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Pompeya: el armario que nadie volvió a abrir
El recuerdo de una vida cotidiana de Pompeya estaba encerrado en un armario que ahora vuelve a ver la luz. Los arqueólogos que excavan detrás de la Vía de la Abundancia no han encontrado de él ni una astilla: lo que ha llegado hasta nosotros es su molde. La corriente piroclástica del año 79 lo envolvió, la madera se fue descomponiendo con el tiempo y en la ceniza endurecida quedó el hueco con la forma del mueble, y dentro lo que guardaba su dueño, o su dueña, cuando tuvo que salir corriendo. Con los datos de la excavación han podido reconstruirlo entero. El Parque Arqueológico lo presentó el jueves con un título que parece de novela: 'El armario de una mujer que no volvió más'.Se deduce que era de una mujer por lo que había dentro: unas pinzas de bronce y una plaquita de pizarra para deshacer y mezclar los cosméticos, un balsamario de vidrio para los ungüentos y los aceites perfumados, un quemaperfumes y una lucerna de bronce. Había también vasos y ollas de bronce, de vidrio y de cerámica, entre ellos una jarrita fina decorada con escamas de piña que, según los arqueólogos, quizá tenía para su dueña algún valor sentimental. En el suelo de la habitación aparecieron más recipientes de tocador, un cubo, una jarra y dos espátulas de hueso trabajado. Y metidas en una cajita de madera, de la que solo quedan rastros, unas pesas de plomo, que en Pompeya servían para lo mismo que hoy en cualquier mercado de barrio: vender al peso. La misma persona que se arreglaba con aquellas pinzas tenía un negocio, o trabajaba en uno.En el armario había además 38 monedas de bronce dentro de una cistella, un cestito trenzado con fibras vegetales cuyos restos se han analizado en el laboratorio de Pompeya. Es poco dinero, calderilla para el gasto de cada día, y el Parque Arqueológico deduce de su presencia que quien vivía allí no tuvo tiempo de recoger, antes de escapar, lo que tenía valor, ya fuera económico o sentimental. La casa da a la Vía de la Abundancia, que era la calle comercial de Pompeya y que hoy recorren a diario miles de turistas. Se atribuye, con dudas, a un tal Cornelius Maximus, por unas inscripciones que se leyeron hace un siglo y ya no se ven. La fachada se excavó en 1912. Las habitaciones de detrás han esperado hasta ahora, dentro del proyecto de restauración de la vecina Ínsula de los Castos Amantes.La estancia del armario tenía pinturas de cuarto estilo, el de las arquitecturas fantásticas y los juegos de ilusión, lo que indica que la familia vivía con cierto desahogo. Pero la casa estaba en obras cuando llegó la erupción del Vesubio, y los arqueólogos sospechan que todavía se reparaban los daños del terremoto del año 62 d.C. Que no estaba en su mejor momento lo confirman también los ratones. En un altillo, dentro de un ánfora, han aparecido los esqueletos de al menos dos, de la especie Apodemus sylvaticus, el ratón de campo de toda la vida, tan jóvenes que no habían terminado de crecer.La Pompeya de los frescos también tenía ratones en el desván. Pero lo que más ha llamado la atención es un collar de al menos 24 piezas muy pequeñas, de fayenza, hueso, pasta vítrea y cristal de roca, todas con un agujero para pasar el cordón. Representan a Mercurio y a Bes (un dios egipcio enano, barrigudo y con cara de pocos amigos, al que se encomendaban las parturientas y que vigilaba las cunas), y también manos, pies, piñas y racimos de uva.AmuletosDurante mucho tiempo los estudiosos tomaron estos colgantes por objetos de magia, para preparar filtros o echar maleficios. Hoy se sabe que son crepundia, que en latín quiere decir sonajeros. Son collares de amuletos que se colgaban a los niños para protegerlos y, de paso, para oírlos cuando andaban por la casa. La costumbre ha durado muchísimo. En los retratos de los infantes de la corte de los Austrias los niños aparecen cargados de dijes: higas de azabache contra el mal de ojo, campanillas, ramas de coral, todo junto. Y en Nápoles, a unos veinticinco kilómetros de Pompeya, se siguen regalando diminutos cuernos de coral rojo contra el malocchio.Lo curioso de este hallazgo es que el collar no estaba en la tumba de un niño, sino guardado en una bolsa de tela dentro del armario de una persona adulta. Según la nota del Parque, no era raro que los mayores conservaran sus crepundia en cajitas o en saquitos como recuerdo de la infancia. En el mundo romano la gente se movía muchísimo de lugar, lejos de los sitios donde se habían criado, tanto los esclavos como los comerciantes ricos. Mercurio, por cierto, era el dios de los comerciantes, y tiene su gracia encontrarlo en el collar de alguien que de mayor guardaba unas pesas de plomo en el mismo armario.Los objetos más corrientes de Pompeya devuelven «la dimensión humana del pasado»¿Se salvó quien conservaba aquellos recuerdos? El Parque deja abierta la pregunta. Si estaba en la ciudad cuando llegó la catástrofe, intentaría escapar; y si lo consiguió, no volvió a excavar entre la ceniza en busca de sus cosas, como sí hicieron otros cuyas huellas han aparecido en excavaciones recientes. De una población que se calcula en unos 12.500 habitantes se han encontrado hasta ahora alrededor de 1.300 cuerpos, y la mayoría escapó en las horas en que todavía se podía.El director del Parque Arqueológico, Gabriel Zuchtriegel, admite que no se podrá saber con certeza quién vivía en la casa. No hace falta. Una persona que se arregla con unas pinzas de bronce, perfuma su casa, vende al peso, guarda sus ahorros en un cestillo y que, ya adulta, conserva el sonajero que le colgaron de niña se parece demasiado a cualquier vecino de cualquier época. Lo dice a su manera el propio Zuchtriegel: «Pompeya no es solo un lugar de grandes obras de arte», sino también un sitio donde los objetos más corrientes devuelven «la dimensión humana del pasado».
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