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Marisa Manchado, una compositora valiente y transgresora
Escribo desde la indignación, la rabia y la impotencia. Después de tres días angustiosos, recibimos la peor de las noticias, habían identificado el cuerpo de mi amiga Marisa Manchado . Desde las primeras veinticuatro horas tras la tragedia de Urda, quería creer que se encontraría inconsciente en algún hospital y por eso no la podían identificar. Pero lamentablemente, a medida que el tiempo iba pasando, las posibilidades disminuían.Ha sido una magnífica compositora, polifacética en múltiples disciplinas: profesora, escritora, divulgadora, investigadora, gestora. Siempre orgullosa de su etapa en el colegio Estilo, fundado por Josefina Aldecoa y Rosario Correa. Era valiente y vehemente, a veces transgresora, siempre defendiendo sus convicciones y valores. Y, sobre todo, buena persona.La echo, ya, de menos. Es una gran pérdida para la música española, pero permanecerá en nuestro recuerdo. Conozco a Marisa desde que éramos quinceañeras. Mi primer encuentro con ella fue en una clase de Música de Cámara en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Aún recuerdo su sonora risa y su contundencia al hablar o emitir opiniones. Hemos pasado toda una vida juntas, en lo personal y en lo musical. Juntas también salimos a la palestra de un mundo de la composición lleno de hombres y poco acostumbrado a ver compositoras en los programas de conciertos. Pasamos enfermedades, muertes de familiares cercanos y la llegada luminosa de nuestros hijos. El suyo tiene la edad de mi hija pequeña y de niños jugaban juntos a la salida de conciertos en los que interpretaban obras nuestras. Nos hemos querido, valorado, respetado y apoyado durante décadas y también hemos compartido la defensa del trabajo de las compositoras, no sólo actuales, sino las históricas, aquéllas que fueron sistemáticamente silenciadas y ninguneadas. Ella fue una de las primeras en escribir libros sobre eso en España, libros que quedarán para la historia.Igual que me acuerdo hoy del primer día que la vi, también recuerdo el último, hace escasas semanas, cuando quedamos para ir caminando a un concierto y charlamos durante casi dos horas de miles de cosas, como hacíamos a menudo, encontrándonos en un punto medio entre nuestras respectivas casas en Madrid. Lo llamábamos «nuestra esquina», y allí nos veíamos y hablábamos durante horas en algún lugar cercano, sin ruido y sin prisa. Surgían temas y temas de conversación sin límite. Me cuesta creer que eso ya no sucederá más.Gracias Marisa por el valioso legado que nos dejas, compañera del alma, compañera.
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