Alta Velocidad: ¿El fin del sueño?
Aquel mes de julio hacía bastante calor en Barcelona, pero no era tan agobiante como el de ahora. En el extremo sur de la Península, la Exposición Universal de Sevilla mostraba su modernidad con el regalo de sus terrazas exteriores, convenientemente situadas entre los pabellones para que la gente se refrescara al caminar entre edificios tan efímeros como originales. Estaban cubiertas aquellas terrazas de un manto vegetal del que – ¡oh milagro¡- salían envolventes fumarolas de vapor de agua. Si bien la humedad de la capa verde no terminaba de conseguir su objetivo refrescante, la novedad de casi bañarse vestido fue muy celebrada. Vivíamos en una atmósfera de país recién estrenado, donde la monarquía mostraba al mundo desde Barcelona la imagen de un joven príncipe sonriente, portando la bandera nacional, como el mejor símbolo de una nación joven, moderna y alegre. Era 1992.
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