River lucha contra un 2026 paupérrimo: lo que necesita para volver a jugar la Copa Libertadores
River vive un bucle interminable y su 2026 es un suplicio. Un dolor de cabeza constante que no encuentra remedio en ninguno de los partidos más determinantes del calendario. Rodeada de polémicas y cuestionamientos arbitrales en medio de la postura del club contra la conducción de la AFA, la derrota en la Bombonera fue otro cachetazo en un año caótico en el que sólo acumula frustraciones con un equipo que no logra ser confiable. Porque la bronca contra el arbitraje que se expone públicamente con sus dirigentes, su DT y sus capitanes es una parte de un problema que requiere de una profunda revisión: River debe encontrar un rumbo deportivo claro para recomponer una identidad diluida. Dos análisis que se deben hacer en paralelo.
A las batallas externas se le suman las batallas internas. Porque al primer año de gestión del presidente Stefano Di Carlo le queda una única bala: el título del torneo Clausura. El repaso de enero a noviembre incluye la renovación de Marcelo Gallardo tras un pésimo cierre de 2025; un primer mercado de pases austero con préstamos y contratos de productividad; la rápida salida del Muñeco, la llegada de Eduardo Coudet y la incorporación del director deportivo Pablo Longoria; la derrota en el superclásico en el Monumental, el “que se vayan todos” contra San Lorenzo y la final perdida con Belgrano en Córdoba.
La cuenta sigue: los 15 futbolistas que se fueron en el caso del container; un segundo mercado que fue “tres en uno” con 70 millones de dólares gastados por nueve jugadores en un cambio radical; un segundo semestre que se inició con la eliminación de Copa Argentina en 16vos con Aldosivi y cuatro derrotas al hilo sin goles en el comienzo del Apertura en una racha negativa histórica; un estadio que volvió a apuntar contra la CD tras 13 años; la eliminación con Santa Fe en octavos de Copa Sudamericana y la salida de Coudet; el desembarco de Leonardo Ponzio como interino hasta diciembre, dejando su cargo en la secretaría técnica; y la reciente caída con Boca que marcó el tercer superclásico perdido al hilo. Un cóctel tremendo.
A falta de una fecha, River está cuarto en su zona y octavo en la tabla anual, detrás de Instituto, Gimnasia La Plata e Independiente Rivadavia, además de los cuatro primeros Boca, Rosario Central, Argentinos Juniors y Vélez que ya le resultan inalcanzables. Por eso, para jugar la próxima Copa Libertadores, tiene dos posibilidades: salir campeón o finalizar quinto en la tabla anual y esperar cupos que se pueden liberar. ¿Cuáles? Boca abrirá uno si gana la Copa Sudamericana y luego el Clausura debería quedar en manos de alguno de los cuatro primeros de la general. Para que esto sea posible, River tendrá que derrotar el jueves a Aldosivi en Mar del Plata y aguardar resultados en la última jornada, siempre y cuando Banfield evite hoy una victoria de Independiente Rivadavia que ya lo dejaría sin chances de ser quinto. Un karma que se repite por segunda temporada consecutiva.
Este año el equipo millonario cortó una racha de 11 participaciones seguidas en la Copa Libertadores y está al borde de volver a jugar la Copa Sudamericana en 2027 con un plantel que tiene el mejor presupuesto del país, cinco campeones del mundo y contratos europeos que por ahora no se ven reflejados en los rendimientos. Las 11 derrotas en 31 partidos del torneo local exponen un presente complejo que además se potencia con los tropezones recientes: el último título fue la Supercopa Argentina en marzo de 2024 y alcanzará los tres años sin conquistas si no puede ganar el Clausura. Una situación que se agrava por las posibilidades abiertas de su máximo rival.
Así, el primer superclásico de Ponzio como DT se dio sin un volante central confiable -por las lesiones de Aníbal Moreno y Fausto Vera y la juventud de Lucas Silva-; sin marcadores centrales que den la talla en esta clase de partidos, con errores reiterados de Lucas Martínez Quarta -condicionando el partido con su expulsión a los 10 minutos- y Lautaro Rivero; con una enorme sequía goleadora de sus centrodelanteros, al punto tal que el último gol de Lucas Beltrán fue en diciembre con Valencia y que entre Sebastián Driussi (2) y Rafael Borré (1) acumulan solo tres gritos en un semestre con 18 partidos jugados; y con un muy mal partido de Thiago Almada, por quien se invirtieron 23 millones de dólares y aún no ha podido hacerse dueño del ataque. Sumado a eso, los juveniles Juan Cruz Meza y Lautaro Pereyra fueron las cartas alternativas del mediocampo, relegando al uruguayo Mauro Arambarri por quinto partido seguido sin ingresar pese a que se invirtieron seis millones de euros en su pase.
Sumado a la cuestionada tarea de los árbitros Nicolás Ramírez y Silvio Trucco, todo forma parte de los síntomas de un semestre en el que se ganaron la misma cantidad de partidos que se perdieron: siete, con cuatro empates. Y que expone una pésima continuidad desde 2024 con flaquezas en los encuentros decisivos y una gran deuda futbolística, sin poder construir un equipo convincente y estable. Esa será la gran tarea para lo que viene. River podrá ganar o perder en los playoffs del Clausura, pero necesita equilibrio, proyección, previsibilidad. Vivir del día a día, con cambios constantes y movimientos disímiles al pulso de esta frenética modernidad, no parece ser una carta ganadora.
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