espacios sobre sus hombros todos los días. Finalmente, la responsabilidad más olvidada, pero quizás la más vital, es la de cuidar, y esta nos pertenece a todos. Cuidar no es solo tarea del guardia de seguridad que nos pide no tocar las piezas, desplazarse haciendo buen uso de las instalaciones. Cuidar un museo significa habitarlo. Una sociedad que abandona sus museos y centros culturales, que no exige presupuestos dignos para ellos o que los vandaliza, se está despojando de su propia memoria, identidad y de todas las oportunidades de aportar a la formación integral de niños, jóvenes y todas las personas con deseos de crear y aprender. El cuidado ciudadano se ejerce cruzando las puertas de estos recintos, llevando a las nuevas generaciones, participando en sus talleres, programas y asumiendo que ese patrimonio nos pertenece. Porque los museos y centros culturales son el termómetro cultural de una ciudad. Cuando un espacio de estos cierra o se deteriora, se apaga una luz en el mapa del conocimiento colectivo y de la formación de una mejor sociedad. Una sociedad que da la espalda a sus museos y centros culturales, que deja que el polvo cubra sus exhibiciones o que contempla con indiferencia cómo la humedad devora sus muros, está permitiendo que se borren las huellas de su propio camino, el cuidado es un pacto de amor ciudadano, es un contrato social mutuo con la sociedad civil organizada. Mantenerlos vivos es la única forma de asegurar que nuestro pasado tenga futuro y que nuestro presente mantenga un espacio para la formación integral de niños, jóvenes y todas las personas con deseos de crear y aprender.
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