Desarrollo de líderes: una agenda de la alta dirección
- <i><b>Por la Dra. Lívia Mandelli </b></i>
Piense en una gestora que acaba de participar en un programa de liderazgo. Regresa con buenas ideas, quiere escuchar mejor a su equipo, delegar con más confianza y acompañar el desarrollo de las personas. Sin embargo, al abrir su agenda, se encuentra con reuniones consecutivas, entregas adelantadas y decisiones que aún dependen de varias aprobaciones. Para poder cumplir con la semana, pospone precisamente las conversaciones que se había comprometido a mantener. Algún tiempo después, recibe una retroalimentación: debe estar más cerca del equipo y demostrar más iniciativa.
Esta situación nos invita a mirar una cuestión que no siempre forma parte de las discusiones sobre desarrollo: ¿ofrece la empresa las condiciones para el liderazgo que espera encontrar? Invertimos en formación, definimos competencias y orientamos a los gestores sobre cómo deberían actuar. Pero ¿cuánto examinamos las decisiones que organizan el día a día de estas personas?
El líder es responsable de lo que hace, de las relaciones que construye y del desarrollo de su equipo. Sin embargo, esa responsabilidad convive con la de quienes establecen metas, distribuyen recursos y deciden qué prioridades prevalecerán. Cuando miramos únicamente al gestor, podemos dejar de ver hasta qué punto sus dificultades también tienen que ver con la manera en que se conduce el negocio.
<b>OBSERVACIÓN </b>
Una buena manera de iniciar esta reflexión es observar lo que la empresa enseña fuera de los programas de desarrollo. Debemos prestar atención al hecho de que la cultura comprende supuestos aprendidos con la experiencia, más allá de los valores declarados. Las personas observan a quién se promueve, cómo se recibe una mala noticia y qué ocurre cuando alguien discrepa. Poco a poco, comprenden qué comportamientos encuentran espacio y cuáles pueden costar reconocimiento, oportunidades o confianza.
Imagine una empresa que valora la colaboración, pero evalúa a cada director exclusivamente por el resultado de su área. Cuando compartir a un profesional significa poner en riesgo la propia meta, ayudar deja de ser una decisión sencilla. El gestor debe elegir entre favorecer al conjunto y preservar aquello por lo que se le exigirá rendir cuentas. Podemos desarrollar su capacidad de negociación, pero también necesitamos conversar sobre los incentivos que hacen tan difícil esa negociación.
Algo semejante ocurre cuando un ejecutivo entrega buenos números, desgasta al equipo y, aun así, recibe más poder. Su ascenso comunica a los demás cuánto pesan las relaciones en las decisiones. Estas experiencias tienen fuerza porque muestran qué prevalece cuando la empresa debe elegir. Vale la pena preguntarse si los criterios de reconocimiento, que están «arraigados» en la cultura, refuerzan los comportamientos que los programas de liderazgo buscan desarrollar.
Las metas merecen esta misma mirada. Crecer, reducir costos y mejorar el desempeño son objetivos legítimos, pero su consecución exige discutir capacidad, recursos y prioridades. Cuando prevalece la percepción de que todo es igualmente urgente, el líder debe resolver en el día a día los conflictos que no se abordaron en la definición de la estrategia. Muchas veces logra cumplir con la entrega, aunque a costa de sobrecarga, retrabajo o aplazamientos que solo aparecerán más adelante.
No podemos olvidar que mejorar el desempeño exige trabajar sobre las condiciones que lo producen. Si una operación enfrenta retrasos por exceso de aprobaciones o por compromisos incompatibles con su capacidad, aumentar la presión probablemente tendrá un alcance limitado. La pregunta sobre qué puede hacer mejor el gestor debe ir acompañada de otra: ¿qué necesita resolver la organización para que el trabajo avance?
Esta conversación se vuelve especialmente importante cuando hablamos de autonomía. Un líder puede ser responsable de un resultado y tener poca influencia sobre las decisiones necesarias para alcanzarlo. También puede recibir libertad formal, pero percibir que cualquier elección distinta de la preferencia de su superior será revisada o criticada. Tras algunas experiencias así, pedir autorización comienza a parecer prudente. Antes de interpretar esa cautela como falta de iniciativa, conviene comprender cómo se aprendió.
