Vanguardia — Portada
02/11/2026 13:31

Mapeo de la resistencia a la IA

Por Carl Benedikt Frey, Project Syndicate.

OXFORD- Estados Unidos es, al mismo tiempo, la cuna de la revolución de la IA y uno de los lugares donde a la gente menos le gusta esta tecnología. Según el informe “2026 AI Monitor” de Ipsos, el 85% de los encuestados en China, el 80% en India y el 77% en Indonesia consideran que los productos y servicios de IA ofrecen más ventajas que inconvenientes, frente a solo el 38% en Estados Unidos, con porcentajes igualmente bajos en Gran Bretaña, Francia y Países Bajos.

Es probable que estas actitudes determinen la adopción de la tecnología y sus implicancias a largo plazo para el crecimiento. A principios del siglo XIX en Gran Bretaña, los luditas destrozaron, como es bien sabido, los telares mecánicos que consideraban una amenaza para su sustento. El Parlamento respondió tipificando la destrucción de máquinas como delito capital. Se desplegó al ejército para sofocar los disturbios, y Gran Bretaña pasó a convertirse en el taller del mundo.

Por el contrario, en China, los gremios de artesanos lograron frenar la automatización en las industrias del algodón, la seda y otras hasta principios del siglo XX. Aunque el fracaso de China a la hora de industrializarse al mismo ritmo que Europa tuvo muchas causas, los economistas Klaus Desmet, Avner Greif y Stephen Parente señalan como factor clave el poder de los artesanos organizados para resistirse a la maquinaria que ahorraba mano de obra.

Dado que cualquier sociedad reacia a implementar una tecnología no podrá aprovechar sus ventajas, vale la pena comprender por qué la revolución de la IA es bien recibida en algunos lugares y encuentra resistencia en otros. No se trata de una simple división entre Oriente y Occidente, teniendo en cuenta que solo la mitad de los encuestados japoneses ve más ventajas que inconvenientes en la IA.

Tampoco es el resultado del catastrofismo al estilo de Silicon Valley. En la última Encuesta a expertos sobre el progreso en IA, publicada en septiembre, el investigador de IA promedio asignó un 10% de probabilidad a que la tecnología provoque la extinción de la humanidad o una pérdida de control igualmente grave. Sin embargo, los investigadores formados en Asia consideraban que esos riesgos eran mayores que los formados en Norteamérica o Europa. Los expertos más cercanos a la tecnología en la región más optimista del mundo respecto a la IA están, en todo caso, más alarmados que sus pares occidentales. El optimismo respecto a la IA no refleja una falta de consideración de lo que podría salir mal.

¿Y qué hay de los riesgos económicos percibidos? Si las sociedades más ricas están más apegadas al statu quo, es posible que tengan más que perder con la disrupción tecnológica. Sin embargo, los estadounidenses con mayor nivel educativo y altos ingresos se muestran más entusiastas con respecto a la IA, no menos. Según una encuesta de Quinnipiac de 2025, el 60% de los hogares estadounidenses con ingresos superiores a 200 mil dólares espera que la IA aporte más beneficios que perjuicios en su vida cotidiana, frente al 26% de aquellos con ingresos inferiores a 50 mil dólares. Sin embargo, esta tendencia se invierte en una comparación entre países: varias sociedades de ingresos medios se encuentran entre las más optimistas, mientras que los estadounidenses, los alemanes y los canadienses se cuentan entre los más recelosos.

¿Esto podría reflejar acaso las cifras de crecimiento recientes, más que los niveles de ingresos? Mientras que cientos de millones de personas en toda Asia han visto aumentar sus ingresos, los estadounidenses, los europeos y los japoneses han pasado las mismas décadas lamentándose por el estancamiento salarial, el declive de las ciudades industriales y el temor a que a sus hijos les vaya peor que a ellos. Stefanie Stantcheva, de la Universidad de Harvard, y sus coautores han descubierto que cuanto mayor ha sido el crecimiento económico que las personas han experimentado al alcanzar la mayoría de edad, menos propensas son a ver el mundo en términos de suma cero. Si la ganancia de un grupo es la pérdida de otro, una tecnología que reorganiza el trabajo se convierte en una amenaza.

