Meridiano
02/11/2026 03:01

Razones de Sísifo con la comadre

Los mitos están hechos para que la imaginación los anime.

Albert Camus 

Estamos condenadas, comadre, ha no saber qué significa esta piedra que con sangre alimentamos. Quizás la felicidad de verla rodar cuesta abajo entre los esfuerzos que el absurdo dicta; quizás el instante de descender la montaña y descubrir, en un segundo de soles, que nuestra voluntad, a pesar del vacío y de la recurrencia, está intacta y libre de dioses. Quizás, comadrita, en ese momento de altos mares, sea la palabra el fuego que abrasa nuestro porvenir, la lámpara con la que alimentamos nuestra repetición, la lumbre con la que coloreamos el círculo que nos define y nos define y nos define.

Pero, bien has dicho, querida comadre, no somos dueñas ni de la palabra porvenir que hace sonar todas sus cuerdas en el horizonte de la redundancia, ni del diapasón mineral que quisiéramos tañer con la ilusión de ser lo que al fin desaparece, lo que no dura, lo que se agota. Todo menos este subir y bajar, este ir y venir ofrendando el cuerpo y la lozanía, este tejido del tiempo en el que nos cumplimos, en el que gastamos, músculo a músculo, la juventud que no hemos dado por perdida y que guardamos, como el cadáver que se ama, en un rincón insólito de nuestra vieja memoria, vieja, vieja memoria.

Pero, qué somos, comadrita, más allá de este pendular entre el logro y el fracaso; este ir y venir entre el entusiasmo y la decepción, esta bipolaridad entre Eros y Tánatos, entre la necesidad de crear ilusiones y la urgencia por destruirlas después. La caricia y el golpe se trenzan en un signo bifronte que nos persigue desde el fondo de las edades. Porque así, como nos intoxica el amoroso dolor de subir de nuevo nuestra querida piedra, así, es igual de excitante la necesidad de verla rodar cuesta abajo y arrastrar consigo todos los esfuerzos con que la hemos amado (amada piedra) y verla destruir a su paso los imperios ruinosos que nuestro anhelo conserva. Nuestro anhelo…

Y eso del valor del esfuerzo, del trabajo limpio y honesto que nos tonificaría los músculos y nos ennoblecería la mirada; la vieja promesa de salir de las faenas domesticas con el pecho inflado de orgullo y un reluciente respeto por una misma; la antigua canción de que seríamos mejores almas después de sudar profusamente con el cuerpo el pan que no nos pertenece y que nos arrancan de la boca con un sadismo casi deífico; todo fue (es) un chiste cruel, comadre, una broma infinita que baja y sube (sube y baja) en espiral por la cuesta de las generaciones. Los abuelos de nuestras abuelas, que ahora son nuestros nietos y bisnietas huérfanas, no estarían tan orgullosos del engaño que nos heredaron sin conciencia y que ahora les regresamos, para volver a empezar. La piedra es indolente ante nuestro cansancio, comadrita, sí, aunque, para ser justas, también lo es ante el delirio vertiginoso de la caída, la caída delirante y vertiginosa. La piedra nos ignora por partida doble.                    

 “Es el precio que hay que pagar por las pasiones en esta tierra”, dice el señor Camus, comadrita, pero tal pareciera que estamos pagando lo que otras se tomaron, porque nosotras no hacemos sino abrazar la piedra y, en la profundidad de nuestro dolor, ser la mentada piedra. ¿En qué momento las pasiones esas? ¿A qué hora, pues? Y ese señor Camus, tan buena persona, sí, y de basta inteligencia y muerte absurda, pasó por alto que nosotras ni engañamos a los dioses ni encadenamos a la muerte. ¡Nada más eso faltaba, que nos sumen otro crimen a la lista de oprobios! O ¿será que sí, comadre?, ¿qué en el fondo las cadenas del inframundo son prueba fehaciente de lo que hicimos y no recordamos?, ¿de eso que no recordamos? Pero la conciencia de nuestro tormento, comadrita, aleja a todos los ídolos, porque “si hay un destino personal, no hay un destino superior”. Piensa en esa dicha que hemos sentido al estar en la cumbre –respirando los altos vientos de la libertad, o de lo que imaginamos que es la libertad– y ver rodar la piedra que somos, primero lenta y después enloquecida, que va destruyendo en su caída las aflicciones del pasado, y abriendo las puertas del instante, un instante que es eterno, una eternidad que es instantánea y no dura ni un parpadeo. ¡Qué felicidad, comadrita!   

En todo caso, el bucle que nos aprisiona es, quizás, la única certeza que nos nombra, la única verdad que nos mantiene de pie y dispuestas a seguir y seguir y seguir. Quizás debamos conceder y decir SÍ con la conciencia del absurdo y reír, reír mucho hasta que el absurdo sea también un peso para el que nos castiga, una condena para el verdugo  

Pero la piedra ha marcado nuestras manos, ha dejado en ellas las improntas de una vocación imprecisa, de un origen nebuloso y un legado desconocido. Y la pendiente no sólo se ha encargado de tatuarnos las piernas y moldearnos los pies, también nos ha regalado el descubrimiento de que la pasión puede florecer incluso ahí, en las actividades más insensatas, más absurdas, que se repiten y se repiten y se repiten.

Así que sí, comadrita, digamos SÍ y anulemos toda condena, dejemos sin efecto el placer del amo que nos ve con el rabillo del ojo y apuesta por nuestro quebranto. Abracemos la piedra y convirtámosla en un símbolo de voluntad, y juguemos; juguemos, como cuando éramos niñas, a hacer del castigo nuestro propio nicho de libertad. En una de esas, la libertad será más una forma de ver y de estar en el mundo.

Ahora, nos despedimos, comadrita, hasta pronto, a pesar de lo encarecida que está la vida, acá te veo el próximo martes de mercado para hacer la despensa, y el martes que sigue, y el que sigue y el que sigue…       

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