¿Sabemos qué hacer con lo que sentimos?

Hace tiempo, mi hija estaba muy enojada conmigo y terminó azotando la puerta. Cuando le dije que eso no estaba permitido, me respondió: «Pero ¿por qué no, si no le estoy haciendo daño a nadie?».
Su respuesta me dejó congelada. Hasta recuerdo haber pensado: «¡Ah, me está ganando la escuincla!». Y es que tenía derecho a estar enojada. Yo misma se lo había enseñado. Pero ¿qué pasa cuando creemos que, mientras no lastimemos a alguien más, cualquier manera de expresar nuestras emociones está bien? ¿Y qué pasa con el daño que podemos hacernos a nosotros mismos?
Hoy me encuentro con muchos niños que saben identificar lo que sienten. Pueden decir que están frustrados, tristes, ansiosos o enojados. Me encanta que hayamos avanzado tanto. Sin embargo, también observo algo que me preocupa: saben ponerle nombre a su emoción, pero no siempre saben qué hacer con ella.
Daniel Goleman nos habló de inteligencia emocional; Susan David, de agilidad emocional: aprender a convivir con lo que sentimos sin dejar que nuestras emociones decidan por nosotros. No necesitamos dejar de estar tristes para continuar con nuestra vida, ni dejar de sentir enojo para actuar con respeto.
Volviendo a mi hija, me preocupaba que, si cada vez que se enojaba necesitaba azotar algo para desahogarse, podía convertir esa reacción en un hábito. Además, ¿realmente le ayudaba? Le pregunté: «¿Cuando azotas la puerta te sientes más enojada o menos enojada?». Después de un silencio me dijo: «Más...». «¡Ah, entonces no sirve!».
No es solo cuestión de obediencia y respeto a su casa. Los hábitos, aunque no siempre nos demos cuenta, van formando nuestro carácter. Cuando nos acostumbramos a reaccionar de una sola manera, poco a poco perdemos la libertad de elegir una diferente.
En nuestro enorme deseo de que nuestros hijos estén bien, a veces nos convertimos en expertos en resolverles las emociones. Si están frustrados, buscamos cómo quitarles la frustración. Si están tristes, hacemos lo imposible por devolverles la sonrisa. Si algo les molesta, intentamos cambiar las circunstancias.
Claro que nuestros hijos nos necesitan. Necesitan nuestra calma, abrazos, palabras y ayuda para comprender lo que les sucede. A esto le llamamos corregulación, fundamental durante su desarrollo. Pero acompañarlos no significa convertirnos para siempre en los responsables de su tranquilidad.
Y entonces, en lugar de construir autonomía emocional, podemos estar construyendo justo lo contrario: dependencia.
Nuestra tarea no es evitarles todas las emociones incómodas, sino acompañarlos a que puedan sentirse frustrados y encontrar soluciones, estar tristes y cuidarse, enojarse y decidir cómo responder.
Ahí entran la voluntad, la autoestima, el respeto, la responsabilidad y los valores. Porque educar emocionalmente también significa formar el carácter y aprender a tratarnos con dignidad, incluso en nuestros peores momentos.
Tal vez, además de preguntarles «¿qué sientes?», necesitamos preguntarles: «¿Y qué puedes hacer con eso que sientes que te ayude a cuidarte y a respetar a los demás?».
No queremos criar hijos que nunca sufran o que necesiten que alguien venga a resolverles la vida. ¡Qué hermosa inversión es educar en el amor y para el amor! Ayudarlos a construir el hábito de pensar en ellos mismos y en los demás.
Queremos criar personas que sepan acompañarse a sí mismas, reconocer cuándo necesitan ayuda y descubrir que, aun en medio de sus emociones más difíciles, conservan la maravillosa posibilidad de elegir qué hacer con ellas.
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