Hay mucho de cierto en esto. No obstante, el entusiasmo por la IA es menor en economías de rápido crecimiento como Polonia e Irlanda que en España e Italia, que han crecido mucho menos; y Argentina y Sudáfrica se encuentran entre las más optimistas, a pesar de una generación de estancamiento económico.

La explicación más plausible es que la IA significa cosas muy diferentes dependiendo de lo que una sociedad ya tenga. En las economías ricas, compite con los costosos conocimientos especializados de las personas; pero, cuando se introduce en otros lugares, aporta conocimientos especializados que antes no existían. Un paciente de Lyon (Francia) que consulta a un asistente de IA lo compara con un médico al que podría haber acudido en su lugar, mientras que un paciente del Sahel podría compararlo con una clínica lejana o, lo más probable, con nada en absoluto.

Las consecuencias para el mercado laboral también serán muy diferentes. En centros occidentales como Londres y Nueva York, la principal preocupación es que la IA generativa ejerza presión sobre los ingresos de abogados y contadores, para quienes la tecnología hace que los conocimientos especializados, ganados con tanto esfuerzo, sean menos escasos. Pero un agricultor de arroz de Bihar (India) que nunca ha visto a un agrónomo tendrá una perspectiva totalmente diferente. ¿Qué puede haber de malo en un sistema de IA que supervisa las previsiones meteorológicas, las condiciones del suelo, las enfermedades de los cultivos y los precios de mercado para indicarnos qué plantar, cuándo regar y si una hoja amarillenta es síntoma de una plaga? La IA no sustituye a nadie en la granja. Le proporciona al agricultor un experto con el que nunca había contado.

Quizá lo más importante sea que, al reducir la brecha de productividad entre principiantes y expertos, como demuestran numerosos estudios, la IA podría impulsar una nueva ola de deslocalización precisamente hacia aquellos países cuyos ciudadanos se muestran más entusiasmados con ella. La tecnología GPS hizo en su momento que ya no fuera necesario memorizar todas las calles, lo que permitió que cualquier persona con licencia de conducir pudiera trabajar para Uber y obligó a los conductores profesionales ya establecidos a aceptar una reducción salarial de alrededor del 10%.

Otros servicios profesionales hoy se enfrentan a su propio “momento Uber”, pero con una diferencia fundamental: no como sucede en un trayecto en taxi, el trabajo basado en el conocimiento puede importarse. Las oportunidades de arbitraje salarial podrían ser enormes. Un contador de una de las “Cuatro Grandes” (Big Four) gana 76 mil dólares en Nueva York y 3 mil dólares en El Cairo. Gracias a la traducción automática, que está erosionando la barrera lingüística que antes limitaba la deslocalización al mundo angloparlante, el trabajo puede trasladarse prácticamente a cualquier lugar.

Ya estamos viendo cómo ocurre esto. El estudio de abogados Clifford Chance ha recortado una décima parte de su personal de servicios empresariales en Londres, alegando el uso de IA, y ha trasladado el trabajo a oficinas de menor costo en India. Por su parte, las “Cuatro Grandes” han reducido hasta en un tercio la incorporación de recién graduados en el Reino Unido desde 2023, al tiempo que han aumentado sus contrataciones en India, Malasia y Filipinas. En otras palabras, los grandes perjudicados son los jóvenes graduados de Occidente, quienes, por otra parte, ya son los más pesimistas respecto de la IA. Al igual que los luditas, no son enemigos irracionales del progreso. Simplemente perciben que ellos no van a obtener ningún beneficio.

Pero la Revolución Industrial y la propia experiencia de China nos recuerdan que esos sentimientos pueden tener consecuencias duraderas. Si bien Gran Bretaña resolvió su problema con los luditas mediante tropas y sogas, ese no será el enfoque de Occidente ante la resistencia a la IA. Para beneficiarse del auge de la productividad que promete la IA, los países que la construyeron deben garantizar que aquellos a quienes amenaza compartan las ganancias. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Carl Benedikt Frey, profesor asociado de IA y Trabajo en el Oxford Internet Institute y director del Programa “El Futuro del Trabajo” de la Oxford Martin School, es autor, entre otras obras, de How Progress Ends: Technology, Innovation, and the Fate of Nations (Princeton University Press, 2025).

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