Peter Senge, al proponer el pensamiento sistémico, nos invita a observar precisamente estas relaciones. El gestor centraliza porque considera que el equipo no está preparado; sin oportunidades de decidir, el equipo sigue dependiendo de él. Para cambiar este ciclo, será necesario desarrollar su capacidad de delegar y crear condiciones para que otras personas aprendan, con acompañamiento y espacio para realizar ajustes. La autonomía adquiere consistencia cuando sus límites son claros y el apoyo permanece disponible ante las dificultades.
También debemos hablar del tiempo. Desarrollar a alguien implica conocer su trabajo, conversar sobre sus decisiones y acompañar su evolución. Esto exige atención, y la atención compite por espacio con todo lo que ocupa la agenda. Si queremos líderes más presentes, debemos considerar a cuántas personas lideran, qué responsabilidades acumulan y qué podría reorganizarse para que esa presencia sea posible.
<b>EXIGENCIAS Y RECURSOS </b>
Es necesario reflexionar sobre la relación entre las exigencias del trabajo y los recursos disponibles para afrontarlas. El apoyo, la autonomía y las oportunidades de aprendizaje son importantes en esta relación. Por lo tanto, una nueva expectativa sobre el liderazgo debería abrir una conversación sobre las condiciones necesarias para cumplirla. Añadir responsabilidades continuamente, sin revisar el conjunto, puede hacer que líderes preparados tengan cada vez más dificultades para realizar bien su trabajo.
Hay, además, condiciones que solo se aclaran cuando algo no sale como se esperaba. La empresa pide que los líderes fomenten conversaciones abiertas, pero ¿cómo recibe la dirección una información incómoda? Aquí no podemos dejar de lado la importancia de la seguridad psicológica para que las personas puedan preguntar, buscar ayuda y discutir errores. El líder contribuye a este ambiente, pero también necesita encontrar apertura cuando lleva una preocupación a instancias superiores. Su disposición a escuchar se sostiene cuando los niveles superiores demuestran el mismo compromiso.
Esta coherencia vale para la innovación y para las decisiones difíciles. Experimentar exige límites, criterios de seguimiento y una evaluación que considere lo que se conocía en el momento de la decisión. Del mismo modo, revisar un plazo o enfrentar una conducta inadecuada exige el respaldo de quien comparte la responsabilidad. Cuando la organización incentiva la valentía, pero se aleja en cuanto surge resistencia, dificulta la siguiente iniciativa.
Reconocer la influencia de estas condiciones permite un diagnóstico más preciso. Los gestores siguen siendo responsables de sus conductas, y las presiones del negocio no justifican la falta de respeto ni la omisión. Al mismo tiempo, los patrones que se repiten en distintos equipos merecen una investigación más amplia. Quizás haya una competencia por desarrollar; quizás sea necesario revisar una práctica organizacional; con frecuencia, ambos movimientos deberán producirse a la vez.
<b>DECISIONES REALES </b>
Por eso los programas de liderazgo ganan fuerza cuando se acercan a las decisiones reales del negocio. Desarrollar la colaboración puede abrir una discusión sobre las metas entre áreas. Mejorar la escucha puede exigir cambios en la agenda y en la manera en que se conducen las reuniones. En este proceso, la «organización» aprende sobre sí misma y transforma la inversión en desarrollo en cambios que las personas logran percibir en el trabajo.
Volvamos a la gestora del inicio. Su disposición para aprender merece encontrar una organización igualmente dispuesta a examinar sus propias decisiones. La conversación sobre su desarrollo será más productiva si incluye lo que ella puede hacer de forma diferente y lo que debe ajustar quien define sus condiciones de actuación.
La empresa forma a sus líderes todos los días, por la manera en que reconoce, decide, exige y apoya. Cuando estas decisiones acompañan aquello que se enseña, la formación encuentra espacio para transformarse en práctica. Por eso, al desear un liderazgo diferente, vale la pena preguntarse también: ¿qué estamos dispuestos a cambiar para que ocurra?
Ver nota original ↗
¿Querés un resumen rápido de esta noticia, hecho por nuestra IA?
