Pobres españoles
Creo que no seré el único cuya segunda reacción tras el choque de trenes en Urda, después de sentir una gran tristeza, fue preocuparse por la que se iba a liar después (y encima en campaña electoral, pensabas inmediatamente), por el estruendo que seguiría a los primeros momentos de silencio. Momentos en los que solo se puede callar, pues sabes que cualquier palabra se queda pequeña, es inconveniente, está fuera de lugar. Y efectivamente, es lo que empezó a pasar. Es significativo que hayamos interiorizado como reflejo de autoprotección, de resignación, el temor a la apoteosis de declaraciones, insultos, recriminaciones, conspiraciones que enseguida se adueñan de la conversación pública, y hacen que una comunidad devastada por el dolor a primera hora de la mañana se vea arrojada ya a media tarde en un griterío insoportable. Que no deja llevar ese dolor de forma humana y que enseguida se vuelve otra cosa.
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