Gringos con disfraz de perro, difuntos con ofrenda de lujo y Bolsonaro sin pasaporte

El planeta se maquilla de cadáver. Estados Unidos celebra Halloween con 13 mil 500 millones de dólares, según la Federación Nacional de Minoristas. Cada gringo desembolsa 115 dólares. Los perros también cotizan. Sus dueños reservan 920 millones para vestirlos de calabaza, hot dog o fantasma. El animal aguanta la humillación sin chistar, pues ignora su sueldo.
Los niños lucirán sus ambiciones. Cuatro millones 600 mil irán de Spider-Man. Si la escalera social se descompone, mejor trepar paredes. Los adultos gastan 2 mil millones en brujas, vampiros y Batman. Chupasangre, hechicera y millonario enmascarado. Retrato fiel de la clase dirigente. Otros 800 millones se esfuman en tarjetas de felicitación. Ni los fantasmas escapan de la cortesía mercantil.
La calabaza, en cambio, pierde la cabeza. Solo 42 por ciento piensa tallarla, frente a 56 en 2025. El gasto en esas hortalizas se hunde 7 por ciento, hasta 771 millones. Casi la mitad de los encuestados recurrirá a inteligencia artificial para diseñar el susto. Hasta el miedo se terceriza. Otro 34 por ciento busca atuendos reciclables, fantasmas de segunda mano. Las tiendas de descuento seducen a 39 por ciento de los compradores, panteón preferido del bolsillo. 26 por ciento caza cupones. El miedo, por lo visto, también admite rebaja.
Los dulces sufren la inflación como cualquier obrero. Según Finder, la bolsa de cien caramelos valía 9.91 dólares en 2021. Hoy cuesta 16.96. Bankrate calcula 40 por ciento menos golosina por igual dinero, comparado con 2020. El niño humilde toca la puerta, extiende su cubeta y recibe caramelos escasos. La vecina generosa reparte migajas con sonrisa de Fondo Monetario.
Crucemos la frontera y el pastel cambia de sabor. Allá, la calabaza ruega dulces. Aquí, la calavera reclama pan. México no se disfraza. Resucita.
Según Publimetro, montar altar y fiesta para diez personas ronda 9 mil 230 pesos. Esa suma equivale a 29 días de salario mínimo, o sea, alrededor de 315 pesos diarios. La ofrenda sencilla: alimentos, 680; adornos, 580; cempasúchil, 410. La sal se lleva 39 pesos y la calaverita de azúcar, 43. El difunto demanda festín. El vivo se conforma con ayuno. En Champotón, Campeche, la maceta de cempasúchil pasó de 60 a 70 pesos. Nadie protesta. Los muertos no votan, pero sí cobran. Trabajar un mes entero para agasajar al pariente fallecido, ausente de toda cooperación con la renta. Mide el amor filial.
El pan también padece crisis de identidad. La conchasúchil, versión de temporada, evoca la flor naranja y engaña al estómago. Catorce estados producen el cempasúchil verdadero, desde Baja California hasta Oaxaca. En la Central de Abasto capitalina, el regateo funciona como oración laica. Suplica rebaja, jura regresar.
La capital organiza su fiesta del 29 de octubre al 2 de noviembre. Desfilan más de cuatro mil participantes. Encabeza el cortejo la Catrina de 32 metros, aspirante a récord Guinness. La estatura eclipsa cualquier quincena. Dos mil productores comerciales cultivan la flor, según Conmexflor. Entre pan de muerto y cempasúchil, los organismos proyectan mil 434 millones de pesos. Ganan todos, menos el festejado, quien absorbe solo el aroma.
Brasil, el milagro ocurrió el domingo 25. Lula, de 80 años, terminó segundo en la primera vuelta, con 45 por ciento contra 47 de Flávio Bolsonaro. Las encuestas se equivocaron dos veces. Subestimaron a Flávio en octubre, sobrestimaron su ventaja después. Nadie había remontado ese hoyo desde 1989. Lula lo escaló. Obtuvo 51.8 por ciento contra 48.2, diferencia de 4.4 millones de sufragios. Cumplió 81 el martes, entre velitas, mientras Flávio agotaba la paciencia del partido. Estrenará su cuarto mandato el 5 de enero. Los mercados, apostadores de Bolsonaro, vendieron en pánico. Hasta el dinero muda de disfraz.
Flávio no logró milagro propio. Se negó a reconocer la derrota y prometió pedir anulación. Culpó a dos horas extra de votación, ordenadas por la Corte Suprema. No aportó pruebas, según NPR. Su partido, el Liberal, acató el resultado al día siguiente. Folha de S.Paulo reporta ahora el abandono del plan, bajo presión de aliados. Donald Trump comparó el triunfo de Lula con otra elección arreglada. Michelle Bolsonaro, madrastra del derrotado, conquistó escaño senatorial en el Distrito Federal.
Papá Jair purga 27 años de cárcel por urdir el golpe tras la derrota de 2022. Hace menos de cuatro años, sus seguidores asaltaron edificios públicos en Brasilia. Esta vez, el hijo prefiere el reclamo escrito.
Civilizado, igual de fallido. Entrega sus pasaportes, mientras la policía indaga presunta corrupción en el financiamiento de la película Dark Horse. Herencia familiar. Celda, berrinche y trámite migratorio.
La factura social. El rico alquila el miedo en tienda de disfraces. El pobre hereda el miedo gratis. Renta, recibo, quincena. Lo cual divierte al norte y desvela al sur. La muerte, afirman los poetas, iguala a todos. Mienten. El ataúd también distingue categorías. Caoba, pino o petate. Quien carece de 9 mil pesos para el convite coloca cuatro veladoras, agua y retrato. El difunto acepta sin rezongar, pues conoce los apuros. Vivió dentro de ellos. El pobre no necesita disfraz, lo porta todo el año. El clasismo, copa en mano, opina. Ofrenda modesta, exánime sin clase.
La muerte, al fin, arrasa con 100 por ciento de las papeletas, sin segunda vuelta, sin prórroga de dos horas y sin apelación posible. Flávio denunciará, Trump gritará fraude, la calaca ni parpadeará. Recauda. Flor, vela y pan corren a cargo de la familia, con alza de diez pesos en la maceta incluida. Descansen en paz.
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