Cincuenta años en la UAN
Gracias a la universidad,
mi casa para pensar
LCPLG
Mi día inicia a las seis de la mañana cuando llego a la Universidad Autónoma de Nayarit a la caminata diaria. Veo llegar a las y los estudiantes que poco a poco van poblando los espacios universitarios. Estudiantes de la Casa Estudiantil atraviesan el campus universitario para llegar al Boulevard donde, a las 6:30, los recoge el autobús para llevarlos a la Escuela de Agricultura.
Los trabajadores recogen las ramas caídas de las palmeras; las trabajadoras trapean los pasillos, abren las ventanas. Ellas y ellos cuidan los espacios, dejan entrar el aire fresco, los pulen para que tanto estudiantes como profesorado lleguemos a las aulas, a las oficinas; a la materialidad de la universidad para hacer otras labores. Así pienso el trabajo administrativo, personas que arreglan los espacios, los escritorios, los laboratorios y que, en ese arreglo, escriben su propia gramática de cuidado.
Hace 50 años o más bien dicho, hace 57 años, en 1969, cuando ingresé como estudiante a la Preparatoria, todavía había manchones de caña de azúcar en el terreno de la universidad. Había, también, un conjunto de pinos donde ahora está el escudo universitario. Di las primeras clases en la Escuela de Economía en septiembre de 1975 porque en esa escuela se había abierto un nuevo programa de estudio donde requerían una clase sobre el marco jurídico de las actividades económicas. Los maestros de la Escuela de Derecho, donde yo estudiaba, no les atraía esa clase porque eran notarios, jueces, magistrados, entonces enviaron a “estudiantes destacados del último año” a atender esa petición. Entre esos estudiantes yo estaba contemplada. Así fue como me convertí en profesora de la Uni-Nay cuando todavía no era autónoma.
Al año siguiente, en enero de 1976 dejé mi trabajo de secretaria con el cual había sostenido los estudios de preparatoria y licenciatura, para incorporarme de lleno a la Universidad. En ese enero habíamos dado el paso a la autonomía.
El primer profesorado de la Universidad, los de hace 50 años eran profesionistas que, en la mañana trabajaban en su profesión, mientras que, por la tarde, daban clases en las distintas profesiones que se iban abriendo. También había maestros normalistas que daban clases como matemáticas, inglés, psicología, con Especialidades de la Normal Superior. Todavía no se inventaba la categoría de profesores que solo se dedicaban a dar clases. Los profesores siempre partían de su práctica profesional. Pienso que algo hemos perdido en el profesorado meramente academicista, porque en casi en todas las profesiones es necesaria la práctica. Sin duda, hemos ganado en profesionalización del profesorado, pero perdemos en otros aspectos.
Tiempo después, en 1984, cuando regresé de realizar la maestría y el doctorado, iniciamos la construcción de la Unidad de la Ciencia, que albergaría la Coordinación de Investigación Científica, actualmente Secretaría de Investigación y Posgrado y los centros de investigación que, en ese entonces, diseñamos. Al hacer los cimientos, los ingenieros levantaron tepalcates, restos de vasijas de barro de la época prehispánica. Pedimos un dictamen al Centro Regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el INAH, cuyo titular era el antropólogo Germán Guevara. El dictamen estableció que se trataba de un panteón de pobres, por lo que carecía de interés arqueológico. Con ese dictamen se continuaron las excavaciones para construir los edificios: el Centro de Investigaciones Agropecuarias, el Archivo Histórico destinado a contener una Biblioteca Nayarit, base de las investigaciones, donde hoy está la SIP y el edificio de la Coordinación, hoy conocido como CEMIC1.
Actualmente, todos sabemos que las finanzas de la universidad han sido debilitadas por la sentencia de inconstitucionalidad del impuesto del 15% sobre servicios destinado al sostenimiento de la universidad. Puede ser que el impuesto haya sido declarado inconstitucional, dentro de la teoría impositiva, pero reflejaba una concepción de participación social en el sostenimiento de instituciones que nos dan sentido. Por eso, la población nayarita lo pagó durante 56 años. Cuando algo es inconstitucional, pero se revela que es benéfico, se cambia la Constitución. Ese ejercicio se hace permanentemente en nuestro país. No es lógico que una práctica positiva tenga que cancelarse, casi declararse criminal. Porque no es anticonstitucional en el sentido de que vaya en contra de los principios constitucionales, sino que la propia Constitución muestra huecos diseñar impuestos sociales participativos.
Tal vez sea ilegal, pero es justo, porque permite construir justicia social para la población donde se asienta la universidad, que de otra manera no podrían acceder a la universidad, como el caso de mi familia. A mi hermana mayor la enviaron a la UNAM a estudiar medicina, pero las familias no podían enviar a todos, entonces yo estudié aquí y mis hermanas y después mis hijas y seguramente mis nietas.
Tal vez sea ilegal, pero es justo, porque permite construir una institución con pertinencia social. Permite acceder a la justicia educativa a la sociedad en su conjunto, a quienes no podrían estudiar de otra manera.
Seguramente la universidad saldrá adelante. Se fortalecerá en la crisis, si todos participamos en ello, para seguir abriendo la puerta a las muchachas y muchachos indígenas; a quienes vienen del ámbito rural, a la clase media urbana.
Quiero agradecer a las y los estudiantes con los que dialogué en las clases de licenciatura, especialidad, maestría y doctorado, durante estos cincuenta años por sus visiones; sus traer el mundo a la universidad; las diversas lecturas con que tratamos de explicar el presente e imaginar el futuro. Agradecer a mis colegas, a mis amigas y amigos con quienes diseñamos programas, proyectos, libros, edificios: todo este tiempo de diálogos, de lecturas conjuntas, de haceres, de propuestas y protestas, que nos ha nutrido A todas y todos, mi agradecimiento por los acompañamientos mutuos. A mi familia, a mis hijas, a mis hermanas; a Miguel.
Tal vez, quienes llegamos a las seis de la mañana, a las siete, o en la tarde, no sepan que esta tierra está signada por dos tradiciones: la de los cultivadores de la caña de azúcar y la de los pueblos de barro que seguramente sembraron maíz. Fueron pobres que dejaron sus huellas, pero esas huellas son las dos tradiciones de las que venimos y a las cuales honramos.
Agradezco a la universidad porque durante estos cincuenta años, ha sido mi casa, nuestra casa, para pensar, para imaginar y transformar el presente y con ello, abrir otros futuros.
[1] Socióloga. Investigadora de la UAN, [email protected]
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